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miércoles, 01 de marzo de 2006

Bruno Latour explica cómo la ciencia ha hecho que emerjan graves y antiguas disfunciones en nuestro sistema de representación democrática. [Antonio Lafuente]

El suplemento culturas (190) de La Vanguardia (08.02.2006) traducía al castellano un magnífico y provocador artículo de Bruno Latour (cache) que resuena con los actuales debates sobre el impacto social de las nuevas tecnologías y que invita a discutir la necesidad de ensanchar nuestras instituciones democráticas. Aquí reproducimos un extracto del texto que cuestiona la práctica habitual de asignar a la ciencia la tarea de fijar los hechos naturales y, a partir de ellos, encomendar a los políticos la gestión de los valores, las pasiones y los intereses.

La principal propuesta de Latour consiste en defender la necesidad de otorgar representación a las cosas. Todos los días desayunamos con un nuevo actor en nuestras vidas, unas veces es el virus H5N1, el chapapote o el huracán Katrina y otras la encefalopatía espongiforme, el ozono atmosférico, los asbestos, las dioxinas, el maíz Bt11 o el mejillón cebra. Estos actores están mudos, se meten en nuestra casa, condicionan nuestras vidas, pero no sabemos qué hacer con ellos, cómo tratarlos. Hasta ahora, lo que vemos de continuo es que los científicos actúan como si fueran portavoces vicarios de la naturaleza, un rol impropio que no es más que una de las imposturas de la modernidad.

La consecuencia de esta suplantación es que los tecnócratas (expertos al servicio de la Administración) adquieren una desproporcionada centralidad en los debates que, en muchos casos, les permite hegemonizar el discurso técnico y, por tanto, el político. Latour no está de acuerdo con esta deriva y solicita una reforma del parlamento que permita a las cosas expresarse en toda su complejidad, lo que equivaldría a revitalizar la democracia, manteniendo a raya la tecnocracia.


¿Cómo abordar este problema? Antes que disolver las diferencias y los conflictos en la supuesta (o inventada) homogeneidad del género humano, Latour defiende que es justamente ese fondo común que Kant daba por probado, explica Serge Gutwirth, lo que está en cuestión y, así, lo que necesitamos según Isabel Stengers es pensar el mundo como un agregado heterogéneo de fragmentos difícilmente reconciliables. O, en otros términos, que no estamos en un universo regido por sus propias leyes (naturales), sino en un pluriverso que debe alcanzar pleno estatuto jurídico. Veamos cómo lo explica Latour:
El parlamento de las cosas no es una invención visionaria que deba imponerse a sangre y fuego contra el estado de cosas existente, se limita a tener en cuenta lo que ya está entre nosotros.
¿En qué difiere ese parlamento de los precedentes, convocados desde hace mucho tiempo por la filosofía política y la historia social? Extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho. [...]
Ese doble sistema de representación ha caracterizado durante mucho tiempo la definición democrática del debate: en el interior del parlamento, los representantes de los intereses humanos debaten; en el exterior, los expertos, que saben lo que son las cosas en su verdad, aconsejan. En el interior del recinto parlamentario, los valores. En el exterior, los hechos.
El vínculo entre esos dos órdenes de cosas se establecía con una institución mediadora, la burocracia o la tecnocracia, que derivaba la legitimidad de su saber, y la autoridad, de su designación por el poder político de los representantes elegidos. Los inconvenientes de semejante definición de la democracia se plantearon mucho antes de la crisis ecológica, pero ha sido ella quien la ha convertido en caduca.
Los expertos deben poseer la certeza y actuar en nombre de una legitimidad superior de naturaleza epistemológica que los aisla por completo de disputas, intereses y valores. Los políticos deben decidir en función de esos mismos valores y esos mismos intereses, pero sin poseer ninguna de las razones o los conocimientos que permiten a los expertos saber. Deciden sin saber, mientras que los otros saben sin poder decidir.
 Y los tecnócratas que participan en las dos legitimidades del saber y la elección pueden, en la práctica, acaparar todo el poder haciendo pasar por saber unas decisiones políticas o, a la inversa, haciendo pasar por un arbitraje político unos saberes que las ciencias por sí solas no habrían podido alcanzar. Ante semejante acaparamiento, el poder político se reduce como papel de lija.
Lo que Latour está tratando de decir es que nuestro mundo se ha vuelto ingobernable si seguimos negando para los hechos una constitución política. No se trata (ver la excelente entrevista que le hizo Jorge Pontual en su New York on Time) de organizar un escenario asambleario en el que todo el mundo discute de todo con/contra todos. Una estructura así sería incapaz de jerarquizar los problemas o, en otros términos, de cerrar debates e institucionalizar (al menos provisionalmente) algunos acuerdos.

El tipo de cosas a las que se refiere Latour son el aire, los virus, los bosques, la Amazonía, los animales, la polución, el genoma o el clima, entes que siempre están en la escena pública, aunque con una representación minúscula. Nuestra existencia, la vida misma, depende de ellos y, por tanto, su definición y/o cualificación es un asunto conectado a la (cualquiera que sea) noción de soberanía. Mantenerlos fuera de la política es inútil y peligroso. Más aún, es imposible. Primero, porque los hechos, las llamadas pruebas, nunca cierran ya los debates y, segundo, porque el ejercicio de la retórica (la apelación a los valores y la moral) demanda cada día mayores y mejores argumentos técnicos. El sujeto retórico de la política tradicional se adapta a las nuevas situaciones y adopta la forma de un sujeto técnico, pues los elementos de convicción que se le exigen son tablas, gráficos, balances, experimentos, estadísticas y sondeos.

¿Cómo evitar que las tensiones provocadas por la aparición de las vacas locas, el agotamiento de los recursos energéticos fósiles, la contaminación de los acuíferos o la desaparición de las abejas, nos conduzca a la tiranía y el caos? Latour lo tiene claro y niega que con el sistema tradicional se puedan gestionar las encrucijadas que enfrentamos. Las políticas europeas basadas en el principio de precaución no son suficientes. Incluso es dudoso que estén ayudando a gestionar los problemas como sucede, por ejemplo, las controversias ecologistas. Pues mientras unos quisieran no hacer nada hasta que las evidencias sean incuestionables (lo que en la práctica conduce a la marginación de los criterios científicos), otros querrían imponer los principios conservacionistas (lo que es tanto como entronizar los criterios científicos). En fin está claro que caminamos hacía formas de soberanía que deben aprender a negociar sobre objetos descomunales, ya sea porque son transfonterizos o transculturales, ya sea porque son estructuralmente inciertos, esquivos, múltiples y polémicos.

Para construir sociedades más fuertes necesitamos, explica Latour, una constitución política que otorgue representatividad a las cosas. Casi todo el contenido de su libro Politiques de la nature fue destinado a explicar (y, a juicio de Alain Caillé, con poco éxito) esta nueva suerte de bicameralismo que al politizar la naturaleza cesa de naturalizar la política. La cámara dónde se discuta el estatuto de cada uno de estos objetos debe otorgar la voz (es imposible saber a priori cuantos portavoces habrá) a quien quiera hablar en su nombre y el propósito de las discusiones es alcanzar un acuerdo sobre su identidad. Hablando, por ejemplo, de la Amazonía menciona a los gusanos, los bosques, los pioneros, los indios, los madereros, el clima,... A continuación, tras la discusión en el parlamento de las cosas, entraría en juego la cámara de los valores, la tradicional, cuya finalidad es explorar la forma en la que todos esos actores (humanos y no humanos) podemos vivir juntos.

1:33 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)