Bruno Latour explica cómo la ciencia ha hecho que emerjan graves y antiguas disfunciones en nuestro sistema de representación democrática. [Antonio Lafuente]
El suplemento
culturas
(190) de La Vanguardia (08.02.2006) traducía al castellano un
magnífico y provocador artículo de
Bruno
Latour (
cache)
que resuena con los actuales debates sobre el impacto social de las
nuevas tecnologías y que invita a discutir
la necesidad de
ensanchar nuestras instituciones democráticas. Aquí
reproducimos un extracto del texto que cuestiona la práctica
habitual de asignar a la ciencia la tarea de fijar los hechos
naturales y, a partir de ellos, encomendar a los políticos la
gestión de los valores, las pasiones y los intereses.
La
principal propuesta de Latour consiste en defender la necesidad de
otorgar representación a las cosas. Todos los días
desayunamos con un nuevo actor en nuestras vidas, unas veces es el
virus H5N1, el chapapote o el huracán Katrina y otras la
encefalopatía espongiforme, el ozono atmosférico, los
asbestos, las dioxinas, el maíz Bt11 o el mejillón
cebra. Estos actores están mudos, se meten en nuestra casa,
condicionan nuestras vidas, pero no sabemos qué hacer con
ellos, cómo tratarlos. Hasta ahora, lo que vemos de continuo
es que los científicos actúan como si fueran portavoces
vicarios de la naturaleza, un rol impropio que no es más que
una de las imposturas de la modernidad.
La consecuencia de esta
suplantación es que los tecnócratas (expertos al
servicio de la Administración) adquieren una desproporcionada
centralidad en
los debates que, en muchos casos, les permite
hegemonizar el discurso técnico y, por tanto, el político.
Latour no está de acuerdo con esta deriva y solicita una
reforma del parlamento que permita a las cosas expresarse en toda su
complejidad, lo que equivaldría a revitalizar la democracia,
manteniendo a raya la tecnocracia.
¿Cómo
abordar este problema? Antes que disolver las diferencias y los
conflictos en la supuesta (o inventada) homogeneidad del género
humano, Latour defiende que es justamente ese fondo común que
Kant daba por probado,
explica
Serge Gutwirth, lo que está en cuestión
y, así, lo que necesitamos
según
Isabel Stengers es pensar el mundo como un agregado
heterogéneo de fragmentos difícilmente reconciliables.
O, en otros términos, que no estamos en un
universo
regido por sus propias leyes (naturales), sino en un
pluriverso
que debe alcanzar pleno estatuto jurídico. Veamos cómo
lo explica Latour:
El parlamento de las cosas no es una invención visionaria que deba imponerse a sangre y fuego contra el estado de cosas existente, se limita a tener en cuenta lo que ya está entre nosotros.
¿En qué difiere ese parlamento de los precedentes, convocados desde hace mucho tiempo por la filosofía política y la historia social? Extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho. [...]
Ese doble sistema de representación ha caracterizado durante mucho tiempo la definición democrática del debate: en el interior del parlamento, los representantes de los intereses humanos debaten; en el exterior, los expertos, que saben lo que son las cosas en su verdad, aconsejan. En el interior del recinto parlamentario, los valores. En el exterior, los hechos.
El vínculo entre esos dos órdenes de cosas se establecía con una institución mediadora, la burocracia o la tecnocracia, que derivaba la legitimidad de su saber, y la autoridad, de su designación por el poder político de los representantes elegidos. Los inconvenientes de semejante definición de la democracia se plantearon mucho antes de la crisis ecológica, pero ha sido ella quien la ha convertido en caduca.
Los expertos deben poseer la certeza y actuar en nombre de una legitimidad superior de naturaleza epistemológica que los aisla por completo de disputas, intereses y valores. Los políticos deben decidir en función de esos mismos valores y esos mismos intereses, pero sin poseer ninguna de las razones o los conocimientos que permiten a los expertos saber. Deciden sin saber, mientras que los otros saben sin poder decidir.
Y los tecnócratas que participan en las dos legitimidades del saber y la elección pueden, en la práctica, acaparar todo el poder haciendo pasar por saber unas decisiones políticas o, a la inversa, haciendo pasar por un arbitraje político unos saberes que las ciencias por sí solas no habrían podido alcanzar. Ante semejante acaparamiento, el poder político se reduce como papel de lija.
Lo que Latour está tratando de
decir es que nuestro mundo se ha vuelto ingobernable si seguimos
negando para los hechos una constitución política. No
se trata (ver la excelente entrevista que le hizo Jorge Pontual en su
New
York on Time) de organizar un escenario asambleario en
el que todo el mundo discute de todo con/contra todos. Una estructura
así sería incapaz de jerarquizar los problemas o, en
otros términos, de cerrar debates e institucionalizar (al
menos provisionalmente) algunos acuerdos.
El tipo de cosas a
las que se refiere Latour son el aire, los virus, los bosques, la
Amazonía, los animales, la polución, el genoma o el
clima, entes que siempre están en la escena pública,
aunque con una representación minúscula. Nuestra
existencia, la vida misma, depende de ellos y, por tanto, su
definición y/o cualificación es un asunto conectado a
la (cualquiera que sea) noción de soberanía. Mantenerlos fuera de la
política es inútil y peligroso. Más aún,
es imposible. Primero, porque los hechos, las llamadas pruebas, nunca
cierran ya los debates y, segundo, porque el ejercicio de la retórica
(la apelación a los valores y la moral) demanda cada día
mayores y mejores argumentos técnicos. El sujeto retórico
de la política tradicional se adapta a las nuevas situaciones
y adopta la forma de un sujeto técnico, pues los elementos de
convicción que se le exigen son tablas, gráficos,
balances, experimentos, estadísticas y sondeos.
¿Cómo
evitar que las tensiones provocadas por la aparición de las
vacas locas, el agotamiento de los recursos energéticos
fósiles, la contaminación de los acuíferos o la
desaparición de las abejas, nos conduzca a la tiranía y
el caos? Latour lo tiene claro y niega que con el sistema tradicional
se puedan gestionar las encrucijadas que enfrentamos. Las políticas
europeas basadas en el principio de precaución no son
suficientes. Incluso es dudoso que estén ayudando a gestionar
los problemas como sucede, por ejemplo, las controversias
ecologistas.
Pues mientras unos quisieran no hacer nada hasta que las evidencias
sean incuestionables (lo que en la práctica conduce a la
marginación de los criterios científicos), otros
querrían imponer los principios conservacionistas (lo que es
tanto como entronizar los criterios científicos). En fin está
claro que caminamos hacía formas de soberanía que deben
aprender a negociar sobre objetos descomunales, ya sea porque son
transfonterizos o transculturales, ya sea porque son estructuralmente
inciertos, esquivos, múltiples y polémicos.
Para
construir sociedades más fuertes necesitamos, explica Latour,
una constitución política que otorgue representatividad
a las cosas. Casi todo el contenido de su libro Politiques de la
nature fue destinado a explicar (y, a
juicio
de Alain Caillé, con poco éxito) esta
nueva suerte de bicameralismo que al politizar la naturaleza cesa de
naturalizar la política. La cámara dónde se
discuta el estatuto de cada uno de estos objetos debe otorgar la voz
(es imposible saber a priori cuantos portavoces habrá) a quien
quiera hablar en su nombre y el propósito de las discusiones
es alcanzar un acuerdo sobre su identidad. Hablando, por ejemplo, de
la Amazonía menciona a los gusanos, los bosques, los pioneros,
los indios, los madereros, el clima,... A continuación, tras
la discusión en el parlamento de las cosas, entraría en
juego la cámara de los valores, la tradicional, cuya finalidad
es explorar la forma en la que todos esos actores (humanos y no
humanos) podemos vivir juntos.