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sábado, 25 de febrero de 2006

El desarrollo del sotfware libre enseña que no siempre la ciencia demanda grandes inversiones, una experiencia (la de los hackers y la garage science) que hoy se está extendiendo en el movimiento de los biohackers. [Antonio Lafuente]

La imagen de unos muchachos, con aspecto de hippie, inventando el PC y el software libre es poderosa. Seguramente hay en ella algo de exageración, pero también es cierto que en entre aquellos jóvenes y, sobre todo, en los valores que defendían, germinó una parte sustantiva de la revolución que han provocado las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC). Desde entonces han pasado muchas cosas, pero sigue siendo impactante que la recordemos como garage science (ciencia de cobertizo garaje).

La excelencia intelectual, entonces, no implica necesariamente instituciones académicas. Al contrario, muchas veces la creatividad está reñida con los excesos formales, ya sean jurídicos o policiales, ya sean políticos a administrativos. Aquí, en nuestro caso, estamos hablando de una actividad del mayor rigor científico que se hizo al margen de las instituciones académicas. Hablamos, sin embargo, de un fenómeno que no es tan reciente como podíamos imaginar. La garage science es la forma que adoptó el trabajo que hicieron gentes tan reputadas como John Dee, Robert Boyle, Anton van Leeuwenhoek, Antoine Lavoisier, James Watt, Michael Faraday, Thomas Edison, Steve Jobs y Bill Gates.


En efecto, quienes conocen la historia de la ciencia saben que el proceso de institucionalización de las prácticas científicas fue muy lento y que además las formas actuales de organización de la empresa científica son recientes, digamos que posteriores a la I Guerra Mundial. En los albores de la modernidad comenzó la migración del saber desde el convento a los domicilios particulares, antes de llegar a las instituciones públicas (universidades, hospitales y ejército). Y es cierto que, aunque fueron muchos los que tuvieron la suerte de un patronazgo y el privilegio de un recinto palaciego, la mayoría de los científicos hasta bien entrado el siglo XVIII trabajó en un cobertizo o en una entreplanta, casi siempre en su propia casa y, por supuesto, en un espacio preservado de la mirada pública. 

Otra paradoja más, pues el tránsito desde lo monacal o eclesiástico a lo palaciego y privado, es el mismo que movilizó el conocimiento hacia la esfera de lo público. Ese viaje también creó nuevas formas de validación del saber, y así la autoridad basada en la tradición y la jerarquía fue reemplazada por la prueba con hechos experimentales, unos hechos que eran artificiales, producidos con máquinas y en privado, mediante protocolos compartidos (o compartibles) y con textos publicados (o publicables).

El tránsito hacia la apertura pública del conocimiento parece estar asociado a esta ubicación al margen de las instituciones. Entonces (siglos XVI al XVIII) y hoy (dos últimas décadas del siglo XX), el convento y la corporación eran organizaciones antitéticas al proyecto de construir una ciencia abierta, orientada al bien común. En ambos casos se produjo una convergencia entre las manos y la mente, además de una revalorización del trabajo artesanal y de los proyectos orientados hacia objetos que dieron lugar a formas de organización del trabajo intelectual más públicas, horizontales, cooperativas y competitivas. En definitiva que el legado de la garage science es tan desconocido como impresionante.

Hace unos años la revista Nature (marzo de 2000) publicaba un artículo de Paul Mcauley que todavía es actualidad (ver traducción en Barrapunto). Se informaba entonces de la celebración en New York del VirCOn 2010, un congreso científico muy peculiar que reunía a varios centenares de gentes bajo el lema "secuencia en casa tu propio genoma y libera la ciencia". Los delegados eran jóvenes, machos de unos 25 años, informalmente vestidos y adornados con piercing. Admiraban a los hackers que crearon Linux y se comportaban como unos fanfarrones que no veían límites a su voluntad de socializar los saberes y las prácticas propias de la biotecnología. Aquellas pintas, eran las prácticas características en cualquier congreso de "biocósicos" (biotecnólogos, bioquímicos, biomoleculares,...) antes de la irrupción de las grandes corporaciones farmacéuticas, agroalimentarias y químicas.

Desde entonces el campo de los biohackers no ha dejado de crecer. La ciencia ficción hace tiempo que dejó de ser una especulación futurista para mostrarse como una especie de estado de conciencia colectiva sobre el uso y abuso de las nuevas biotecnologías. También es cierto que en el desarrollo de las TIC y el abaratamiento de los instrumentos para la experimentación (el acceso a máquinas, materiales vivos, bases de datos o textos científicos). Ambas circunstancias han contribuido a mitigar las dos principales barreras (cultural y económica) que impedían a los ciudadanos montar su propio laboratorio y comenzar a experimentar con seres vivos (ver Cool Tools, de Kevin Kelly, web para informarse de todo cuanto se necesita para montar un laboratorio en casa). Y, al menos, hay tres movimientos activos a favor de la socialización, no solo de los saberes, sino también de las prácticas: los posthumanos, los biohackers y los biopunk.

Los posthumanos son un agregado de colectivos que comparten la idea de que la especie humana puede y debe ser mejorada. Nuestra esperanza de vida, como también nuestra inteligencia, necesita un empujón para que, entre otras cosas y según el grupo del que hablemos, podamos vivir más y mejor. Pero es que también son muchos los que piensan que los graves desequilibrios que padecemos (guerras, hambres, contaminación, enfermedades,...) sólo pueden corregirse si la especie humana dan un salto de calidad genético con ayuda de la biotecnología. Más que sermones o leyes (una fórmula a su juicio obsoleta), necesitamos recodificar la especie. Y sí, como este discurso suena a eugenésico, se habla de un transhumanismo político y muchos de sus defensores insisten en que el desarrollo de los experimentos debería avanzar en paralelo al ensanchamiento de las libertades.

Los biohackers, emulando la experiencia del software libre, están dispuestos ha emprender cualquier iniciativa que contribuya a la despatrimonialización de la biotecnología. Su objetivo general es sacar la ciencia del recinto exclusivo (y excluyente!) del laboratorio y ponerla a disposición de las masas. Para lograrlo se están movilizando en muchas direcciones, desde la promoción de la cultura Open Access y Open Data (acceso libre y gratuito a la información y bases de datos científicos) al desarrollo de todo tipo de utilidades que permitan el trabajo experimental, como por ejemplo manuales de uso de instrumentos, descripción pormenorizada de experimentos, sotfware específico para las biosciencias y, desde luego, toda la parafernalia inventada por los ciberhacker para el trabajo colaborativo o social software social, que conforman las listas de correo, wikis, proyectos P2P, blogs o RSS.

El biopunk o bioart (o también wetware) lo engrosan una pluralidad de Museos y colectivos de artistas que han decidido hacer de la materia viva un media a través del que expresar nuevas emociones. Muchos trabajan en colaboración con científicos, pero la mayoría son atraídos por las posibilidades que se abren con la utilización directa de la biotecnología en su propia casa. No todos operan de las misma manera y, desde luego, en el bioart hay un alto porcentaje de activistas radicales. Para ellos, la producción de nuevos objetos estéticos debe estar vinculada a la lucha contra la creciente corporativización de la biomedicina y agroalimentación. Fabricar en casa una quimera implica entonces una doble demostración: de una lado, probar que la biotecnología, como la computación, puede ser una actividad doméstica y ciudadana y, del otro, que no es inevitable que su desarrollo caiga en manos privadas.

20:05 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (11)