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viernes, 17 de febrero de 2006

David Michaels acaba de ser premiado por la AAAS por haber sabido defender la integridad del trabajo científico contra las presiones del gobierno y de las grandes corporaciones.  [Antonio Lafuente]

La organización científica más grande del mundo (262 sociedades afiliadas que agrupan a 10 millones de individuos), la American Asociation for the Advancement of Science (AAAS), editora de la revista Science (1 millón de lectores), celebra estos sus días su congreso anual en Saint Louis (Missouri).

Como todos los años otorga un puñado de premios en varias especialidades. El que aquí queremos recordar es el Award for Scientific Freedom and Responsibility otorgado a David Michaels, profesor en el Departamento de Salud Ocupacional y Medioambiental de la Universidad de Washington. Su mérito es doble: probar que legal no es lo mismo que seguro y explicar que las convicciones científicas se alcanzan por consenso.


El Dr. Michaels es bien conocido por sus muchas intervenciones públicas a favor del bien común y, en especial, por haber descubierto la estrategia seguida por las grandes corporaciones industriales para manufacturar incertidumbres (manufacturing uncertaintly), una práctica que ha denunciado en repetidas ocasiones en el blog Confined Spaces (ver el post sobre la Data Quality Act) y en numerosos artículos (ver el publicado en el Journal of Law and Policy.

La mencionada estrategia se explica con pocas palabras. Siempre que se plantea un problema de agresión a la salud pública o de contaminación ambiental, las empresas, entre otras formas de manipular la opinión, argumentan que los datos en los que se apoyan los afectados para formular sus reclamaciones son inestables y, en consecuencia, poco concluyentes. Los científicos, por su parte, dado que, siendo honestos, nunca pueden sostener que la certeza de sus conclusiones sea absoluta, tras ser desacreditados en los media, pueden ser apartados del proceso público de discusión.  Entre tanto, mientras las discusiones se prolongan, las corporaciones ganan tiempo para retrasar normas reguladoras (regulatory science) basadas en el principio de precaución.

La manufactura de incertidumbres se ha convertido en una verdadera industria en la que están implicados científicos corruptos, agencias de propaganda (prensa), periodistas de alquiler, despachos de abogados y, por supuesto, las corporaciones que los financian.  Entre todos han creado la moda de llamar junk science (ciencia basura)  a los estudios que vienen subrayando el agravamiento del cambio climático, el envenamiento por subtancias químicas o la peligrosidad potencial de los transgénicos. Su objetivo es impedir la redacción de normas, tratando de convencer a los consumidores de que las regulaciones, además de destruir empleo y riqueza, se basan sólo en convicciones de carácter ideológico.
 
Hay otro asunto por el que el Dr. Michaels merece tan preciado reconocimiento: haber contribuido decisivamente, como se explica en el Bulletin of the Atomic Scientist,  a que se hiciera justicia a las reclamaciones de los trabajadores en instalaciones nucleares (las víctimas de la Guerra Fría) que se quejaban de graves dolencias por su exposición a altas dosis de radiactividad. El gobierno, por supuesto, siempre negó la veracidad de tales acusaciones, así como el rigor de los datos que las soportaban. Pero Michaels, entonces funcionario en el Department of Defense, DOD, desclasificó algunos documentos considerados secretos y encargó nuevos estudios que, no sólo sirvieron para probar que los daños existieron, sino para que se aprobara la histórica Energy Employees Occupational Illness Compensation Act (2000) que garantiza una compensación económica para todos los trabajadores expuestos a cualquier forma de riesgo laboral.

En fin, las políticas de ocultación de datos o de intoxicación de la opinión han logrado desplazar la discusión de muchos problemas serios desde el ámbito de la política al de la ciencia.  Unos y otros, sin embargo, políticos y científicos, deberían  actuar según las mejores evidencias disponibles. No extraña entonces que Gilbert Omenn, presidente de la AAAS y conocedor del profundo descrédito de los políticos en todo el mundo (una deriva que podría también empezar a afectar a los científicos), afirmara enfáticamente en su discurso inaugural del congreso que "el pensamiento científico es absolutamente esencial para preservar la democracia".  Y es que admitir que las evidencias nunca son completas o definitivas, no significa que sean caprichosas o que debamos quedarnos quietos.

Adenda
Cierto, el tema de este post es de los que pueden alegrarle al día a quienes crean que luchar por el bien común no es escribir en la arena.  Sin embargo, los temas que trata son antipáticos. Además, habrá quien piense que se trata de un planteamiento demasiado teórico.  Quienes así piensen, deberían leer el excelente artículo de Paul D. Thacker en Environmental Science & Technology (22.02.2006) sobre The Weinberg Group, una empresa consultora de Washington que ofrece sus servicios a la industria química para manufacturar incertidumbres, es decir para ayudarles a seguir fabricando productos que nos están envenenado sin piedad. El artículo analiza varios casos y presenta documentación y testimonios originales.

También tenemos inquietantes noticias acerca de la Greenhouse Mafia, según la nombra Tim Lambert en su blog  Deltoid, una sucia constelación de corporaciones que fabrican informes contrarios a la tesis del cambio climático para confundir al gobierno de Australia y retrasar cuanto puedan las normas que regulen las emisiones de CO2 a la atmósfera.

9:14 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)

La implantación de chips RFID bajo la piel avanza entre quienes la asimilan como un juego y quienes la abrazan como un destino y, entre ambas opciones, se sitúan los que la demonizan y los que luchan por su socialización. [Antonio Lafuente]

Muchos artistas y hackers han comenzado implantarse chip bajo la piel para saber lo que pasa. Con el tamaño de un grano de arroz, el coste de 3 euros y una instalación simple mediante jeringa, el asunto no parece presentar la menor dificultad para que pronto se convierta en una moda (ver encuesta de CNN). Lo cool no es el piercing o el tatuaje, sino el chipping (chipearse). De momento parece un juego inocente que involucra al propio cuerpo y a las nuevas tecnologías.

El asunto no es nuevo pero esta semana ha cobrado nueva actualidad porque Amal Graafstra, un hacker y empresario de 29 años, y Jennifer Tomblin, su novia, han decidido celebrar San Valentin implantándose un chip RFID que funciona como un abracadadra que abre la puerta de sus casas y da acceso a sus computadores. Están seguros de que compartir las llaves que suprimen las barreras a su intimidad en los dos mundos que habitan, el presencial y el virtual, es la mejor prueba de amor que pueden darse.


El RFID es un artefacto una tecnología capaz de almacenar información, transmitirla a corta distancia (mediante bluetooth, por ejemplo ondas de radio UH/UHF) y que está todavía en fase de experimentación. Se calcula que ya hay unos dos mil chips implantados. Está previsto que su uso se generalice pronto. El documento nacional de identidad (o pasaporte) y los enfermos crónicos parecen ser los primeros candidatos a llevarlo. Hay proyectos avanzados para monitorizar toda la cabaña animal y así llevar un mejor control de enfermedades. La comunidad Amish norteamericana se ha negado en rotundo alegando que esta acción evoca una premonición apocalíptica recogida en la Biblia (Apoc. 13:16-17): la marca de la bestia.

Está en estudio la posibilidad de situarlo en algunas mercancías para poder estudiar los hábitos de consumo de la gente. Hay también unidades de la policía involucradas en operaciones especiales que portarían un chip que les daría acceso a bases de datos muy reservadas. Algunos padres, aterrados por la posibilidad de que secuestren a sus hijos (o , quizás, sus mascotas), están pensando en monitorizarlos para conocer siempre su paradero exacto. No faltan clubs exclusivos que los ofrecen a sus socios para que puedan consumir sin tarjeta ni dinero. En fin, no hablaremos de más motivos por los que la gente está dispuesta a monitorizarse: no importa si por amor o por temor, ya sea para jugar a las máquinas ya sea para controlar sus intereses, lo mismo da que tratemos de las vacas, los hijos, los empleados o, para qué limitarse, la ciudadanía en su conjunto.

Graafstra dice que lo hizo por amor, aunque podría ser una buena operación de marketing, pues la performance ha coincidido con el lanzamiento de un libro suyo y el anuncio de su nueva empresa. Rfid toys es un manual de uso de estos artefactos que, según el autor (ver entrevista en pikiki), enseña a usar el hardware y los invita desarrollar nuevas utilidades para estos nuevos juguetes.

La más que posible expansión de la tecnología RFID nos enfrenta entonces a varios problemas de distinta naturaleza: la afición de los nerds por experimentar con nuevos recursos, el entusiasmo de los jóvenes por nuevas formas de singuarizarse, las espectaculares utilidades que cabe asignarle y, por fin pero no en último lugar, la pulsión hacia el control de la ciudadanía y sus hábitos por parte de las administraciones públicas y las corporaciones industriales.

Las alarmas se han disparado. Algunos movimientos ciudadanos se han movilizado para que no aceptemos como inevitable esta digitalización masiva de nuestros cuerpos y de sus parámetros bioquímicos o psicosociales. Los hackers también están en marcha y están dispuestos a socializar esta tecnología, lo que equivale a experimentar con ella para poder contrarrestarla. Riz McIntyre, una activista contraria al RFID, ha escrito todo un libro para argumentar lo contrario que Amal Graafstra: Spychips: How major Corporations and Goverment Plan to Track Your Every Move with RFID. Y, en fin, todo indica que llevamos ya una década avanzando hacia el inevitable destino cyborg que nos aguarda. Y, sin duda el mayor error sería abonar las tendencias tecnofóbicas que proliferan por todas partes. 

3:23 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (5)