El descubrimiento de un nuevo objeto que gravita alrededor del Sol no le convierte automáticamente en nuestro décimo planeta, sino que pone en cuestión lo que debemos entender por planeta (es decir, los parámetros que lo determinan) y amenaza con rebajar a Plutón a la condición de asteroide. [Antonio Lafuente]
El reciente descubrimiento (ver
la noticia en National Geographic) de
un nuevo planeta ha abierto un debate internacional que pretende aclarar si el llamado
2003 UB313 debería ser admitido como planeta,
el décimo, o arrojado al anonimato de los cientos de miles de asteroides que conforman el
cinturón de Kuiper del que también forma parte Plutón.
Xena será el nombre que recibirá el nuevo objeto si es que la Unión Astronómica Internacional lo incorpora a la nómina de objetos míticos. El hallazgo, sin embargo, ha suscitado algunos problemas que nos ayudan a comprender el sentido en el que muchos decimos que
la ciencia es una construcción social.
Vamos a resumirlos de la mano de
info.astro. El objeto 2003 UB313 es más grande (su diámetro es 700 Kms mayor) que
Plutón, un planeta con problemas de identidad desde que fue descubierto (1930), pues se trata de un objeto diferente, del tipo enanos helados, a los conocidos gigantes gaseosos (Jupiter; Saturno, Urano y Neptuno) o a los planetas rocosos (Mercurio, Venus, Marte y la Tierra).
No está claro lo que debe o no ser considerado como planeta. Algunos piensan que no basta con que esté gravitando alrededor del Sol (aunque su órbita sea muy excéntrica y separada 40º del plano de la eclíptica) o que se trate de un objeto lo bastante masivo como para que su campo gravitatorio domine su entorno y lo configure esférico. Ambas características las cumplen otros asteroides y habría entonces que prepararse para un sistema solar de entre 15 y 20 planetas. Y quizás más.
Otros piensan que Plutón, aunque se parezca mucho a 2003 UB313,
no debe ser degradado (por razones históricas y sentimentales) y que tampoco la enorme distancia a la que está Xena del Sol (3 veces más lejos que Plutón y 40 más que Júpiter) es argumento suficiente para convertirlo en otro vulgar transneptuniano.
Tenemos un planet debate. Hay quien ha propuesto un criterio funcional: que adquieran la condición de planetas todos los nuevos objetos que sean más grandes que Plutón. Xena entonces cumpliría esta condición. Y
los astrólogos están inquietos pues tendrán que revisar todas las efemérides y predicciones astrológicas.
Y, en fin, toda esta pequeña historia (
La degradación de Plutón) nos está hablando de la importancia de las convenciones y del carácter instrumental de los conceptos (ver un
post magnífico en The Duck of Minerva) que utilizamos para organizar, categorizar y entender el mundo que nos rodea. O, en otros términos, que no sólo estamos hablando de palabras (planetas, gravedad, eclíptica), sino de prácticas (distancias, inclinaciones, periodos) consensuadas y, por tanto, colectivas, pues su propósito (su utilidad) es lograr representaciones de la realidad que deben ser buenas (socialmente aceptables) y correctas (técnicamente contrastadas).
Pero lo sabemos, cualquiera que sea la noción que tengamos de lo bueno y lo correcto es imprescindible situarlos en su contexto, lo que equivale a conectarlos en cada momento a los valores (qué define un hecho, qué papel asignarles, qué hechos necesitamos) y a las practicas (cómo medir algo, cómo discutir su alcance, quién debe participar).
No es que nuestro conocimiento sólo sea una convención capaz de resolver (o multiplicar) los conflictos culturales en los que se origina, sino que las formas de validarlo están enraizadas en un contexto cultural (sólo validamos aquello que creemos necesario) y técnico (sólo podemos validar lo que nuestra tecnología permite). Pero cuidado: no acabaremos diciendo que la realidad se adapta a nuestros patrones cognitivos (como muchos lectores superficiales achacan a los constructivistas), sino que el conocimiento sólo puede surgir vinculado a ciertos estándares de validación (sin las nuevas tecnologías Xena no habría surgido, ni tampoco la cuestión sobre si nombrarlo o no planeta).
Esto significa que la definición de los objetos siempre es tan ambigua como lo exija la necesidad de hacer eficaz y consistente el conjunto del sistema (definiciones más estrictas de planeta son posibles -y necesarias!- porque tenemos mejores máquinas con las que discriminar -y descubrir otros "planetas"-). O, en otros términos, que los esquemas conceptuales tiene más que ver con los fines prácticos que se persiguen (organizar los cielos según un número limitado de categorías), que con profundas consideraciones ontológicas (lo que los planetas son en sí, al margen de lo que puedo o no contrastar).
Hay un ejemplo estándar para aclarar lo que decimos: la coexistencia de las astronomías ptolemaica, copernicana, maya y china, las cuatro igualmente eficaces para la navegación marina, la predicción de efemérides o la predicción astrológica. Tal afirmación no equivale a decir que los cuatro sistemas sean igualmente correctos, sino que su validez está vinculada al propósito para el que el conocimiento está orientado.
Finalmente, hay que reconocer que las prácticas orientadas a la producción de significado (determinar órbitas y distancias, o tamaños y figuras) no son independientes de los objetos que ellas producen (planetas si son comparables a Plutón, asteroides si no son esféricos). O, en otros términos, que una vez que hemos acordado la conveniencia de organizar algunos objetos según, por ejemplo, la categoría sistema solar, ya sólo es posible hablar de objetos celestes refiriéndolos a las prácticas (experimentales, literarias, técnicas) con las que hemos construido tal noción, así como a las conexiones (disciplinares, catalográficas, profesionales) que mantiene con los otros objetos que contribuye a sostener (y en los que se apoya!), como las galaxias, el Sol, los satélites, asteroides, etc.
Es decir que nuestros accesos a la realidad sólo podemos hacerlos a través de un sistema de conceptos que son codeterminados por una constelación de prácticas sociales que involucran protocolos, máquinas, instituciones, premios y recompensas, jerarquías, que tienen carácter histórico, es decir que son contingentes.