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martes, 07 de febrero de 2006

La cultura amateur se despliega por todos los rincones de la tecnología y el conocimiento, como lo prueba la existencia de varias redes ciudadanas de contraespionaje de satélites. [Antonio Lafuente]

En junio de 1983 la administración Reagan decidió no difundir las órbitas de sus satélites espía. Esperaban así ponerle las cosas más difíciles a los soviéticos. Pero la medida tuvo un efecto inesperado, pues un grupo de astrónomos amateurs se organizó para observarlos, catalogarlos y hacerlos visibles. La prohibición se convirtió en un reto. Y así ha venido siendo desde entonces.

Según Wired, Ted Molczan, un nerd tan apolítico como tecnoentusiata, coordina un grupo de rastreadores que trae de cabeza a la National Reconnaissance Office (NRO), una agencia norteamericana que gasta cada año 7 mil millones de dólares para intentar que tales máquinas voladoras sean invisibles.

La empresa no es fácil, pues cada satélite tiene de media el tamaño de un autobús y, un objeto tan grande, no es fácil ocultar en los cielos. La filosofía hacker que mantiene vivo el grupo es sencilla: "Respeto el derecho de cualquiera a no publicar los elementos orbitales de sus satélites -dice Molczan-, pero a cambio ellos tienen que respetar el mio a tratar de descubrirlos." Así, de fácil. Peor, cuanto más los esconden, mayor el placer de encontrarlos. Ver la tabla de satélites operativos militares elaborada por Molczan y John Pikey.

Y, claro, no sólo saben mucho de satélites y telescopios, sino también de internet y las distintas tecnologías que sirven para crear y sostener una comunidad virtual y, en consecuencia, disponen de una web, Heavens-Above, y una lista de correo, SeeSat-L, muy activa. Hay otras redes, como Obsat o Space-Track. y, desde luego, un blog, Bruce's Satellite Tracking Blog, que también se dedican (y enseñan) a determinar órbitas y a lo que haga falta. Y es que el mundo de los satélites puede ser apasionante (si quieres introducirte, aquí), como lo insinúa esta aplicación de NASA que muestra 300 en tiempo real.

Uno de los satélites, Misty, está construido con una tecnología que se resiste. Los rastreadores espaciales amateurs no saben qué hacer. Algunos miembros de esta curiosa cofradía lo han visto (o, mejor dicho, han observado algo desconocido que después desaparece que podría ser el llamado USA 53, Misty), pero no parece tener una trayectoria previsible. Y parecen estar convencidos de que el gobierno cambia la trayectoria cada vez que sospechan que los rastreadores estarían cerca de descubrirlo. Los peor pensados creen que el ejército estaría usando a los amateurs para probar la eficacia de sus métodos de ocultamiento. En todo caso arrecian las quejas de quienes quisieran la criminalización de esta red ciudadana internacional de contraespionaje.

19:13 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (550)

El 44 % de los científicos dedicados a la genética reconocen la práctica de la ocultación de datos para defender su carrera o sus negocios, una distinción que cada día parece más elusiva. [Antonio Lafuente]

La ciencia es una empresa cooperativa, internacional y, hasta poco , al menos, creíamos que estaba comprometida con el bien común. Para que funcione se necesita que la información sea compartida y fluya sin restricciones entre los expertos. Pero los hechos no avalan tales afirmaciones. En el último número de Academic Medicine, febrero de 2006, (ver EurekAlert y ScientificLive) ha aparecido dos artículos, ambos realizados por miembros del Institute for Health Policy at Massachusetts General Hospital (MGH) in Boston, que prueban que la práctica del secreto en biociencias va en aumento y que ya tiene unas proporciones muy inquietantes. Tanto, que de seguir así las cosas, el secretismo pronto dejará de ser la excepción para convertirse en la norma.


El primer artículo de Blumenthal y colaboradores describe los resultados de una encuesta -realizada a 1849 biocientíficos (de ellos, 1240 era genetistas) de las 100 principales universidades de investigación de EEUU- cuyo objetivo era dimensionar la práctica de la retención de datos (data withholding) entre los científicos. Mientras otros estudios previos se limitaban a explorar la ocultación de datos en artículos publicados, la actual encuesta también ha preguntado si los científicos ocultadn datos cuando están en seminarios, congresos o en simples conversaciones con otros colegas. La conclusiones han sido que el 44% de los genetistas y el 32% de los biocientíficos reconocen la práctica del secreto. También queda claro que estas prácticas son más frecuentes entre los científicos que mantiene relaciones con la industria.

Los más descorazonador, si cabe, es que estas conductas están afectando a los jóvenes que inician su carrera como investigadores. El otro artículo mencionado, de Vogeli y colaboradores, ha encuestado en 2003 (la muestra fue de 1000 jóvenes de 50 universidades) sobre el mismo asunto a becarios pre y post doctorales, y los resultados confirman la tendencia: el 25% afirma haber padecido ocultamiento de datos, materiales o programas informáticos, y un 45% lamenta que tales prácticas afectaran a la calidad de sus relaciones en los medios académicos.

Por el momento, no hay más remedio que vincular el secretismo a la cada vez más profunda penetración de las grandes corporaciones en la financiación de la ciencia. Hay mucha gente inquieta por estas cuestiones y seguro que, entre ellos, deberíamos contar a un porcentaje alto de científicos, pero no sabemos si son o no mayoría. Seguro que hay maneras de hacer compatibles los intereses privados y los públicos en ciencia. No es obvio, sin embargo, que nuestras instituciones estén empeñadas en garantizar el acceso libre a los resultados de todos los proyectos financiados con fondos públicos, ni tampoco es evidente que estén haciendo algo para combatir el secretismo.

0:04 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (3)