Los británicos no parecen estar seguros de cuál es la teoría que mejor explica el origen de la vida. [Antonio Lafuente]
La revista Science declaró que
el evolucionismo había sido el principal asunto científico del año 2005. La decisión fue adoptada al margen de las polémicas,
las guerras de la ciencia, que suscitaron las declaraciones Bush favorables a la consideración del diseño inteligente como un teoría verosímil y alternativa al evolucionismo, como tampoco influyó
la decisión del estado de Kansas de introducirlo como obligatorio en la enseñanza.
Estas y otras noticias parecidas fueron recibidas en Europa, con una mezcla de rabia e ironía, como si confirmaran que Bush era un líder sectario y la América profunda un territorio irredento. Es como si pensáramos que una cosa así no podía suceder en la culta Europa. Los hechos, sin embargo, demuestran que no hay motivo para que nos sintamos tan distintos y mucho menos superiores.
Los entusiastas de las políticas de promoción de la cultura científica acaban de recibir un jarro de agua fría. Una
encuesta para Horizon (BBC) realizada por Ipsos MORI concluye que más del 40% de la población en Gran Bretaña piensa que el creacionismo o el diseño inteligente deberían ser enseñados en la escuela. De los 2000 encuestados, el 22% pensaban que el creacionismo era la teoría que mejor explicaba el origen de la vida, mientras que el 17% eligieron el diseño inteligente. El 48% apostaron por la evolución. Una
encuesta parecida fue llevada a cabo en EEUU por Gallup en noviembre de 2004 y los resultados también fueron descorazonadores.
El asunto es grave y seguramente cuestiona la forma en la que se está enseñando la ciencia en Gran Bretaña. Los defensores de los programas de cultura científica (museos de ciencia, ferias de la ciencia, oficinas de prensa institucionales,...) se han apresurado a decir que los resultados demuestran la importancia de los proyectos en curso y la necesidad de incrementar los recursos. Pero, seguramente, lo mejor sería repensar el conjunto de todas estas acciones, con frecuencia basadas en lemas tan facilongos como "la ciencia es divertida" o "prohibido no tocar".
Hay mucho negocio (y mucho perezoso!) detrás de ideas tan simples y aunque hace dos décadas contaran con el aplauso general, parece que llegó la hora de revisar las políticas de promoción de cultura científica.