LoginRSS 2.0 Feed

lunes, 23 de enero de 2006

Si viéramos la ciencia como una actividad tan oral como literaria, tal vez podríamos entender mejor el último escándalo científico, el caso Hwang, caracterizado por una extraña combinación de mucho dinero, demasiada publicidad y poco control. [Antonio Lafuente]

Abundan los estudios que han explicado los muchos recursos que nuestras sociedades invierten en ciencia, y no faltan quienes hablan de despilfarro cuando piensan en la carrera espacial, en los computadores de tercera generación, en los remedios milagrosos contra el cáncer y más recientemente en la fusión nuclear. Los muchos casos recientes de fraude en ciencia hacen plausible la sospecha de que hay demasiada algarabía de premios, demasiado vedetismo científico y demasiadas promesas incumplidas.

La sexy science (esa hibris entre espectáculo conservador y descubrimientos revolucionarios) y los star scientists (gentes que famosean y cuya imagen cotiza en Bolsa) pueden no ser la vía para acercar la ciencia a la sociedad, ni tampoco para conseguir que sigan creciendo los recursos que la sociedad invierte en ciencia. En tanto que famosos, cumplen la misma función que los grandes atletas o los nuevos tenores de la restauración respecto de la industria del deporte o de la comida. Un papel, por lo tanto, nada desdeñable, pero también inquietante, pues podría suceder que los niños acaben odiando el futbol o que las amas de casa se pierdan en la cocina. Quien lo dude que piense en el caso Hwang y, como dice Javier Sampedro, en sus manejos para obtener el Nobel.


Hace apenas unos días, Harry Collins publicaba en Nature la reseña de un libro de David Berube sobre Nanotecnología (Nano-Hype) en donde insinuaba que tal vez el próximo bluf, tras el enredo organizado por Hwang alrededor de las células madre falsamente obtenidas a partir de embriones clonados, venga del nanomundo. La prensa y también las instituciones no dejan de hablar de fallos lamentables en el sistema peer review (control de calidad de los contenidos de un artículo mediante la revisión por pares, por otros científicos de prestigio). Se da por hecho que la ciencia es una actividad literaria o, al menos, que todo cuanto cuenta en ciencia es porque ha sido contado por escrito. Pero, tal vez, habría que revisar esta especie de "verdad heredada" y contrastarla con los datos.

Lo que Harry Collins afirma sin paliativos es que las enormes masas de dinero invertidas en ciertas áreas científicas, la nanotecnología en particular, sólo pueden entenderse por la convergencia de dos factores: de una parte, la presión mediática (seguramente pagada por el lobbing corporativo correspondiente) y, de otra, por la certeza de que la ciencia es una actividad menos literaria y más oral. Lo que quiere decir que para controlar los fraudes, además de revisar los papers, habrá que vigilar otras prácticas comunes en la ciencia.

Y, desde luego, los datos parecen confirmar (al menos desde la II Guerra Mundial, el período que suele denominarse Big Science) esta naturaleza oral de la ciencia. A comienzos de la década de 1990 se hizo un estudio para determinar las dimensiones que tenía el fenómeno de los artículos científicos nunca citados, empleándose como muestra empírica los textos publicados en las revistas indexadas por el International Scientific Information (ISI), una empresa que en términos generales puede decirse que analiza las más prestigiosas revistas del mundo en todos los ámbitos del saber.

El estudio probó que en física y química el porcentaje de artículos nunca citados alcanzaba el 37% y el 38%, respectivamente. En biología y medicina subía hasta el 41% y 46%, respectivamente. En el ámbito de las ingenierías se llegaba hasta el 72%.  Otro texto muy conocido de Eugene Garfield de 1998 concluía que los índices de trabajos no citados eran variados, pero inquietantes: ciencias experimentales (47,4%), ciencias sociales (74,7%) y artes y humanidades (98%). También se decía que entre 1945 y 1988 el 56% de todos los textos científicos sólo había sido citado una vez. Pensando exclusivamente en las ciencias duras y entre 1969-1981, el porcentaje de textos citados en sólo una ocasión llegó al 42%.

Podríamos continuar con las cifras, pero la conclusión no variaría: "la gran mayoría de los artículos publicados, revisados o no por pares, son masivamente ignorados por los científicos." Tanto que, continúa Collins, si un alienígena usara las revistas científicas para hacerse una idea del estado de la ciencia en la Tierra, se enfrentaría al mismo problema (¡y con tan malos resultados!) que cualquiera de nosotros que quisiera hacer lo mismo leyendo cuanto encontrara en Internet.

10:29 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (5)