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viernes, 20 de enero de 2006

El caso Hwang, el científico coreano que agregó la gota que al parecer desborda el vaso de las preocupaciones sobre la marcha de la ciencia, presenta intrigantes conexiones con las prácticas utilizadas por Robert Boyle en los albores de la ciencia moderna. [Antonio Lafuente]

Hace dos décadas que Simon Schaffer y Steven Shapin escribieron un libro Leviathan and the Air-Pump: Hobbes, Boyle, and the Experimental Life (1985),que ha sido clave en para la comprensión del papel de la retórica, los públicos y los instrumentos en la construcción de la autoridad científica en la Inglaterra de finales del siglo XVII. Un libro sobre el saber y el poder o, en otros términos, sobre el dominio de las palabras y de las máquinas.


Un libro en el que se explica cómo se crean los hechos y cuál es le papel de la retórica y de los instrumentos en la formación de consensos. Por su páginas discurren todos los actores, humanos y no humanos, que son necesarios para que crear autoridad en un mundo dónde los saberes que se discuten son emergentes, las comunidades que deben acogerlos frágiles o inexistentes, los instrumentos imprecisos o no normalizados. Y, al final, queda clara la importancia de las metáforas, los públicos y el espectáculo. Lo que Schaffer y Shapin hicieron es mostrar el nacimiento de la vida experimental sin recurrir a las viejas narrativas que querían ver el surgimiento de la ciencia moderna como si se tratara de una actividad sublime y, sobre todo, mental.

Durante mucho tiempo, la mirada de Schaffer y Shapin ha sido (des)calificada como constructivista. Pero hoy, como se argumenta en Framing Science, el coreano Hwang ha venido a darles la razón y a confirmar que uno de los principales mecanismos de consolidación de la ciencia (postmoderna) actual sigue el mismo patrón que utilizó Boyle con su máquina de vacío para fabricar hechos: los testigos virtuales.

Es un secreto a voces que los experimentos que sustentan las conclusiones de los artículos científicos no son verificadas por las revistas, cualquiera que sea su prestigio. Los revisores (referee) que controlan la calidad del texto (peer review) son gente experimentada (nos referimos ahora a los que no tienen ningún interés personal, corporativo o empresarial) y con olfato para detectar posibles carencias. Pero si el texto que les llega viene firmado por algún científico prestigioso o procede de alguna institución acreditada, los filtros se relajan y la disposición a publicarlos crece. Los buenos augurios aumentan si la investigación promete impacto mediático o es amparada por algún científico famoso.

Los testigos virtuales eran, (ver el texto de Shapin, Pump and Circumstance: Robert Boyle's Literary Technology) cualquier lector o espectador seducido por una retórica que le engatusaba haciéndole creer que era testigo del experimento que estaba leyendo. Boyle probó gran habilidad con la pluma (literary technology) para traducir prácticas manuales en prácticas literarias, logrando que hubiera un laboratorio en cada casa y que todos esos hechos artificiales (producidos con máquinas) parecieran surgidos de la naturaleza misma. Así operó Hwang.

Nadie sabe cómo lo consiguió pero uno de los artículos de 2005, ver New York Times, lo publicó junto a un prestigioso genetista americano, Gerald Schatten, que no había participado en los experimentos. O sea que se buscó el aval de un testigo de fe, creíble por su (hasta ahora) buena reputación y, quizás, atraído por la fama que le reportaría ser coautor (mejor, cofirmante) de uno de los grandes descubrimientos del siglo XX. Supo también rodearse de todos esos políticos, de aquí y de allí, rectores, ministros, directores de hospitales, que buscan una foto con la que imponer su imagen un día más.

Había rumores en la web, ver Washington Post y lo que se comenta al respecto en Framing Science, de que sus investigaciones eran demasiado redondas. Hay demasiadas evidencias, ver The Boston Globe, de que cada día es más frecuente la práctica de editar imágenes de laboratorio y corregirlas para que muestren lo que se quiere y o no lo que hay. La imágenes de Hwang parecían trucadas pero nadie quería tirar de la manta. Luego, como se argumenta en The New York Times, estaban sus shows. Para lograr la fama, trucó investigaciones, pero siendo un científico procedente de un país periférico, todo le hubiera sido más difícil sin los éxitos que cosechaba en sus actuaciones públicas, ya fuera ante los medios de comunicación, ya fuese en seminarios en las universidades más prestigiosas.  En fin, como explica Richard Cunnigham para el caso de Robert Boyle (1627-1691) y William Gilbert (1544-1603), que también Hwang  sembró el mundo de testigos virtuales y de experimentos vicarios. 

2:30 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (4)