Los vínculos entre los jóvenes y las nuevas tecnologías no hacen más que crecer, y todo apunta a que sus muchos gadgets no son meros objetos de consumo. [Antonio Lafuente]
Una de las últimas modas de Internet, una de las más
cool, consiste en mostrar el contenido del bolso en flickr
What's in my bag (qué hay en mi bolso) es el nombre que agrupa esta nueva y sorprendente forma de reclamar una identidad en el ciberespacio. Lo que hay varía mucho de unos bolsos a otros, pero destaca la presencia generalizada de múltiples artefactos electrónicos, como uno o varios móviles, la pda, el reproductor mp3, la cámara digital, varios cables para distintas funciones. Sin duda,
los lazos entre los jóvenes y las nuevas tecnologías no hacen más que ampliarse.
Hay muchos datos que avalan la tesis de que se está produciendo un cambio cultural de consecuencias incalculables. Recordemos algunos. El 25% de los niños norteamericanos de 5 años usan Internet, una cifra que explica por qué desde 2004 ya hay más niños (hasta los 13 años) que adultos navegando por la red. En España, por ejemplo, el 14% de los chavales se ha citado a ciegas al menos una vez por Internet, y en Francia el 35% de los
blogueros tienen menos de 15 años, un porcentaje que sube al 82% si elevamos la edad máxima hasta los 24.
El mundo de los juegos es ya un negocio más voluminoso que el del cine. Y entre los muchos soportes habilitados para usarlos, ninguno es más espectacular que la red misma. Hace unos días se anunciaba que
World of Craft ya cuenta con 5 millones de clientes, lo que es tanto como decir que se trata de un juego al que pueden estar simultáneamente conectados 5 millones de suscriptores. Estamos entonces hablando de inmensas comunidades virtuales, integradas por adictos a una tecnocultura popular que mediante un simple click de ratón pueden cambiar de espacio, grupo y hasta de época. Un juego, en fin, es una expresión, entre otras, del
social software, un ensamblaje de tecnologías que permite a los usuarios experimentar con nuevos valores y distintas formas de sociabilidad.
En fin, que todos esos
gadgets que proliferan en las mochilas de los más jóvenes, no son meros objetos de consumo, tampoco basta con decir que son los símbolos más visibles de un
tsunami tecnocultural que ya se ha apoderado de la imaginación de los adolescentes. En la medida en que las tecnologías que los sostienen sean convergentes, como está sucediendo, lo que están haciendo estos
digital natives, como les llama
Marc Prensky, es experimentar con formas de colaboración y organización que anticipan los valores y las prácticas que conformarán el nuevo mundo que nos viene.