Los proyectos de digitalización de libros promovidos por Google están provocando intensos debates que movilizan todo lo que tiene que ver con el libro y que, por tanto, afectan a las nociones de soberanía, patrimonio y ciudadanía. [Antonio Lafuente]
El anuncio de que
Google Print va a digitalizar y poner en red los fondos de las bibliotecas de las universidades de Harvard, Stanford, Michigan, Oxford y la pública de New York (PLNY) ha provocado una revolución en el mundo del libro que afecta a la industria editorial, la identidad de las bibliotecas, la legislación sobre derechos de autor, la noción de patrimonio y, en definitiva, a la noción misma de cultura y civilidad.
Google,
ver historia en Tech One Now, fue creada hace siete años por dos informáticos recién salidos de Stanford University. Y, como sabemos, sólo es un motor de búsqueda con una interface simple. Su indiscutible éxito se basa en la capacidad para analizar ingentes masas de textos según métodos estadísticos y morfosintácticos, conectando las páginas archivadas (en sus propios servidores) con los términos de búsqueda empleados por los internautas. Los métodos de indexación permiten calibrar la popularidad de cada página (google rank, para muchos el
pecado original de Google, es un parámetro que mide el número de veces que una página es enlazada por las demás) y, en consecuencia, ordenar las respuestas a cada búsqueda según la popularidad decreciente de los sitios webs.
Las consecuencias son monumentales, pues Google al tener los términos de búsqueda puede también ensayar un perfil de cada usuario para intentar convertirlo en consumidor y, en consecuencia, agregar a las respuestas a sus sondeos publicidad personalizada y pertinente. En fin, lo que hace Google es vender palabras clave (las que cada quien usa en sus búsquedas) a unas empresas que deben etiquetar bien sus "cuñas" para convertirlas en ventanas emergentes "solicitadas" por los clientes potenciales, pues no hay que olvidar que Google cobra una cantidad cada vez que alguien pincha en los llamados enlaces patrocinados (
cost-per-click, CPC). En fin, por este sistema a cada palabra se le puede asociar un número, que puede ser convertido en un valor que fluctúa según las leyes del mercado.
Este modelo negocio sin fronteras, masivo y personalizado, basado en la economía del sondeo, está dando lugar al llamado
capitalismo semántico, un negocio que proporciona a Google cada año 4 mil millones de dólares netos (la tercera parte de lo que obtiene Microsoft) y, lo más importante, la expectativa de alcanzar un dominio notable sobre la red. Sabemos que ya ha creado una buena cantidad de empresas (
ver todas), pero ninguna parece haber suscitado tanto debate como Google print, un proyecto que digitalizará 15 millones de libros, unas 4,5 mil millones de páginas, lo que supone unas inversiones que al parecer ninguna administración pública puede abordar.
Hay mucha gente protestando. Crece el consenso alrededor de que
no estamos ante un cambio de medio, sino ante un nuevo paradigma. Algunos colectivos de editores, bibliotecarios y autores están discutiendo si se vulneran las leyes de la propiedad intelectual. Y el debate jurídico promete ser muy intenso. Entre tanto, la condición de empresa privada con raíces anglófonas está provocando movimientos muy interesantes. Entre ellos,
ver en Nature (1 de diciembre) "The real death of the print", nos quedamos con dos de muy alto valor simbólico:
la reacción francesa, secundada por la Unión Europea, y la alternativa pública (en el sentido de comunal) promovida por el
Internet Archive.
La respuesta francesa resulta hasta cómica por lo que tiene de previsible. Según su primer portavoz, Jean-Noël Jeanneney, director de la Bibliothéque National de France (instirtución que antaño promovió
Gallica, un proyecto que ya da muestras de obsolescencia),
Google representa la americanización y constituye la mayor amenaza para la identidad cultural europea, pues contribuirá a reforzar la hegemonía de EEUU y de la lengua inglesa:
la globalización será la googlelización. Para hacerle frente, hay comisión que está elaborando un proyecto basado en el desarrollo de un motor de búsqueda que compita con Google y la coresponsabilidad de todas las Bibliotecas Nacionales. La propuesta entonces favorecería la coexistencia de varias tecnologías de búsqueda y archivo, garantizando los equlibrios lingüísticos.
La otra alternativa ha sido promovida por
Internet Archive para hacer frente al nuevo monopolio emergente, asegurar la escala que no podía garantizar el
proyecto Gutemberg y mantener pujante el dominio público, cualquiera que sea la marcha de
Google en Nasdaq. La iniciativa cuenta con poderosos aliados, pues Yahoo y Microsoft, entre otras organizaciones, están detrás de la
Open Content Alliance. No hace mucho, la Biblioteca Británica,
ver ZDNet.fr, ha suscrito un acuerdo con Microsoft para digitalizar 100.000 volúmenes (unos 25 millones de páginas) que supondrán una inversión de unos 2 millones de euros. Aún no se sabe si este proyecto pasará a engrosar el fondo de la OCA, pero en cualquier caso es un grave ataque al proyecto europeo ya mencionado.
En fin, en los próximos meses tendremos que enfrentarnos a la disyuntiva de, como se explica en el
informe de JM Salaün para la Documentation Française recomendado en
Urfist, defender la biblioteca como un bien patrimonial asociado a una concepción particular de republicanismo (más continental que europea) o, si por el contrario, lo que queremos es proteger sobre todo el libre acceso, ya sea en el marco del incipiente capitalismo semántico generalizado, ya sea en el marco del nuevo comunitarismo digital. Porque si, por ejemplo, creemos que Internet es un gran libro en el que se navega a través de documentos autónomos, hay que decidir si la escala mundial que adquiere está favoreciendo la hegemonía de una lengua o promoviendo la
taylorización de las lenguas.
Los menos sensibles a estos argumentos sólo ven
la cornucopia de los commons y un paso definitivo hacia la democratización del acceso al conocimiento. Y, por supuesto, creen que los críticos sólo son intelectuales, instituciones o empresas, incapaces de adaptarse a las nuevas tecnologías, gentes que actúan por intereses corporativos y/o refractarios. Obviamente, aquí no termina nada. Más aún, lo que nos queda por decidir parece una tarea tan urgente como agotadora.