La nueva vacuna contra el Virus del Papilona Humano puede erradicar la enfermedad, pero los grupos de presión más conservadores se están movilizando para evitar que las solicitadas campañas de vacunación masiva de las adolescentes puedan, según lamentan, interpretarse como una invitación a la promiscuidad sexual. [Antonio Lafuente]
La noticia de que hay una vacuna, operativa desde la primavera de 2006, contra el
Virus del Papilona Humano (HPV, en inglés) no está siendo tan bien recibida como merece. El HPV es una de las enfermedades de transmisión sexual más comunes. Se calcula que cada año hay más de cinco millones de nuevos afectados en todo el mundo y, según
New Scientist, sabemos que el 85% de todas las personas sexualmente activas contraerán la enfermedad algunas vez en la vida. En Estados Unidos se sabe que la mitad de las mujeres comprendidas entre 18 y 22 años están infectadas. En la mayoría de los casos (el 80%) se curan solas, pero a veces el virus se hace resistente y degenera en cáncer varias décadas después.
Cada año se diagnostican medio millón de casos, la mayoría pertenecientes a países en desarrollo y, en fin, estamos hablando de un mal que mata a cerca de 300.000 personas al año.Vacunar masivamente a los adolescentes (especialmente a las mujeres de unos 18 años) las inmunizaría frente al virus y, en la práctica, la vacunación obligatoria erradicaría la enfermedad. Pero son muchos los grupos conservadores y de integristas de varias confesiones religiosas que, según
informa Washington Post, están movilizándose para evitar las campañas de vacunación masiva. Y sí, el motivo es que podíamos imaginar: librar a las adolescentes del papiloma equivale, en su retorcida mente, a invitarlas a una vida sexual sin freno.
Y aquí aparece otro de los comités por los que siempre se recordará,
explica Chris C. Mooney, la ominosa era Bush, el
Advisory Committee on Immunization Practice, un grupo de expertos dependiente del Center for Disease Control and Prevention de Atlanta que debe decidir los criterios sobre a quién, cómo y cuándo administrar la vacuna. Las funciones del mencionado comité invitan a sospechar que, lejos de dictaminar como científicos, van a comportarse como moralistas que tratarán de sostener su convicción de que la abstinencia y el celibato son los mejores medios para prevenir cualquier enfermedad de transmisión sexual.
Pero se equivocan. Y seguramente van a equivocarse de la misma manera que ya lo hicieron con los enfermos de SIDA: inventando potentes mecanismos de exclusión social para los afectados y cultivando el miedo entre los llamados grupos de riesgo. Nuevamente, la sexualidad será criminalizada y la sociedad amenazada con peligros que podrían ser evitados mediante la vacuna y el condón. Si todo evoluciona a peor, y no todo el mundo es amedrentado por estos moralistas, no faltarán quienes diseñen nuevos recortes a las libertades cívicas, empezando por calificar como grupos de riesgo (y, por tanto, de amenaza) a todos los adolescentes, especialmente si son pobres, emigrantes o de color.