La blogosfera académica está siendo hostigada por intelectuales que, reivindicando el rigor como la principal seña de identidad académica, cuestionan el entusiasmo de quienes dan mucho valor a la experimentación con ideas emergentes. [Antonio Lafuente]
A
Daniel W. Drezner no le han renovado su puesto en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago porque,
lo cuenta Jean Pierre Cloutier, su actividad como bloguero, iniciada en septiembre de 2002, no es apreciada por la institución. La Universidad lo niega, pero lo cierto es que hay más casos que confirman un cierto menosprecio académico por lo publicado en los blogs. Todo indica que este episodio es una muestra más de las turbulencias debidas a la disolución de las fronteras entre las distintas comunidades de practicantes de una actividad intelectual.
Zero Seconde,
Confessions of a Community College Dean y, entre otros,
The Chronicle of Higher Education se preguntan si no estaremos al comienzo del fin de los blogs académicos.
¿Deben bloguear los profesores? La respuesta está siendo objeto de un acalorado debate. Quienes lamentan su éxito (o moda) alegan que son un género que no comporta el mismo rigor intelectual, que sus contenidos alimentan la blogosfera y no la academia y que consumen un tiempo que debería dedicarse a la investigación. Los partidarios, sin embargo, hablan de que los blogs permiten experimentar con ideas emergentes, interactuar eficazmente con grandes audiencias y aliviar en parte la excisión entre las dos culturas.
Pero, tales discrepancias podrían derivar en enfrentamientos, pues, como se recoge n un artículo publicado en
The New York Sum, todo parece indicar que los blogueros no sólo admiten el placer que les produce la inmediatez de esta forma de escritura, sino que tales posicionamientos públicos los consideran parte esencial de su actividad profesional.
Y es que, en efecto, como explica
Martin Lessard en Zero Seconde, Internet podría ser un vivero de teorías profanas, ideas que circulan si haber recibido el refrendo de ningún colectivo de expertos autorizado. Nadie sabe entonces si caminamos hacia la creación de nuevas formas de conocimiento y distintas maneras de producción de autoridad o si, por el contrario, avanzamos en paralelo y hacia un conflicto que extremaría el enfrentamiento entre el mundo de los expertos y de los profanos. Los ciberoptimistas se quedarán con la primera opción, pero no son pocos los que temen que sea la segunda alternativa la que dominará. De forma que en vez de caminar hacia una nueva Ilustración, estaríamos avanzando hacia el progreso de la barbarie.