Muchos de los problemas que enfrenta nuestro mundo tienen una fuerte identidad científico-técnica, pero para solucionarlos no necesitamos una demostración, sino una negociación. [Antonio Lafuente]
Los manuales de ciencia siempre transmiten la impresión de infalibilidad y dogmatismo. Sus autores no suelen reservar un lugar en donde expresar dudas o recordar algunas críticas. Para todos los problemas hay una solución y ni siquiera parecen concebibles las preguntas con varias respuestas. Parece un milagro que con semejante dieta intelectual, como ya cuestionara Einstein, queden estudiantes con ganas de dedicarse a la ciencia.
Kuhn caracterizó esta situación como de
ciencia normal (expresamente comparada con la ortodoxia teológica) y reservó para los momentos de cambio la denominación de ciencia revolucionaria. En las fases de ciencia normal se impone un estilo de pensamiento que rechaza las críticas a los fundamentos y/o anatemiza a quienes cultivan la incertidumbre. Las instituciones funcionan en la convicción de que todos los problemas (y desde luego las soluciones) pueden ser formulados desde un paradigma de consenso que se considera sólidamente y experimentalmente contrastado.
A veces, sin embargo, los tiempos se aceleran, cuando los hechos y las teorías que los explican conforman un puzzle que ya no encaja. Entonces se acumulan las anomalías, y emerge una situación madura para una revolución científica. Durante un tiempo cambiarán muchas cosas, hasta alcanzar un nuevo consenso alrededor de otro paradigma que se impondrá como nuevo cannon de obligado cumplimiento. Y, de nuevo, vuelta a los manuales, es decir, a los hechos incuestionables, los conceptos luminosos y las certezas universales.
Nuestros tiempos tal vez sean o no revolucionarios. No lo sabemos. Tampoco es esa nuestra preocupación hoy. De lo que queremos hablar aquí es de ciencia post-normal. Hablamos del
laboratorio global y de experimentos de alcance planetario en los que todos estamos involucrados, al menos como conejillos de Indias. estaríamos entonces en una fase de nuestra cultura en la que tenemos que enfrentarnos a problemas, tan enormes como urgentes, sin las seguridades del manual. El cambio climático, la seguridad alimentaria, la salud medioambiental, las especies que se extinguen o las alternativas energéticas, pertenecen a un nuevo tipo de objetos, tan políticos como científicos, que se sitúan en la intersección de una sorprendente variedad de disciplinas, tradiciones y protocolos científicos.
En la ciencia post-normal, explica
Jerry Ravetz en
The Post-Normal Times, no se puede aislar el objeto del entorno y meterlo en el laboratorio. No es que emerjan con muchas adherencias ideológicas o morales, sino que tales compromisos son constituyentes, lo mismo que las variables de laboratorio que lo cualifican o las redes institucionales que lo autorizan. Son objetos complejos. No es que sean complicados, es decir que necesitemos muchas variables para determinarlos técnica y conceptualmente. Son complejos, lo que quiere decir que se trata de problemas basados en hechos que son estructuralmente inciertos y/o que no admiten ser vistos desde una perspectiva privilegiada. Para ellos, la solución no es una demostración: es una negociación.