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miércoles, 02 de noviembre de 2005

La complejidad de la empresa científica es creciente, como también los nuevos y viejos mecanismos que contribuyen a corromper los mecanismos, como el factor de impacto, de reconocimiento del mérito individual. [Antonio Lafuente]

Hace unos días apareció en The Chronicle of Higher Education un artículo que discutía algo que muchos científicos piensan y muy pocos se atreven a manifestar: el factor de impacto podría estar devorando la ciencia. El argumento general es fácil de entender, pues una sencilla herramienta (el índice de impacto) pensada para introducir una forma objetiva de jerarquizar las revistas científicas (cerca de 8.000, contando sólo las más prestigiosas), se ha convertido en un instrumento clave en las políticas de asignación de recursos públicos destinados a la investigación o en las no menos decisivas de selección de contratación de personal o de selección de los miembros de consejos editoriales u otros comités científicos.


Su autor, R. Monastersky, se explaya en consideraciones y testimonios sobre las distintos métodos empleados por los editores para conseguir que su revista mejore el impacto y, en consecuencia, las ventas/subscripciones, la fama de los editores o la cantidad de papers que reciben para publicar. El índice de impacto de una revista (para 2004, por ejemplo) se calcula dividiendo el número citas (en total, para todas las revistas, 27 millones en un año) que recibieron en 2004 los artículos publicados entre 2002-2003, por el número de artículos publicados en esos mismos dos años.

Así que para mejorar el impacto hay que disminuir el número de artículos o aumentar el de citas, algo que puede conseguirse siguiendo algunos procedimientos bien conocidos: 1) pedir/sugerir al autor que sea comprensivo, citando artículos ya aparecidos en la revista en donde quiere publicar; 2) privilegiar autores que sean famosos y/o poderosos; 3) fomentar artículos sobre temas que estén de moda; 4) publicar textos (editoriales, revisiones, reseñas,...) que no suelen aportar datos nuevos (y, por tanto, no son contabilizados como artículos que hacen crecer el denominador de la división que mide el impacto) pero que, en cambio, suelen llevar muchas referencias a los números anteriores (y, en consecuencia, incrementan la cifra del numerador).

Estas y otras prácticas han introducido la razonable sospecha de que las cosas no se están haciendo bien si sigue exagerandose la importancia de un índice que, en todo caso, mediría la calidad de una revista y no la de un investigador. "Nunca imaginamos -ha declarado Eugen Garfield, fundador de la empresa ISI que elabora el citado ranking- que la gente lo usaría como una herramienta de evaluación para otorgar becas y proyectos".

El asunto es grave, porque a estas prácticas fraudulentas se unen otras no menos inquietantes. Hace unos días, el 28 de octubre, New Scientist, también The Scientist, informaba de que un prestigioso profesor del MIT, Luk Van Parijs, había estado publicando desde 1997 artículos que difundían datos inventados. No es la primera vez que ocurre, ni tampoco será la última. Los analistas están de acuerdo en que la presión a la que son sometidos los científicos, reflejada en el conocido lema "publicar o morir", introduce muy serias distorsiones en las prácticas científicas, ahora multiplicadas por el hecho de que también las revistas contribuyen cuanto pueden a alterar la marcha normal de la ciencia.

20:39 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)