El mercado genético tiende a ser monopolístico, otro hecho que inquieta a los defensores del bien común. [Antonio Lafuente]
La revista
Science nos informa esta semana que 4.382 (18,5%) de los 23.638 genes que componen el genoma humano han sido ya patentados. La cifra se logró comparando el número de patentes de secuencias genéticas reclamadas por alguna patente en Estados Unidos y el número de genes incluidos en el
National Centre for Biotechnology Information; es decir que la cifra aumentaría si se ampliara el estudio a otras oficinas nacionales de patentes.
El estudio ofrece algunos datos de interés, como, por ejemplo, que
Incyte Pharmaceuticals/Incyte Genomics posee más de la mitad de las patentes (63%), y que el BRCA1, gen asociado al cáncer de mama, pertenecen a más de una compañía. De los 291 genes vinculados con el cáncer, 131 están patentados. también aprendemos que el 63% de la patentes están en manos privadas y un 28% pertenecen a instituciones públicas. Estados Unidos posee el 78%, Europa el 6%, Japon el 4% y un 9% no están clasificadas. Todos estos datos marcan una tendencia que se confirma al conocer los altos valores del
Herfindahl Index (una variable que mide el nivel de competitividad en un mercado): el mercado de los genes es más bien monopolístico, salvo en algunos genes cuya propiedad está distribuida en muchas empresas.
Fiona Murray, coautora del estudio y profesora en el Massachusetts Institute of Technology,
explica a National Geographic para quienes sean novatos en estos asuntos, que "en el sistema de patentes de Estados Unidos el DNA humano es tratado como cualquier otro producto químico. [...] Una secuancia aislada de DNA puede ser patentada de la misma manera que una medicina nueva, extraida de una planta, puede serlo si el inventor identifica alguna aplicación".
El artículo forma parte de un proyecto más ambicioso que trata de estudiar el impacto que sobre la ciencia pueda tener esta deriva expansionista de los derechos de propiedad intelectual sobre el genoma humano. Dos son las posiciones extremas que los autores resumen. De un lado están los críticos, argumentando que las patentes acabaran bloqueando la marcha de la ciencia, pues ningún investigador se introducirá en una campo en donde cada movimiento estará sometido a peaje o, peor aún, a largos y costosos pleitos planteados por poderosas compañías. Por otra parte, como los derechos de propiedad intelectual, allí donde hay negocio, están muy fragmentados, es previsible que se produzca un efecto anticommons, contrario al bien común, pues crear algo nuevo (un diagnóstico o un fármaco) se convertirá en una empresa extraordinariamente costosa que sofocará la investigación y detendrá las inversiones en I+D.
Por su parte los defensores de los derechos de propiedad intelectual argumentan que sin ellos será difícil incentivar una investigación que, debido a los numerosos controles de seguridad, es demasiado cara, excesivamente lenta y difícil de rentabilizar. Desde esta perspectiva las patentes son la pieza maestra de un boyante negocio y un vibrante mercado de ideas.