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martes, 13 de septiembre de 2005

Hay muchos médicos, que más que doctores son farmachifles, pues recetan los medicamentos que les dictan las grandes compañías farmacéuticas a cambio de algunos regalitos, como plumas, viajes, comilonas y sobresueldos. [Antonio Lafuente]

Las consultas hospitalarias se llenan cada día de representantes de las compañías farmacéuticas que intentan colocar su mercancía entre las terapias recomendadas por los doctores. Sus métodos son conocidos: una pluma por aquí, un viajecito a congresos por allá, libros caros, estenoscopios, suscripciones a revistas, entradas para el teatro y, en fín, sobres con dinero. Lo que los médicos dan a cambio son recetas, prescripciones de medicinas. Y, entre las muchas posibilidades donde elegir, algunas son más caras o más modernas o más populares. Da igual: la decisión tiene que ver con el tráfico de comisiones.

Muchos médicos están involucrados en este juego macabro. Tienen un título oficial, pero sólo son farmachifles, mercadean con bagatelas, cosas cuya calidad terapéutica no se contrastó en el laboratorio, como tampoco viene refrendada por la práctica clínica, su valor creció en el restaurante, la institución preferida en la mesocracia. Y para eso se ha creado una base de datos, Drug Promotion Databse, que mantiene viva la memoria de quienes se olvidaron de su obligación de defender el bien común.

Tienen mucha razón los promotores de no free lunch, una web cuyo objetivo es denunciar estas prácticas y reconstruir la decencia pública en los centros sanitarios. Los adherentes al movimiento no free lunch, en español diríamos "no por el morro", invitan a los médicos a rechazarlos regalos de estos buhoneros que corrompen el sistema. Funcionan como Alcohólicos Anónimos y ya son muchos los sobreadictos que han confesado su adicción, su condición de farmachifles.

Catherine Bonomo, una de las animadoras del proyecto, parece estar gafada en la red; aunque Google es capaz de encotrar 377 web que contienen su nombre, no se puede abrir casi ninguna, pues todas están redireccionadas hacia una página que nada tiene que ver con el contenido buscado. Una circunstancia que resulta cuanto menos sospechosa y que apunta una mano negra que no quiere que sepamos lo que Catherine Bonomo piensa sobre estos asuntos.

Los datos son espeluznantes y, según los más pesimistas, sólo nos muestran la punta de un iceberg. Más de 4.500 médicos, boticarios y gestores sanitarios, además de muchas empleados de la multinacional GlaxoSmithKline (GSK), fueron formalmente acusados en Italia, según nos cuenta el British Medical Journal de prácticas fraudulentas en una operación que se extendió por todo el país y que puso de manifiesto no sólo la profundidad y arraigo del mal, sino también los altos niveles de sofisticación que alcanza. En el año 2003, las compañías farmacéuticas se gastaron en EEUU unos 22 mil millones de dólares en publicidad, de los cuales las muestras regaladas supusieron 16 mil millones y 5,7 mil millones fue el coste de los regalos directos a los médicos.

La importancia de estas cifras se refuerza cuando se sabe que hay menos investigación de la que alegan las farmacéuticas para justificar el elevado coste de los medicamentos. De las 78 fármacos aprobados por la FDA en 2003, sólo 17 incorporaban algún nuevo principio activo, lo que explica porqué el 30% de las ganancias que logran las farmacéuticas va a marketing, un porcentaje que contrasta con el del 12% que emplean en investigación. O sea que los medicamentos son caros por lo que cuesta venderlos, más que por lo que vale producirlos (ver Tendencias 21). En un informe de 2002 realizado por el Journal of the American Medical Association quedó probado que al menos el 60% de los médicos que defendian algún medicamento tenían relacionas con la empresa que los fabricaba.

En fín, los datos son abrumadores y dejan poco espacio para la duda. Hay una conspiración de silencio, pues siendo tan inmensas las sumas de dinero invertidas en comprar voluntades, son muy escasas las denuncias. Muchos médicos piensan que estas prácticas son normales: aceptar un libro, por ejemplo, no es problemático para el 93% de los médicos, como tampoco una pluma (98%), un martillo reflex (41%), un estenoscopio (95%). También es abrumadora la cifra de quienes aceptan viajes para asistir a congresos, aún cuando la inmensa mayoría del tiempo -denunciaba Gonzalo Herranz en nombre de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica Colegial- se dedique a lujosos festejos.

A nadie parece importarle, aún cuando se trata de prácticas corruptas tipificadas en el código penal. Cada quien que saque sus propias conclusiones, pero antes de precipitarlas, y mientras recordamos los médicos que no tiene ningún pudor en mostrar algún bolígrafo corporativo en su solapa o publicidad en sus despachos, conviene recordar que la mencionada publicidad, como los regalos y los congresistos, se hacen para influir en los criterios médicos y nunca pensando en el bien común. La consecuencia es que los lápices, comilonas y entradas a espectáculos, repercuten en el precio de las medicinas y que al final las pagamos entre todos. 

1:00 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (0)