Algunos movimientos en la comunidad académica parecerían estar anunciando un cambio de tendencia, pues parecería que vuelve a ser un bien apreciado su conciencia como ciudadanos responsables. [Antonio Lafuente]
Hace unos días
500 científicos británicos salían en defensa de la experimentación animal y acusan a quienes la persiguen y boicotean de estar obstaculizando la marcha del progreso médico. Dos meses antes, las
Academias de Ciencias de los países del G8 se distanciaban de sus gobiernos en relación con la gestión del cambio climático, y les recomendaban ser menos prudentes y pasar ya de una vez a la acción.
También en estos días hemos visto, vía
The Loon, como numerosas sociedades científicas (
National Science Teacher' Association,
American Astronomical Society ,
American Geophysical Union) han criticado abiertamente
las declaraciones del presidente Bush que ponían en un mismo plano de verosimilitud el evolucionismo y la hipótesis (deberíamos decir, la ocurrencia, como se prueba en el blog
uti. Unscrewing The Inscrutable) del diseño inteligente.
Acaba de salir el esperado y polémico libro de
Chris Mooney,
The Republican War on Science, que da contenido y fundamento a la larga queja de muchos científicos que se sienten intimidados por la administración norteamericana. Hoy mismo
The Guardian informa de cómo algunos expertos favorables al cambio climático (y, por tanto, muy proclives a la aplicación de los acuerdos de Kyoto) han denunciado que sus publicaciones han sido sometidas a un escrutinio especialmente severo que sólo buscaba desacreditarlos ante la comunidad científica por inconsistentes. El libro vendría a culminar un largo movimiento que se fue incubando a lo largo de 2004, cuando más de 7000 científicos firmaron una carta,
Restoring Scientific Integrity in Policymaking,
recientemente actualizada, que acusaba a la administración Bush de "haber socavado la calidad e independencia del sistema de asesoramiento científico", manipulando u ocultando los informes científicos y técnicos que no concordaban con sus políticas. Entre los
científicos firmantes hay 49 premios
Nobel, 63 ganadores de la
National Medal of Science y 154 miembros de las
National Academies.
No es la misma situación pero en Francia, bajo el lema
Sauvons la Recherche, hubo una gran movilización,
calificada de modélica, que condujo a los Etats Generaux de la Science y que también era expresaba una protesta muy extendida contra el supuesto ninguneo del presidente Chirac a la comunidad científica. Igualmemte, y en relación con el
debate sobre el uso de células madre, hemos visto ardientes debates a ambos lados de Atlántico. Hace apenas unos días, contaba
The Scientist, que la CDU, el partido democristiano alemán que lidera Merkel, cuestionaba la pertinencia de que, como quería el socialdemócrata SPD, el Comité Nacional de Ética dependiera del gobierno y no del Parlamento.
Podríamos haber traído más hechos al argumento. El asunto de fondo es si son o no meras coincidencias, pues ciertamente cada día son más los asuntos en los que se requiere su criterio para la formación de opinión pública. Producir hechos contrastados es lento y muy costoso, pero nuestra sociedad tiene otro
tempo, tiene prisa y enfrenta debates cuya respuesta no se puede supeditar a lo que suceda en el laboratorio. Por eso es tan importante que los científicos recuperen su condición de ciudadanos y regresen a la escena política sin caer en la tentación de arrogancias trasnochadas y corporativas, ni estar supeditados a los intereses del gobierno o de alguna empresa.