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sábado, 06 de agosto de 2005

Los incendios portugueses se deben más a los excesos de la modernización que a la debilidad del Estado [Tiago Saraiva]

Es famosa la condena de los portugueses a la condición de poetas, pues nadie podría ser científico, ingeniero o filósofo conviviendo casda día con la luz de Lisboa, la mítica Lux bona. Pero el turista que venga estos días a la capital portuguesa se sentirá defraudado. En vez del celebrado cielo lisboeta, encontrará la asfixiante atmósfera que dejan los múltiples incendios a su alrededor y un fuerte olor a humo que oculta el Sol: un escenario que se repite cada año con una intensidad desconocida incluso en otros países del sur europeo como España, Italia o Grecia. 

Los media informan una y otra vez de que estamos en un país periférico y en un Estado que no cuenta con los medios necesarios para cuidar del patrimonio medioambiental de la nación. Los cerca de tres mil bomberos y más de veinte aviones y helicópteros movilizados estos días para combatir el fuego fueron claramente insuficientes, al extremo de que ni siquiera se pudo garantizar el tráfico por la autopista que une Lisboa y Oporto, la principal vía de comunicación del país. Los testimonios parecen coincidir y son contundentes en el diagnóstico: la administración del Estado ha renuciado a gestionar el territorio, especialmente en toda la geografía interior del país.

El asunto, sin embargo, nos parece un poco más complicado, pues no basta con repetir alguna frasecilla  para concluir que estos hechos prueban la deficiente europeización de Portugal. Tampoco son plenamente satisfactorias las explicaciones que simplifican el problema atribuyendo excesiva influencia al éxodo rural y al abandono de los bosques por parte de sus tradicionales usuarios. Todo esto es cierto, pero no da cuenta del dato apabullante que convierte el centro de Portugal en el área de mayor concentración de pinos y eucaliptos de toda Europa.

No es entonces que el estado haya descuidado el territorio, sino que durante todo el siglo XX ha promovido políticas cuyo destino era transformar el suelo en un recurso rentable para la industria. Desde comienzos del siglo XX, y en especial durante los años cincuenta, los ingenieros forestales portugueses han convertido las tierras comunales en tierra de nadie, un especie de territorio "indio" a la espera de ser colonizado mediante los citados pinos y eucaliptos. Dicha colonización, como han probado algunos historiadores (Estevão, 1983; Brouwer, 1995), suscitó múltiples resistencias por parte de las poblaciones locales. También sabemos que un alto porcentaje de la reforestación emprendida por agentes privados sólo se hizo para evitar que el estado conviertiera bienes comunes en bienes de titularidad pública.

Hoy los políticos y los editorialistas hablan en la prensa de la enorme pérdida de ese gran bien común que es el bosque portugués. Pero olvidan decir que esta pérdida se deriva de una mala gestión que comenzó el mismo día que perdió su condición de bien común. Hoy sólo es un inmenso negocio, a cuyos beneficiarios habría que imputar el inmenso coste que supone la movilización de aviones, bomberos y Range Rovers.

No es un ecosistema que contribuya al bienestar general, sino un espacio destinado al monocultivo que está acelerando la degradación medioambiental. Al menos, después de las catástrofes de los últimos años, ya nadie se atreve a hablar del eucalipto como del petróleo verde de Portugal. El problema entonces no es que el país sea atrasado o que sus gentes no sepan cuidar del patrimonio comunal. Mucho menos que escaseen los científicos e ingenieros, mientras hay plétora de poetas colgados de la luz. la realidad es más cruda: el fuego tiene más que ver con los excesos de la modernización del territorio que con las debilidades del Estado portugués. Toca ahora pensar cómo se pueden aprovechar los incendios para devolver el paisaje del país al dominio común

1:17 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (1)