La revalorización de la inteligencia colectiva (exteligencia) acumulada en las comunidades campesinas tradicionales está revelándose como pieza clave en la lucha contra el hambre y la enfermedad en África. [Nuria Valverde]
La organización
Overseas Development Institute (ODI) publicó recientemente un
informe sobre el impacto del SIDA en la sostenibilidad de la agricultura africana. La epidemia, que al principio afectaba a los núcleos urbanos, está sacudiendo las áreas rurales. Las muertes dejan las tierras sin trabajadores y, al parecer, están forzando la sustitución de los cultivos tradicionales por otros que requieren menos mano de obra, pero que, además de tener menor valor nutritivo, están acabando con el conocimiento local o
conocimiento ecológico tradicional, así como con la posibilidad de su transmisión de una generación a la siguiente.
Las consecuencias que se pueden anticipar son desoladoras: deficiencia inmunológica y deficiencia nutricional, sin contar la pérdida de prácticas asentadas (y bien contrastadas) que siempre siempre fueron el principal activo para detener el ciclo de las hambrunas endémicas (véanse los informes de
RENEWAL).
El SIDA no es el único factor que ha contribuido a redescubrir la simbiosis entre los cuerpos y las culturas, entre la bioinformación y la
exteligencia (inteligencia colectiva). Los rápidos cambios culturales producidos por la globalización están impactando sobre la salud y el entorno de los pueblos afectados. No es extraño entonces que se estén buscando medidas que permitan recuperar la información tradicional (véase, por ejemplo, el informe de la FAO
La tradition réinventée, o el proyecto
In Situ en Perú, o
GRAIN).
Las epidemias (incluidas la depresión, la anorexia o la obesidad) desvelan siempre la existencia de inesperados vacíos en la información colectiva. La comunidad se enfrenta a una situación que no sabe manejar porque carece de antecedentes: las normas, pautas y comportamientos que en otros tiempos la evitaban se han olvidado o perdido.
El problema entonces es cómo regular la exteligencia. Las sociedades más desarrolladas no habían sentido como propias estas pérdidas culturales, porque suponían que la validez de un remedio en Europa debía extenderse a, por ejemplo, el Indico. Hoy, sin embargo, no deja de crecer la conciencia de que al igual que no se puede privatizar el
Genoma Humano, también debemos preservar estos bagajes culturales tradicionales.
Igualmente, tampoco es obvio el tránsito entre lo que aflige a un cuerpo (es decir, a un individuo) y lo que incide sobre un colectivo (y que, obviamente, afecta a una comunidad). Tales tránsitos, como prueba la relación entre agrobiodiversidad y SIDA, deben ser resueltos mejorando la gobernanza. Sólo un esfuerzo de gobernanza tecnológica (flexible, adaptada al terreno, a las necesidades y a los valores) puede ayudar a articular la erradicación de prácticas injustas, nocivas o dolorosas sin llevarse por delante un conocimiento tradicional y eficiente que a todos nos beneficia.
Proyectos de esta índole ya están en marcha (p.e.,
Sddimensions, de FAO); y algunos grupos,
como el capitaneado por Pierre Lévy o la wiki
TheTransitionier, están potenciando el análisis de la inteligencia colectiva para el desarrollo de las comunidades. Pero la pérdida irreparable de conocimiento local sigue siendo (moral y tecnológicamente) un escollo difícil de salvar.