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viernes, 17 de junio de 2005

Después de Bravo 20: the Bombing of the American West, es difícil volver a mirar los desiertos de Nevada, Utah, Arizona o California con la mirada ingenua de quien cree estar ante el sublime espectáculo de la naturaleza. [Tiago Saraiva]


Una joven ucraniana se pasea en moto por las ruinas de Chernobyl (http://www.kiddofspeed.com/). Sus fotos se han hecho famosas e inspiran a otros jóvenes europeos a un turismo alternativo: visitar paisajes nucleares. No es evidente el motivo que les atrae, ¿por qué cambiar los placeres del cálido Mediterráneo o los  Alpes sublimes por lugares tan lúgubres? Ta vez sea que nuestras experiencias estéticas no sólo se nutren con lo bello y lo sublime, sino que incluyen también lo pintoresco.

No siempre sabemos o podemos convivir con las buenas proporciones clásicas o con la elevada estatura moral de los paisajes montañosos. Muchas veces nos resulta más sugerente experimentar el efecto del paso del tiempo en la pintura, o sobre otras personas u objetos. Y así, de la mano de lo pintoresco, lo sucio y lo viejo entraron al lienzo.

Han sido, sin duda, los fotógrafos del Oeste norteamericano quienes mejor han captado las tensiones en los paisajes nucleares, formándose incluso un Atomic Photographers Guild (Alessandra Ponte: Desert Testing).  Después de Bravo 20: the Bombing of the American West de Richard Misrach y Myriam Misrach, es difícil volver a mirar los desiertos del Nevada, Utah, Arizona o California con la ingenuidad de quien cree estar ante el  espectáculo sublime de la naturaleza. Y es que esos parajes, evocadores de fronteras últimas o de soledades telúricas, fueron los elegidos por militares y científicos para ser el banco de prueba del arsenal atómico estadounidense.

Desde comienzps de los 40, espacios inmensos fueron convertidos en bienes públicos controlados por el gobierno federal, ignorando los derechos de las comunidades locales y negando cualquier problema medioambiental. Las fotografías de Misrach de pozos de animales donde la gente deposita el ganado muerto por causas desconocidas o de dunas como escenario de los combates de los bombarderos de la marina norte-americana, desvelan toda la ingenuidad implícita en, por ejemplo, las imágenes del desierto de Ansel Adams.

Y no es mera casualidad que Adams fotografiara con el mismo entusiasmo el desierto y las gigantescas presas que estaban colonizando el Oeste allá por los años 30 y 40.  Lo sublime tecnológico era visto en la misma clave que el natural, y ambos ponían a los seres humanos frente a objetos que se le imponen tanto por su desproporcioanda escala, como por su inaudita grandiosidad. Hay entonces una relación íntima entre esa forma de mirar el desierto, entendido como un mar inmenso e inhóspito que nada tiene que ver con la escala humana, y el sueño yankee de convertir el Oeste en un vergel que diera continuidad al paisaje en el Este de donde provenían. A golpe de presas y ferrocarriles se doblegó una naturaleza virgen que esperaba la acción civilizadora de los pioneros.

Lo que la retórica de lo sublime ocultaba es que para mucha gente ese mismo paisaje formaba parte de una experiencia cotidiana que nada tenía que ver con la grandilocuencia de las fotos de Adams. Para recuperar esa otra mirada tenemos que recular todavía más, hasta los trabajos de  E. Muybridge en la década de 70 del siglo XIX.  Durante las guerras de exterminio de los indígenas, Muybridge (más conocido como uno de los padres del cine) fotografió los mismos paisajes que más tarde captaría la cámera (sublime) de Adams. Lo que a Muybridge le interesaba sólo lo podía captar un objetivo pequeño , pues se olvidó de la grandiosidad del oeste y  miró hacia el pintoresquismo de la vida cotidiana india (Rebecca Solnit: River of Shadows: Eadweard Muybridge and the Technological Wild West). 

Y de pronto  nos damos cuenta de que la "naturaleza" no es tan natural y que incluso el Oeste, no fue nunca una inmaculada página en blanco aguardando la llegada de un gobierno que la convirtiera en un bien público, pues el desierto, podría ser inhóspito, pero estaba lleno de vida: era un bien común.


23:17 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (2)