Los ciudadanos se implican cada vez más en la vigilancia de los sistemas de control farmacéutico. [Nuria Valverde]
Una de las noticias que abrían el New York Times del 10 junio de 2005 se refería a la inoperancia de un organismo como la FDA para sacar de la circulación un medicamento,
Propulsid, cuyos efectos secundarios son graves. En España, la
Agencia Española del Medicamento prohibió la comercialización de la cisaprida (principio activo del Propulsid) a primeros de 2005, después de haber restringido notablemente su uso desde el 2000. Y su prohibición ha pasado sin pena ni gloria. Pero en otros casos, como el del
Vioxx (New Target, Diario Médico, El País, Asociación afectados por Vioxx ), la alerta ha permeado todo el espectro social.
Definir qué es un medicamento y cuáles son los
medicamentos indispensables, es algo que nos compete a todos. Por supuesto, el problema es bastante complejo, porque como ya decía Lee S. Simon, responsable del Dpto. de Analgésicos de la FDA, en
2002 : 1) los controles clínicos (RTC, random test control) son de poca relevancia cuando las enfermedades son crónicas; 2) el sistema americano (como el inglés, y el español) se basa en la comunicación espontánea de los efectos adversos de un medicamento, y estas comunicaciones son realmente escasas. Para Simon, según parece, la farmacovigilancia debería mantenerse en manos de los médicos y las industrias farmacéuticas.
Sin embargo, de acuerdo con la
Fundación Institut Català de Farmacologia, es difícil confiar en una industria cada vez más desvinculada de los valores morales que acompañan a la práctica médica, y en una práctica médica cada vez menos crítica con los medicamentos. Es esta situación de desajuste entre el consumo, la eficacia y la correcta aplicación del término medicamento lo que ha puesto en marcha un movimiento de vigilancia ciudadana sobre los medicamentos. Un movimiento que comenzó a cobrar visibilidad en 1998, cuando
Social Audit inicia su campaña contra los antidepresivos, que le llevarían a una investigación sobre los procedimientos de autorización de fármacos en Gran Bretaña (ver
Medicines out of control?).
Numerosas asociaciones han seguido esta senda de la denuncia. Y así la
Health Action International, que federa a 150 asociaciones de 70 países y cuyo presupuesto ascendió en 2003 a 762.068?, se ha puesto en marcha para denunciar la falta de transparencia en la gestión de la investigación y el mercado farmacológicos. También la
Canadian Health Coalition hace un seguimiento de la Big Pharma y del papel de las autoridades canadienses. Y recientemente la asociación ciudadana
Public Citizen acaba de abrir una página web (
Worstpills.org) destinada exclusivamente a prevenir contra el consumo de medicamentos cuyos efectos secundarios están demostrados o que, por el contrario, son ineficaces.
Por supuesto, la máquina farmacéutica no se para por ello, y cada día afrontamos con perplejidad noticias como la inminente aprobación de BiDil (
FDA,
New York Times), la primera droga diseñada para un grupo racial, el afro-americano. Una noticia que ha despertado las suspicacias de los expertos en derecho hacia las llamadas
drogas étnicas y el de grupos de investigación como
RaceSci, preocupados por seguir los usos científicos y tecnológicos del concepto de raza. En todo caso, hay algo refrescante en este movimiento. Se trata de hacer volver a la ciencia a sus originales cauces de bastión del bien común. El curso moral del conocimiento no se mantiene solo.