Sabemos mucho sobre la contribución de los amateurs a la astronomía, ornitología o botánica, pero muy poco en cambio de su presencia en otras disciplinas como la filología [Antonio Lafuente]
La historia del
Oxford English Dictionary, tal como la ha contado Simon Winchester en su magnífico
The meaning of everyhing (2003) está repleta de buenas noticias para los que creen en la fuerza del trabajo colaborativo y amateur. Sus promotores, miembros de la
Philological Society, acordaron en 1857 la necesidad de un diccionario que, además de contener los nuevos términos con los que la ciencia y la tecnología estaba inundando la lengua, también diera cuenta del inglés fuera de Inglaterra.
Querían entonces -explica
Winchester- que el diccionario fuera espejo fidedigno del inglés hablado en los cinco continentes, desde Edimburgo a ciudad de El Cabo y desde Gales a Australia, pasando por Canadá, USA y la India. Y así, más que imitar a Francia, España o Italia, cuyas academias trataron de fijar la lengua y fabricar un canon, los miembros de la FS lo que querían era cosechar tantos usos y vocablos como les fuera posible. No quedaba entonces más alternativa que explorar los nuevos ámbitos de comunicación representados por los periódicos, las revistas, los
comics y los folletos, en donde, además de expresarse los escritores, profesores y profesionales liberales, también aparecían otros hablantes de menor consideración literaria pero con creciente presencia pública, como era el caso de los sindicalistas, los higienistas o las feministas. Y eso no fue todo, pues también se quería dar cuenta del inglés hablado, lo que obligaba a tomar registros en
pubs, ateneos, talleres, iglesias, hospicios y hospitales.
En fin, que no querían un diccionario que enseñara a la gente cómo usar las palabras, sino otro que mostrara toda la pluralidad de usos del inglés: una empresa descomunal que sólo culminaría involucrando a un ejército de amateurs que leyeran y escucharan con entusiasmo todo cuanto pudiera ser hablado o escrito y que luego redactaran y remitieran sus fichas a Inglaterra para que allí fueran contrastadas, depuradas, clasificadas y, finalmente publicadas. Las cifras que dan cuenta del proyecto son espectaculares: 70 años de trabajos, 12 volúmenes, 16.000 páginas, 414.125 vocablos y 1.827.306 ilustraciones.