El mundo de la ciencia encierra muchas paradojas. ¿No es extraño que los científicos, expertos en la captación de recursos y en el control de la calidad de lo que producen, tengan que pagar para leer lo que ellos mismos han redactado? [Antonio Lafuente]
Si dividimos lo que las haciendas públicas de todo el mundo gastan en ciencia por el número de artículos, cada texto nos cuesta unos 400.000? ¿No es escandaloso entonces que los beneficios de este negocio sean para un puñado de cuasi monopolios editoriales que, además, han incrementado el precio de las subscripciones entre 1986 y 2002 cuatro veces por encima de la inflación? (
Eisen, 2003) Pero la información, segun dijo Stewart Brand y reza uno de los principios de la cultura hackers, quiere ser libre. Y, si no cambian mucho las cosas, lo será.
En enero de 2004, la
OCDE proclamó la necesidad de asegurar el libre acceso de la ciudadanía a la información científica. Una decisión que reforzaba las muchas adhesiones cosechadas por el movimiento
open access. Asi, por ejemplo, son ya 33.826 los científicos procedentes de 180 países que han firmado una
open letter coprometiendose a boicotear "las editoriales que restringen el acceso a sus fondos". La
Declaración de Berlín (2003) es otro de los instrumentos de consenso que invitan a romper con la actual situación y que
ha sido firmada, entre otras instituciones, por la Fundación Max Planck, el CNRS, la Academia China de Ciencias, la Academia India de Ciencias y el Wellcome Trust.
Los científicos, forzados al
publicar o morir, tienen motivos para estar felices con esta deriva. Es un hecho que
florecen las publicaciones open access y que además son un 89% más usadas que las difundidas por suscripción y que su impacto es 2,5 veces mayor, un factor decisivo a la hora de conseguir recursos para investigar (
Harnad & Brody, 2004). Lo importante, en medio de tantas presiones productivistas, utilitarias y corporativas, es que los científicos tienen la oportunidad de confirmar que sigue vigente su compromiso con el universalismo y el bien común.
Las primeras revistas científicas, el
Journal de Sçavants (1665) y las
Philosophical Transactions (1666), nacieron de la necesidad de los académicos de, primero, compartir sus conocimientos y, después, reclamar la prioridad en los descubrimientos. Y así debería seguir siendo, porque cualquier impedimento al acceso de los ciudadanos a la información científica, ya sea por su condición de supuestos iletrados, ya sea porque su familia, institución o país no dispone de recursos suficientes, es una opción por completo inaceptable que retrasa el avance del saber y cuestiona los fundamentos mismos de la democracia.