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martes, 06 de mayo de 2008

MadiaLab Prado hará próximamente una convocatoria abierta de proyectos de investigación.  Culturas del procomún es el que presentaré y que sólo se llevará a cabo si logra suficientes co-laborantes.

No es fácil promover la cultura del promocún. La experiencia nos dice que se trata de un concepto difícil de atrapar entre palabras y/o imágenes. Baste con recordar que se trata de un término que describe bienes en ámbitos tan distintos y distantes como lo son el genoma humano, el agua potable, las plazas de nuestras ciudades, los órganos extirpados del cuerpo, los fondos marinos, el conocimiento primitivo, el lenguaje que hablan las máquinas, el folclore popular, el aire que respiramos, la biodiversidad, la estabilidad del sistema financiero internacional, la red de alerta contra las enfermedades contagiosas o las recetas de la cocina tradicional.


La preocupación por disponer de una definición operativa ha sido una de los problemas más debatidos en el Laboratorio del Procomún. Con frecuencia, algunos miembros del Laboratorio han expresado su desconcierto ante la dificultad para lograr un acuerdo sobre el significado o alcance de una noción que para nosotros además de cotidiana es constitucional. Tampoco han faltado comentarios sobre la naturaleza demasiado espontánea o genérica con la que nos hemos referido a los bienes comunes. Todos además hemos compartido la necesidad de superar esta fase inicial y dar paso a un trabajo de naturaleza más rigurosa y consensuada.


Objetivos

El proyecto que aquí se presenta tiene por finalidad explorar las distintas formas de nombrar, acotar, definir, esquematizar, representar, modelizar y, en definitiva, visualizar el procomún. Desde luego se trata de un proyecto abierto a quienes sientan debilidad por la ontología, pero esperamos también a quienes prefieran las aproximaciones más funcionales. Para ayudar a perfilar los objetivos que nos interesan se propone distinguir entre tres formas distintas de deslindar/distinguir/denotar/desvelar nuestro objeto:

  • explorar las formas de acotarlo conceptualmente en los distintos campos en los que ha sido utilizado, desde la antropología a la economía, pasando por la historia, la filosofía y el derecho.


  • explorar las dimensiones de la noción procomún. En esta línea lo que nos interesa es encontrar las cifras que ayuden a delimitar sus proporciones econométricas y sociológicas, ya sea investigando los parámetros que definen la economía del don (recursos movilizados o creación de empleo, por ejemplo), ya sea cuantificando el peso relativo de los diferentes ámbitos de acción (medio ambiente, salud, ayuda social,...) o las distintas formas de organización (ONG, agrupaciones civiles, comunidades de afectados).


  • explorar las distintas representaciones gráficas que se han propuesto con la intención de que el procomún quepa en un golpe de vista. Hacer obvias las relaciones que la imagen construye entre las partes que la configuran implica aprender a verla como una red que vertebra fragmentos/nodos y a dar la mayor importancia a las cuestiones de escala.




Destinatarios

Dada la naturaleza abierta de esta convocatoria hemos procurado no excluir a nadie que pudiera estar interesado en una actividad de carácter híbrido, pues además de quienes pueden ser identificados por su perspectiva disciplinar, también serán bien recibidos quienes prefieran serlo por las habilidades que tengan, ya sea en el ámbito del activismo, ya sea en el de las nuevas tecnologías. Buscar cifras que delimiten, por ejemplo, la noción de voluntariado medioambiental es una actividad que implica desarrollar habilidades como documentalista, pero que exige también depurar la noción misma de filantropía y su relación con la economía de mercado o el filantrocapitalismo. A continuación, hay que plantearse cómo hacer más eficaz la comunicación de los logros alcanzados por las investigaciones en curso, una pregunta que siempre es más fácil de responder si contamos con expertos en diseño de datos y en las tecnologías que ayudan a visualizarlos y movilizarlos por los media.

Está claro que este proyecto está abierto al concurso de co-laborantes de muy amplio espectro. Para evitar un tono excesivamente abstracto, introduciremos algunos ejemplos del tipo de iniciativas que podrían ser amparadas, bien entendido que se trata sólo de ejemplos que de ninguna manera pretenden predeterminar el futuro de la propuesta. Esto equivale a decir que estamos abiertos a muchas posibilidades, incluidas las más imprevisibles e incluso las potencialmente contradictorias.

Los ejemplos de los que hablábamos podrían ser muchos y entre ellos los siguientes:

a) El eco del procomún en la novela, entendido como un débil gesto de resistencia al creciente proceso de apropiación de lo comunal por el sector público.
b) Las dimensiones que la biopiratería tiene en el negocio de los fármacos o de la cosmética, así como la importancia que tales prácticas tienen sobre las comunidades indígenas.
c) La contribución de la economía del don a la creación de riqueza y empleo.
d) La noción de bien común en el ordenamiento jurídico europeo, diferencias y evolución en las últimas décadas. Las diferentes estatutos jurídicos que caracterizan el bien común.
e) El aire como un bien en proceso de degradación: indicadores y sistemas de alerta que ayuden a su preservación.
f) Producir un álbum de fotos que pueda ser utilizado para mostrar la naturaleza escurridiza del procomún urbano.
g) Construir un mosaico del procomún que, utilizando códigos de color y tamaño, de cuenta de su naturaleza fragmentaria, promisoria y proteica.
h) Hacer nubes de tags con determinadas leyes, directivas o convocatorias europeas que permitan visualizar el peso de los distintos conceptos en la mentalidad del legislador.
i) Crear un repositorio de textos, fotografías y vídeos, así como de links, relativos al procomún.
j) Crear un planeta de blogs relativos al procomún o identificar y mejorar algunas entradas en Wikipedia con escasa sensibilidad hacia las problemáticas características del procomún.


Procedimiento

Dada la naturaleza abierta de esta convocatoria no queremos precondicionar los procedimientos y formas de hacer que acordemos todos los involucrados en el proyecto. Esto significa que puede participar quienquiera que tenga una idea que quiere desarrollar y para la que necesite algún apoyo, ya sea económico, ya sea institucional. En principio no tenemos ninguna traba y todas las son bienvenidas. Una declaración que, bien lo sabemos, es una invitación dirigida a todo el mundo, sin restricciones.

Necesitamos, sin embargo, algunas pautas que sean compartidas por el resto de los proyectos que nazcan del Laboratorio del Procomún. Las pautas a las que nos referimos se establecen para asegurar la existencia de sinergias entre los co-laborantes y garantizar la naturaleza colectiva y colaborativa del trabajo que impulsamos.

Así, por ejemplo, quienes se adscriban a este proyecto pueden desarrollar sus propias ideas siempre que estén dispuestos a compartirlas en las sesiones presenciales que tengamos y a través de WIKomun, la wiki del Laboratorio. Los participantes pueden optar a título individual o en pequeños grupos, basta con que la idea que traigan sea consistente con los objetivos generales y financiable con los recursos de los que disponemos.

También buscamos un compromiso con la cultura de la producción, lo que equivale a decir que el proyecto debe ser finito y terminar con algún resultado que sea consensuado y que pueda ser presentado públicamente. El Laboratorio amparará tantas reuniones de discusión e investigación como se estime oportunas, pero queremos huir del diletantismo y por eso apostamos por la consecución de objetos concretos, aún cuando sólo se encuentren en la fase beta o sean un prototipo.

Si no te acaba de convencer este proyecto, no te preocupes pues también han anunciado que se presentarán a la misma convocatoria Javier de la Cueva, Jordi Claramonte, Tiscar Lara, Nuria Valverde, Jaime del Val y quizás alguien más.  Para identificar la propuesta que mejor se adapta a tus intereses hay que estar atentos a la web del MediaLab-Prado.

8:43 | gestionado por Antonio Lafuente | Enviar comentario (0)

lunes, 05 de mayo de 2008

Unos amigos me pidieron algunas ideas para el proyecto en formación de un Museo Nacional de la Energía que se quiere montar en Ponferrada. Aquí publicito el documento que presenté y que, tras discutirlo con algunos colegas, me decido a difundirlo por si alguien quiere emplearlo para algo o dejar sus comentarios y ayudarme a completarlo y comprenderlo. Quienes se decidan a leerlo, comprobarán que no se trata de un proyecto convencional. ¡Ojalá les parezca estimulante!

La energía es un concepto expansivo. Estando siempre en el campo semántico de las nociones de fuerza, potencia o poder y en estrecha connivencia con las máquinas, los ingenieros y el dinero, asistimos a su ensanchamiento por los ámbitos de la eficiencia, la diversidad y los desechos.  La energía entonces es uno de los mejores argumentos para pensar el mundo. Podemos, como ya se hizo desde mediados del siglo XIX y de la mano de las Exposiciones Universales, homenajear a las máquinas devoradoras de energía y creadoras de potencia, como si quisiéramos fundar un espacio de tributo a las burguesías emprendedoras schumpeterianas, un sitio de culto al progreso, una catedral laica donde impostar nuestras muchas inconsistencias civilizatorias y sociales.


Ni siquiera nos gusta la palabra Museo para describir nuestro proyecto.  Preferimos el término Centro o Foro y si no los abrazamos en esta primera aproximación es porque queremos huir de la moda que ve en todos los ámbitos públicos dedicados a la cultura espacios para la participación ciudadana y la innovación social.  Sin duda, queremos fundar una organización que aproveche lo mejor de estas iniciativas, pero huir también de la nota consumista, banal e fetichizante que prodigan tales instituciones. Nos quedamos con el término genérico espacio para resaltar su carácter abierto, cambiante, público, popular y cívico. No es una apuesta definitiva, pues por ahora sólo queremos resaltar alguna de las cualidades sobre las que nos gustaría ser enfáticos y más tarde ir consolidando conforme nos acerquemos a la fecha de apertura del nuevo organismo.


Al avanzar por el contenido del paisaje de ideas aquí descrito pronto veremos que no se trata de un proyecto sobre las máquinas sino sobre lo maquínico. En principio, no se excluye nada de lo que un proyecto más convencional incluiría, pero ciertamente dirige la atención hacia objetos que nunca encontraríamos en un diseño estándar, o sea en cualquiera de los ya instituidos en muchos lugares del mundo, bajo envoltorios del tipo  museo del ferrocarril, museo del agua, museo de obras públicas o museo textil y, por acumulación o federación, museo nacional de ciencia y tecnología.

 
Nuestra propuesta de museo es triplemente innovadora: de un lado, no está concebido como un proyecto memorialista, consagrado a mostrar la marcha histórica y triunfal de las máquinas.  No es otra regurgitación posible del viejo sueño renacentista del gabinete de las maravillas. Nuestra oferta no invitará a los visitantes a sorprenderse ante el espectáculo del ingenio pasado, sino que los animará a intervenir sobre el presente. Por otra parte, no queremos separar la energía que mueve las máquinas de los residuos que producen. Y esta apuesta describe un futuro asociado a nuestra capacidad para resolver los muchos y variados enigmas que plantean los residuos. Y, ya en tercer término, queremos ampliar la noción de máquina de su imagen entronizada en la sociedad industrial que la asocia a los humos y los engranajes. En la sociedad del conocimiento, las máquinas virtuales son las que mueven el mundo y, como vamos a mostrar, nos referimos a los muchos dispositivos inventados por el genio humano que sirven para automatizar funciones, cosa que siempre hubo, como prueba la existencia ancestral de vademecum, protocolos iniciáticos, bancos de semillas, mapas de límites, cuadros genealógicos o tablas de penas y castigos.

  
 
Digestión de las máquinas

La energía nace de una diferencia.  Siempre que hay un gradiente es posible convertirlo en un recurso y diseñar una máquina capaz de aprovecharlo y hacerlo una fuente de poder. Pensemos en una ley física y en la fórmula que la expresa estableciendo vínculos estrictos entre algunas de las variables presentes en un fenómeno natural como, por ejemplo, la ley de la gravitación universal de Newton que proclama la aparición de una fuerza siempre que existan dos masas distintas separadas.  Cuando tenemos agua elevada una altura y somos capaces de idear algún dispositivo que nos permita aprovechar dicho diferencial de altura hemos creado un mecanismo capaz de producir energía.


La fórmula que nos permite calcularla funciona como un dispositivo de transducción (es decir que transforma algo en otra cosa heterogénea, tal como hace el pick-up que convierte la diferencia de alturas en el surco de un disco en una onda electromagnética que se puede ampliar para que haga vibrar -transduce un diferencial electromagnético en otro mecánico- las membranas de un altavoz). No siempre disponemos de la mencionada fórmula (una ley que establece la relación entre los distintos flujos de datos que, en realidad, no son más que representaciones algebraicas de magnitudes físicas, químicas o biológicas), porque no todas diferencias han sido algebraizadas.

 
Dediquemos unos minutos a pensar algunos ejemplos que nos permitan avanzar el argumento. El dispositivo que garantiza la capitalización de la diferencia no siempre es una maquinaria hecha de tornillos, engranajes y tracciones. Además de las campanas, los molinos, los hornos de fundición y los alternadores también contamos con un sinfín de máquinas de muy diferente naturaleza. No todo son pianos, barcos, cámaras o radares, artefactos capaces de aprovechar la distinta naturaleza de las cuerdas, de los vientos, de las luces o de las ondas para convertir la variación de alguna magnitud detectable en una utilidad para producir discos, salazones, modas y mapas. Hay también muchos dispositivos virtuales, hoy obvios por la amplitud y ubicuidad de la cultura digital, capaces también de automatizar funciones como, por ejemplo, chatear en la red o vigilar el funcionamiento de una central nuclear.  Los algoritmos entonces funcionan como verdaderas máquinas que se alimentan con datos y automatizan funciones.


Son muchos los interrogantes a los que nos conduce este razonamiento. Usemos un ejemplo escandaloso para retar al sentido común: ¿quién produce los pobres, la falta de recursos o las estadísticas?  La pregunta sólo quiere desestabilizar lo que damos por (demasiado) obvio, pues sin una herramienta que los haga visibles (ya sea la cámara de fotos, la prensa periódica o la tabla que conecta la renta per capita con la calidad de vida) nuestra sociedad no podría situarlos en la categoría de entes públicos y, en consecuencia, políticos. Lo sabemos, la única relación posible entre una cámara, la retórica y una tabla estadística es su naturaleza maquínica, su capacidad para automatizar registros o funciones y, en definitiva, para hacer patente una determinada manera de ver y, desde luego, transformar el mundo.


Gramática de las diferencias

No es tan fácil inventar diferencias. Las que nos interesan, al menos, deben cumplir varias condiciones.  Entre ellas, la más importante es que sean objetivas o, en otros términos, que puedan ser descritas con palabras sostenidas por muy amplios consensos, tan grandes que hay mucha gente que prefiere hablar de universalismo del lenguaje, de los problemas y hasta de las soluciones.  Nuestro argumento, sin embargo, no exige tanto. Nos basta con referirnos a términos ampliamente testeados o contrastados, lo que significa que construimos relaciones tan provisionales como experimentales. Y sí, la ciencia es un gigantesco mecanismo capaz de establecer orden en la diferencia o, dicho en otros términos, de hacer que las singularidades deriven de esquemas conceptuales más generales, logrando convertir cualquier contingencia en algo predictible o, en otros términos, en un ejemplo de la aplicación de alguna ley, protocolo, algoritmo o principio.  Tener una fórmula equivale a producir una frase que crea una relación objetiva entre (un  número simplificado de) variables contrastadas de un fenómeno.


Una fórmula, lo dijimos, es un dispositivo que automatiza funciones, pero que también inventa diferencias medibles y pesables, pues no hay que olvidar que las leyes comen datos.  Hablar estos alfabetos de la ciencia implica entonces ser capaz de habitar entre diferencias normalizadas y potencialmente convertibles en recursos.  Nos basta con dos ejemplos para aclarar hacia dónde nos dirigimos.  Si algún biólogo, antropólogo o psicólogo experimental o, mejor aún, los tres expertos juntos, cada uno desde su especialidad, llegara a la conclusión probada (es decir, consensuada en los medios profesionales en los que se mueven) de que las mujeres son genética, cultural o mentalmente inferiores, entonces la ciencia estaría autorizando una especie de tutelaje  hacia ellas que rápidamente se podría aprovechar para pagarles menos o digamos limitarlas al servicio doméstico u otras servidumbres, lo que es tanto como convertir la diferencia en un recurso del que sacar energía más barata.  Otro tanto puede decirse de numerosos casos que tiene que ver con distintas formas de dominio respecto a las colonias, la naturaleza, los animales, los débiles o los bárbaros. Las exclusiones se construyen sobre diferencias autorizadas por algún principio moral o natural y, más frecuentemente, por una mezcla de ambos.

A estas alturas, el segundo caso que prometíamos necesita menos palabras. ¿Acaso no podemos convertir la diferencia de color de piel en un recurso? ¿No es cualquier clasificación un ensayo de distinguir entre plantas, sistemas políticos o coeficientes de inteligencia de forma que mientras separamos unas especies de otras, podamos reconocer sus propiedades y luego usarlas de las forma más conveniente?   Lo mismo sucede de los mil y un intentos de clasificar la materia según su densidad, calor específico, potencial de carga, constituyentes atómicos o composición química. Hay muchas maneras de crear diferencias.  Y, al igual que contamos con un alfabeto que sirve para comunicarnos transformando el caos que nos circunda en un entorno socializable, contamos con otros lenguajes especializados en la tarea de hacer visibles y consensuados el sin fin de relaciones entre las cosas que no por ocultas dejan de ser objetivas.

 
El ánimo de simplificar y nuestra experiencia nos dice que podemos reconstruir todas las frases posibles a partir unos cuantos alfabetos especializados: el alfabeto de la materia, el alfabeto de la vida, el alfabeto de las poblaciones, el alfabeto de los deseos, el alfabeto de la naturaleza y de alfabeto de los bits.  Habrá lectores más visionarios, como algunos gurú de las actuales ciencias cognitivas tipo O. Wilson, D. Dennet o R. Dawkin,  que nos dirán que no hay diferencia entre los lenguajes que describen los deseos y la vida. También sabemos de los muchos esfuerzos, iniciados por Schroedinger y cuyo rastro nos lleva hasta Leibniz de fundir en un sólo alfabeto vida y materia. Igualmente hay que hablar de la frustrada voluntad de derivar lo social de lo natural y nadie lo estudió mejor que Foucault ni lo deseó tanto como Comte y Althuser.


Vida, materia y bits no necesitan por el momento mayor comentario. Al hablar de poblaciones nos referimos a los lenguajes que saben de razas, naciones, asalariados, bolsas, tratados y guerras. Si hablamos de los deseos es para darle toda la importancia que merecen las estrategias que quieren domesticar la melancolía, el miedo, las pasiones, el consumo, el espectáculo y la publicidad, todas ellas, sin duda, objetos de inmensos negocios e interminables batallas. Y, para no ser demasiado presentistas y así dedicar nuestro tiempo a pensar también el mundo antiguo o primitivo hemos dado carta de naturaleza al lenguaje de los hechiceros, los chamanes, los yerberos, las matronas y los artesanos, todos ellos inventores de diferencias no algebraizables pero transformables en energía.


Nuestra roseta de alfabetos entonces es un círculo de seis colores que son seis sensibilidades, seis formas de conocer, seis maneras de mirar el mundo, seis gramáticas para crear sentido y seis artefactos para producir diferencias. Cierto, la describimos como estática, pero hace bien quien quiera aventurar hipótesis sobre su naturaleza caleidoscópica.  Por el momento, sin embargo, no queremos complicar más las cosas.


Política de los enigmas

Sin residuos no hay máquinas. Todas las gramáticas tienen que asomarse a la doble frontera de lo que no puede decirse y de lo que no saben cómo decirlo: son las basuras y los enigmas. Cada producción deja su rastro de riesgo, incertidumbre o incomprensión. Lo que sobra y también lo que no alcanza son el claroscuro de contraste que realza lo que hay.  No hay tecnología sin residuos y, lo sabemos ahora mejor que nunca, no hay futuro sin respuestas para todas las amenazas que representan tanto resto contaminante, tanto despilfarro insostenible, tanta desigualdad sangrante, tanto deseo insatisfecho, tanto conocimiento desperdiciado. Cierto, nuestro futuro está en los residuos.

 
Pero antes de concluir necesitamos introducir un nuevo elemento de reflexión, pues lo humano sólo se ha podido realizar por adaptación a los cuatro entornos que han hecho posible el mundo que habitamos: el cuerpo, la naturaleza, la urbe y el ámbito de lo digital, cuatro entornos que, además de relativamente autónomos entre sí, también son gigantescos (por su complejidad) sistemas productores/consumidores de energía, así como devoradores de recursos y generadores de residuos. Hablar de ellos como sistemas técnicos o maquínicos implica dar la importancia que merece al hecho de que históricamente siempre anduvimos inventando modelos que explicaran su funcionamiento mediante construcciones sagradas, animistas, mágicas o científicas, lo que es tanto como afirmar que los entornos podían movilizarse con palabras (de algún dios), fuerzas (de algún espíritu), artimañas (de algún genio) o leyes (de algún legislador). En todos los casos, bastaba algún principio (y sus correspondientes ritos y/o protocolos) para explicarlo y/o instrumentalizarlo todo.

 
Un párrafo más para explicar el gráfico.  Hemos dibujado cinco sistemas para luego hablar de sólo cuatro entornos, una confusión que deja abierta la decisión de si fundir o no universo con naturaleza.  Las referencias a la ciudad y lo urbano, abarcan todas las creaciones que han hecho posibles las megalópolis, desde los aeropuertos y la ciencia a los jardines y el derecho.  Nos damos cuenta de la desproporción que se crea entre el entorno gigantesco de la naturaleza o la urbe y los aquí nombrados como cuerpo y  digital.  Se trata de una de las decisiones más comprometidas y, a nuestro juicio, más necesarias de este proyecto. La aceleración de la capacidad de las nuevas tecnologías para penetrar, modificar e instrumentalizar la sustancia vital de la que estamos hechos, así como la consideración de sus órganos y tejidos como el espacio radical de la singularidad, convierten el cuerpo en ámbito indiscutible y decisivo de intensas batallas económicas, políticas y tecnológicas. 

En los albores de la red de redes, antes de que se generalice la web 2.0, la web semántica y la web de las cosas, no faltan analistas que afirmen que estamos frente a un mundo nuevo que no puede ser considerado como una mera extensión del mundo de las comunicaciones, los media o las finanzas. Participa de muchas de sus características, pero ninguna queda sin ser prácticamente irreconocible por el embate de lo global, lo participativo, lo distribuido, lo digital y lo modular. Al describir  los cuatro sistemas en los que se ha desplegado lo humano, hemos construido un mundo  basado en la noción de diferencia, máquina y sistema, y al contrario de lo que es habitual no queremos poner el énfasis en la producción de bienes, sino también en la de los males, pues unos y otros deben ser redistribuidos con equidad. Cualquier evocación al problema del cambio climático o referencia a la sucesión de crisis alimentarias o medioambientales, por sólo citar algunos casos muy mediáticos, hace innecesario prolongar esta parte del proyecto.

 
  No hay futuro fuera de los residuos.  Una frase simple y llena de connotaciones inesperadas. La primera, contra los beatos del progreso, del tiempo no vivido y del porvenir,  es que nuestro futuro está dentro de nuestro mundo, es ya un inquieto pasajero en el mismo buque y con idéntico destino.  No hay entonces historia lineal, ni tampoco es particularmente adicta al antropocentrismo occidental en el que que nos vamos a asfixiar.  Hay otra consecuencia sobre la que vale la pena detenerse un suspiro. Si los pobres, los excluidos, los inmigrantes o los deprimidos pueden ser explicados, lo que es tanto como construidos, en términos discursivos mediante disciplinas  bienintencionadas, racionales y cosmopolitas -esfuerzos encomiables que tratan de producir un porvenir humanizado-, entonces no hay más remedio que considerar a todos los desheredados como desechos reciclables. Lo sabemos, nadie está pidiendo su exterminio, como sí se hizo en otras épocas con los bárbaros, los ateos, los incrédulos, los agnósticos, los indígenas, los gitanos, los negros, los rojos o los judíos.


Igual que ampliamos la noción de máquinas para que cupieran los algoritmos, los códigos, los protocolos, las tablas, los gráficos, los cuadros y los sistemas clasificatorios, ahora también necesitamos ensanchar el concepto de lo que sobra o, mejor aún, de lo que queda como residuo sin que sepamos bien qué hacer, ni donde esconderlo para que no perturbe el bienestar del resto. Un bienestar que es político y que también es ontológico, porque no sólo hablamos de nivel de vida o de consumo, moda, salud y educación, sino que también nos referimos a la incapacidad para separarnos de las máquinas. La energía y toda su parafernalia maquínica quiere aliarse con las estrategias que buscan ensanchar el horizonte, pero no es menos cierto que ya les resulta imposible  evitar su inquietante opacidad. La respuesta no está en la innovación tecnológica, sino en la innovación social. La política de la luz, como querían los ilustrados del Siécle des Lumières, ha de ser sustituida por una antropología de las anomalías, los residuos y los enigmas.

Si quieres, puedes disponer en DIGITAL.CSIC de una versión de este documento en pdf.

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lunes, 28 de abril de 2008

¿Son ya demasiado extrechas las relaciones entre Google y Wikipedia?

Hace unas semanas Wikipedia alcanzó los diez millones de artículos, un hito que apenas fue celebrado porque a nadie sorprenden ya las cifras que describen el desarrollo de Internet, ni siquiera cuando se refieren a esta prodigiosa enciclopedia familiar colaborativa. Los partidarios de la cultura hacker están de fiesta, pero no son pocos los que se preguntan de donde viene tan espectacular crecimiento, pues las datos indican que Wikipedia ya es el noveno lugar más visitado de la red. Los defensores del altruismo están de enhorabuena, pero como en la red sólo es visible lo que enseña Google, algunos se preguntan si es deseable esta apretado tango que se están echando la más frágil de las iniciativas con el más musculoso de de los negocios.


Los datos son contundentes. Si escribimos en Google las palabras España, Juan Carlos I, Santiago Ramón y Cajal, energía nuclear, organismo genéticamente modificado, carnaval, cambio climático, democracia, cáncer o felicidad, por sólo citar algunos ejemplos elegidos al azar, encontraremos que la primera respuesta nos remite a Wikipedia. Un hecho que también se está reproduciendo en todas las lenguas. Nadie discutirá que se trata de términos profundamente asociados a la construcción de un imaginario público. Parece pues urgente tomarse muy en serio sus contenidos. De ahí, la importancia de revisar el persistente desprecio que la mayoría de los académicos y editores siguen manifestando sobre un recurso cognitivo que los ciudadanos han abrazado con entusiasmo y que todo el mundo tiene ya como primera (y ojalá no última) fuente de información.



Sigamos con algunos datos que nos ayuden a situar los términos del argumento que queremos movilizar. Empecemos por la versión inglesa que con más de 2,3 millones de artículos, 215 millones de ediciones y 6,9 millones de usuarios registrados lidera el crecimiento de este proyecto de reorganización del conocimiento a escala global que, si se difundiera en papel alcanzaría los 1250 volúmenes de 400 páginas a doble columna de 4000 matrices cada una. Le sigue en extensión la alemana (734 mil artículos, 46 millones de ediciones y 543 mil usuarios) y, en noveno lugar, la española (350 mil artículos, 17 millones de ediciones y 677 mil usuarios) por delante de la rusa y china y detrás de la francesa, polaca, japonesa, italiana, sueca y portuguesa. En total, el proyecto wikipedia cuenta con 10.126.738 artículos, 474.785.198 ediciones y 11.578.926 usuarios/redactores.

Se mire como se mire estamos ante uno de los fenómenos más espectaculares de nuestro tiempo. No extraña entonces que las polémicas se sucedan, como también las dudas sobre su fiabilidad. Y aunque el vandalismo (por ejemplo, introducir contenidos sesgados o suprimir los que no comparto) sea un problema importante, lo cierto es que las ediciones corruptas sólo duran de media 5 minutos. También se hizo muy famosa la comparación realizada por Nature de los contenidos científicos publicados en Wikipedia y en la Britannica: el contraste probó que la calidad de ambas, la hecha por expertos y de pago frente a la redactada por amateurs y gratuita, era equiparable. Menos conocido, aunque quizás más relevante, es que el análisis que se hizo de la calidad de los contenidos en humanidades y ciencias sociales también dejó en muy buena posición a los redactores que trabajan por filantropía.

A diferencia de las enciclopedias tradicionales (empaquetadas en papel) los contenidos se están redefiniendo en cada momento, como los prueban la existencia de cerca de 500 millones de ediciones que, según la parodia contenida en The Colbert Report, buscan la wikiality (la realidad por consenso). Así, la verdad está constantemente en construcción y se puede hablar de una verosimilitud analógica (por grados), frente a la dicotómica o binaria (dos opciones, si o no) que caracteriza a las afirmaciones en papel que sólo pueden renovarse cuando, en el supuesto de reedición, el autor modifica los contenidos por anticuados, imprecisos o incorrectos. Las enciclopedias de papel no pueden, a diferencia de las elaboradas on-line, aspirar a niveles crecientes de certeza o, en otros términos, a considerar la veracidad como una variable intensiva que, como la temperatura o la velocidad pueden recorrer todo el espectro de valores desde la mínima (el 0 en la escala) hasta la máxima (el 1). No deja de ser paradójico, como explica Didier Durand en media & tech, que la verdad analógica sólo pueda alcanzarse en un media digital y que cada día sea más un logro de Wikipedia que impulsa Google.

Y es que, en efecto, la inmensa mayoría de los navegantes que llegan a la enciclopedia lo hacen enviados por Google, una empresa que a estas alturas ya no puede ser vista como un buscador solamente, sino que necesitamos entenderla como un nuevo y dominante media, pues es obvio su papel en la reordenación y resignificación (hibridación, jerarquización, visualización) del conocimiento en su totalidad. Quienes presumen de conocer el algoritmo empleado por Google para confeccionar las respuestas a una búsqueda, lo explican en términos de que Wikipedia está intensamente enlazada, no sólo internamente unos artículos con otros, sino también por millones de blogueros y otros actores característicos de la web 2.0, de forma que la base que sostiene la popularidad de la enciclopedia es muy sólida porque está muy extendida entre los pequeños usuarios y, en consecuencia, es poco dependiente de las grandes corporaciones de la comunicación.

Pero hay inquietud, porque el trafico en la red, controlado principalmente por Google, insiste en convertir esta creciente vecindad entre los dos colosos de Internet (el buscador que reinventó la economía de mercado y la enciclopedia que reactualizó la economía del don) en una relación de conveniencias que forzaría la deriva de Wikipedia, incapaz de controlar su éxito desbordante, hacia la aceptación de la publicidad, vía AdSense de Google. El tango no conduciría al amor, sino a la melancolía.

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martes, 22 de abril de 2008

¿Por qué hay que hacer una feria para la ciencia? Y dando por bueno que deba realizarse, ¿debe parecerse a una fiesta o más bien a un mercado?

Esta semana se inaugura la IX Feria de la Ciencia de Madrid, un evento que ya cuenta con una notable presencia en la vida de colegios e institutos y que arrastra durante tres días a más de cien mil visitantes. El ambiente es extraordinario y está dominado por gente joven, pues desde el principio se optó por un modelo de Feria pensado para bachilleres y por profesores de enseñanza media. Se trataba de movilizar la cantera y de insertar la ciencia entre las prácticas culturales ordinarias. Una operación ligada a la modernización del país y destinada a mejorar la imagen social de la ciencia y de los científicos.


El reto no era fácil, aunque su diseño se hizo con acierto, porque los hechos demuestran que los colegios son un público cautivo que garantiza el éxito si se mide en términos de audiencia. Había además muchas, variadas y convincentes declaraciones que demandaban a los científicos y a sus organizaciones salir de la torre de marfil y acercarse a las preocupaciones comunes. Ahora se les pide que sean eficientes o, en otros términos, que logren patentes y se inserten en el sistema productivo. Entonces, hace una década, se les reclamaba visibilidad, tanto para mejorar su impacto y reconocimiento en la comunidad científica internacional, como para desmontar los baluartes que les aislaban de la sociedad en su conjunto. La administración, la prensa y los mismos organismos públicos de investigación se pusieron a la tarea. Y hoy, con el esfuerzo de muchos, tenemos un reguero de eventos por todo el territorio nacional que celebran la ciencia. ¿Feria? ¿En qué sentido feria? ¿Es un mercado o es una fiesta? Creo que la IX Feria de la Ciencia de Madrid nos está convocando a una fiesta. ¿Fiesta? ¿Necesita la ciencia fiestas? ¿Qué se está festejando?

La inspiración para este artículo me llegó con la lectura de un conocido texto de Lévy-Leblond publicado el año pasado en Alliage. El argumento es fácil de recrear. La imagen de la ciencia es ambigua, pues siendo indudable su contribución al desarrollo económico y al bienestar social, no es menos cierta su implicación en procesos tan poco píos como los de colonización, militarización, racialización o vivisección. Hiroshima, Chernobil o Bhopal son hitos inolvidables, como también serán duradera en el imaginario colectivo la memoria de las vacas locas, las dioxinas, el amianto o el DDT. Durante mucho tiempo las instituciones científicas han hecho todo tipo de piruetas dialécticas para minimizar el deterioro de su imagen pública. Desde afirmar que las conductas fraudulentas o perversas son excepcionales, hasta recurrir al viejo recurso de decir (disimular) que una cosa es la ciencia y otra sus aplicaciones.

Ambas estrategias pierden crédito, especialmente cuando se conoce que la ciencia ya es una empresa de unas dimensiones descomunales en donde, además de científicos, cada día son más influyentes los gestores de recursos financieros, de patentes o derechos de propiedad intelectual, de imagen corporativa y de personal. La consecuencia es que, en efecto, las instituciones científicas cada vez están más penetradas por el capital privado y, en consecuencia, por su modos de funcionamiento y, entre ellos, es inevitable hablar de la práctica del secreto, la mercantilización del saber (también el conectado a la salud y el medio ambiente) o la valoración de los descubrimientos según su cotización en bolsa.

Hay empresas que invierten más en i+d que muchos estados. A su servicio, hay una constelación de oficinas de prensa, gabinetes jurídicos o think tanks que intentan influir en las políticas energéticas, alimentarias, sanitarias, de comunicación o seguridad y no siempre los ciudadanos saben a qué carta quedarse. Los gobiernos tampoco parecen muy ágiles en esta batalla por controlar la opinión pública. Hay mucha confusión y cada vez será más difícil separar la información de la opinión, el interés público del privado, la excelencia de la popularidad y los accidentes de los atentados.

Feria_de_la_ciencia_de_Madrid_2007Así las cosas, entre tanto problema por delimitar cada año nos llega la Feria de la Ciencia. Está muy bien que sepamos encontrar en el conocimiento el espectáculo de las maravillas y gozar con lo que de aventura hay en la exploración de lo nuevo, de lo distinto o de lo genuino. Sin duda, la pasión del saber merece una fiesta. Tampoco es un argumento menor el de quienes defienden la necesidad de buscar asuntos de mucho consenso, como la ciencia, para paliar de alguna manera la crisis de representación que padecen nuestras sociedades. Este razonamiento vale también para la oleada de ferias, fiestas o festivales de la música, el arte o el patrimonio. Nuestras ciudades no saben ya qué inventar. Y, desde luego, hay mucho negocio turístico alrededor de estas exultantes industrias culturales.

No es menos cierto, sin embargo, que pese a las muchas sospechas de mercantilización que merecen semejantes eventos, sigue habiendo en la música valores que favorecen la cohesión social. La música es un ejemplo que nos ayuda a entender lo mucho que le queda a la ciencia por recorrer para que las ferias se conviertan en fiestas. Todo el mundo sabe cantar, y nadie puede decir que no se ha involucrado en algún “Cumpleaños feliz” o en un “Asturias patria querida”. La música recorre todo el espectro social, desde el virtuoso anónimo al gran tenor, pasando por un baile de pueblo y la orquesta de chin-chin-pun, las nanas y el “We are de Champions”. La música es un asunto popular y plural, divertido y comercial. Todos los mundos caben en la música y, seguramente, en la literatura y en la pintura, pues nadie se escapará sin escribir o garabatear un papel.

La ciencia está lejos todavía de la gente. Los científicos se comportan como posesos, siempre celosos y vigilantes de quién usa y para qué su jerga. Si alguien “canta” mal es inmediatamente arrojado al pozo de los ignorantes, un pozo que nada tiene que ver con el pozo de Tales. Una conducta que tiene poco de divertida, y que más bien adopta los perfiles de lo profesoral, lo peripatético o lo fúnebre. Mientras la música es global y local, la ciencia sólo parece hablar lo universal y lo distante. ¿Saben hablar los científicos? ¿Podrían soportar una conversación sobre lo que (nos) pasa sin perder los nervios y quitarnos la palabra o, peor aún, todas las palabras? ¿Les somos necesarios o, simplemente, sólo funcionamos como gente a quien adoctrinar?

Lo peor de las Ferias de la ciencia no es que las instituciones las utilicen para hacer propaganda de sus actividades, tratando de evitar la pérdida de imagen que paulatinamente se va apoderando de los científicos. Lo peor no es que nos traten de analfabetos, como si fuéramos un terreno baldío que hay que arar y luego cultivar. Tampoco sabemos solfeo y, sin embargo, viene una soprano e interpreta su lieder sin quejarse de tener un público ignorante. Y es que la música, al fin y al cabo, habla de lo que nos pasa. Una interpretación no es sólo un acto de comunicación y de creación, sino también una negociación que involucra a todos los presentes, salvo quizás en los santuarios del virtuosismo.

Lo peor de la ferias es que confunden ciencia con descubrimientos. Sólo interesa lo último, lo más sexy y, a veces, hasta lo más raro. Las ferias de la ciencia son de triunfadores. Las grandes ideas, y los descubridores brillantes, las organizaciones ricas y los problemas mediáticos. ¿Dónde están lo amateurs y los activistas? ¿Qué se ofrece a las marujas, los rockeros y los alérgicos? ¿Cuál es la fiesta que se ha preparado para los que sufren de ansiedad, los que saben de pájaros o quienes se trabajan el software libre? Hay muchos profesores, pero se ve poca presencia de los colectivos que, desde la ciencia y la experiencia, nos protegen de los abusos contra el medio ambiente, la salud, la privacidad o la privatización alarmante de nuestras aguas, costas, calles o cultura.

No voy a decir que la Feria ha caído en manos de mercaderes: los expertos en marketing corporativo. He visto a muchos niños y muchachos con el brillo en los ojos de quienes saben gozar sabiendo. Pero como hay tanto listillo que sabe sacar partido de todo, nadie lamentaría que cada Feria tuviera un defensor de esa candidez amenazada -defensor de la nostalgia de (otra) ciencia-. Se puede decir que la feria no rompe del todo la condición de compartimento estanco reservado para los científicos. Los niños se disfrazan de científicos, pero no vemos a científicos disfrazados de legos, aún cuando con lo que saben se escriben unos cuantos papers y con lo que ignoran se hacen bibliotecas nacionales.

Ya voy a terminar. A las ferias de la ciencia les falta espesor cultural, histórico y cívico. Nadie se esfuerza en contar lo difícil que fue montar leyes estables, las polémicas que necesitó identificar las variables con las que encajar la realidad en un modelo. Parece que el medio ambiente siempre estuvo ahí, cuando el concepto mismo es un alarde de creación colectiva, distribuida e intergeneracional. Hay que ser más valiente en el tratamiento de los problemas que hay en la calle y mostrar que no son el capricho de unos arrebatados, sino una construcción social de la que es imposible separar las dimensiones políticas e ideológicas de las tecnológicas y comerciales. La ciencia no es una cosa de genios: es una empresa colectiva e histórica, de máquinas e inversiones. Hay que hacer un gran esfuerzo para que el protagonismo excesivo que se concede a lo fácil (lo abstracto y lo brillante) se compense con lo complejo (lo local y lo incierto).

Seguramente pasarán años antes de que las ferias logren arraigarse en la urbe. Levy-Leblond habla de estos eventos como síntoma de un mal de culture, concepto que ayudó a popularizar un texto de Castoriadis, En mal de culture (Esprit, octubre de 1994), también publicado bajo el título La culture dans une societé démocratique. La ciencia que estaría frente al vértigo de ser otro recurso más con el que hacer negocios (como le pasa al arte o al deporte) puede estar despidiéndose de su origen ilustrado al servicio de lo público y en lucha contra la superstición. Nuestra sociedad entonces mira a la ciencia como si todavía quisiera ser símbolo de emancipación, autonomía, libertad y progreso. Cuando la ciencia sólo sea una forma más de institucionalizar los discursos dominantes (los que abanderan las corporaciones multinacionales), nuestra sociedad padecerá un agudo mal de culture del que deberíamos protegernos.

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viernes, 18 de abril de 2008

La economía del fair use se basa en la suspensión excepcional o regular de las layes de la propiedad intelectual y, aunque no sea equiparable a la cultura libre, tampoco se regula por las leyes estrictas de economía (clásica) de mercado.

El negocio y la cultura del copyright cuentan con enemigos poderosos y no todos están a favor del copyleft o cultura libre. De eso hablamos ayer en el Laboratorio del procomún, sin que pudiéramos aportar datos contundentes sobre las dimensiones que tiene la economía basada en las excepciones a las leyes de la propiedad intelectual que, en términos generales, se conocen como piratería (apropiación gratuita ilegal) y fair use (apropiación gratuita legítima). La carencia de datos fiables me parece todo un reto para quienes intentamos visualizar el procomún, lo que seguramente, entre otras cosas, implica mostrar su importancia en el mundo que vivimos. Los datos ayudan a la formación de consensos y, criticables o no, siempre crean la ilusión de verdad, o cuanto menos de rigor. Así que me he puesto manos a la obra y buscado estudios que cuantifiquen la importancia económica del fair use.


Y, claro está, los encontré. Hay un informe de la Computer and Communications Industry Association (CCIA), una organización integrada por Google, Yahoo, Sun y Microsoft, entre otras empresas, con el fin de “promover los mercados, los sistemas y las redes abiertas”. Se trata entonces de una asociación muy capaz de obtener beneficios de la libre circulación de software y contenidos por la red. El informe Fair Use in the US Economy: Economic Contribution of Industries Relying on Fair Use está realizado para contrarrestar los muchos intentos de la industrias culturales (como, por ejemplo, libros, prensa, música, deportes y cine) de rentabilizar el uso que los buscadores hacen de la información que encuentran en la red. Y las conclusiones no dejan lugar a dudas. Las empresas que viven del fair use aportan el 16,6% del PIB de Estados Unidos, generan 2,2 billones (españoles, 10 elevado a 12) de dólares y dan empleo a 17 millones de trabajadores. Hay más datos y todos son impactantes como, por ejemplo, que la industria del fair use genera más riqueza que la del copyright, cuyo valor se queda en los 1,3 billones (españoles) de dólares.

No nos hemos equivocado. Nuestra lectura del documento es correcta.  Si sacamos aquí esta noticia no es por su actualidad, el informe es del año pasado, sino por la mucha polémica que ha originado, pues cuando se pasa del resumen ejecutivo al estudio mismo, se comprueba que la identificación de las empresas que basan su negocio en el fair use se ha hecho con, digamoslo de la mano de Rouh Type, excesiva ligereza. Muchos lectores acreditados han denunciado la falta de rigor de la CCIA y su voluntad de defender sus propios intereses (es decir, intoxicar la opinión), confundiendo información con propaganda. Y, la verdad, semejantes críticas son razonables,, aún cuando el informe constituya el primer intento "serio" de cuantificar la importancia del fair use en nuestro mundo.  No es menos cierto, si embargo que, como se explica en techdirt, las cifras que manejan los cruzados contra la piratería están igualmente manipuladas. Y si nuestros legisladores se dejan convencer por tan groseras estadísticas, ¿por qué no habrían de ser también vulnerables al sesgo favorable al fair use?

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miércoles, 16 de abril de 2008

El cerco sobre el agua aumenta. Ahora sabemos que está contaminada con sustancias farmacéuticas.

Hace unas semanas, gracias Democracy Now!, Associated Press hizo público un informe sobre la contaminación del agua potable con sustancias farmacéuticas. Las conclusiones han sido demoledoras. La investigación es rigurosa se ha organizado alrededor de dos estrategias principales y extendido a 62 grandes áreas metropolitanas y a otras 51 pequeñas ciudades de estados Unidos (ver mapa). La primera ha consistido en consultar lo publicados en las principales revistas científicas y, con la segunda, se preguntó a los responsables locales sobre lo que ya sabían sobre asunto, así como por los protocolos empleados para garantizar la potabilidad. Sólo la mitad de las ciudades contaban con test verdaderamente efectivos y la práctica totalidad no disponía de medios para limpiar el agua. Puede entonces hablarse de un problema general, que afecta también al agua embotellada. Nadie quiere ser alarmista, pero tampoco dejar pasar el asunto (ver Washignton Post, USA Today o ABC).


El catálogo de sustancias del que se han encontrado pequeñas trazas es impresionante (ver listado en USA Today). Desde ansiolíticos a estrógenos, pasando por antibióticos y esteroides y otras moléculas químicas diseñadas para tratar animales de granja. La mayor sorpresa es que los niveles de contaminación son muy parecidos y está muy extendidos y, no lo olvidemos, se trata de sustancias que han sido especialmente diseñadas para interactuar con el cuerpo.

Poco sabemos del impacto sobre la salud de las minúsculas cantidades detectadas, pero nadie quiere ocultad la preocupación por una exposición crónica a largo plazo, como tampoco por los efectos combinados que resulten de la mezcla de varias sustancias. Y lo peor es que no hay estándares consensuados que protejan la creciente vulnerabilidad del agua del riesgo de convertirse, como ya le ocurre al aire que respiramos, en un nuevo estercolero.

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martes, 15 de abril de 2008

La nueva revista CIC Network dedica su último número (pdf) a la conmemoración de los 150 años de El origen de las especies de Darwin e incluye un dossier en el que he intervenido junto a Peter Bowler, Vladimir de Semir y Reyes Mate.

El altruismo ya es moneda de curso legal. Cotiza al alza. Todos los días la prensa nos muestra cierta perplejidad al informar de que las organizaciones que lo incorporan como elemento estructural de su diseño adquieren ventajas comparativas. Vender gratis, por ejemplo, ya no es una práctica absurda. Hay muchas firmas cuyo negocio es dar servicios gratuitos para atraer usuarios que dejen registro de su presencia y criterio, una información que las nuevas tecnologías pueden convertir en un recurso aprovechable para vender publicidad. En el extremo de esta estrategia, característica de empresas como Google, eBay o Amazon, se crea un nuevo tipo de clientes en la red y transforma a los tradicionales usuarios en los nuevos produsers (produsuarios), gentes cuya conducta virtual ayuda a identificar tendencias. Las empresas no son altruistas pero han adoptado algunos de los perfiles que definen la cultura del altruismo, como lo son el libre acceso o el trabajo voluntario, pues obviamente los produsuarios no obtienen nada a cambio por su deambular nómada, salvo satisfacer la curiosidad.


En efecto, la gratuidad es aparente, porque alguien paga los servicios que se regalan. El caso, sin embargo, está dando mucho que pensar sobre el futuro de la economía, el papel de la cooperación y las fronteras que separan a los que producen de los que consumen. De pronto, el mundo se ha hecho más complejo y ya no encaja plenamente en los discursos dominantes desde el siglo XIX y hasta el final de la guerra fría. Es verdad que siguen siendo mayoría los defensores del interés individual como motor que regula y racionaliza nuestras sociedades. La inercia que mantiene viva semejante creencia es imponente. Tanta que el altruismo vino a caer en un descrédito tan grande que Nietzsche lo calificó de moral de los esclavos, una retórica que exigía de los subalternos apoyarse entre sí para aminorar en lo posible la insostenibilidad de un mundo construido sobre los privilegios de los menos y la explotación de las masas. Altruismo, sumisión y caridad eran términos intercambiables y, en su conjunto, el alimento que se servía a los desheredados.

Pero las cosas están cambiando y el altruismo comienza a tener un prestigio social difícil de ignorar. Empecemos por lo obvio: el tercer sector, ese que conforman las ONG y otras formas de asociacionismo cívico, presupuestó en Francia por valor de 2,6 mil millones de euros durante 2006 y mantuvo el equivalente a 40.500 empleos de jornada completa. Hablamos de unas 40.800 organizaciones, cuya financiación procede en un 60% de donaciones privadas. En el Reino Unido se calcula que en 2004 había alrededor de 6 millones de militantes medioambientalistas y que los 23 millones de voluntarios que prestaron algún tipo de servicio social aportan 90 millones de horas de trabajo gratuito a la semana, cuyo coste a precios de mercado se eleva hasta los 45 mil millones de euros al año.

La historia misma de las ONG, como ha mostrado Philippe Ryfman (también aquí aquí) nos enseña que su recorrido ha sido tortuoso hasta lograr que, tras muchos conflictos con sus estados de origen, el sistema de Naciones Unidas comience a reconocerlas desde la década de 1990 como interlocutores de mérito. El altruismo entonces no está exclusivamente dirigido hacia los colegas, los compatriotas, los consanguíneos, los camaradas, los cofrades o los correligionarios, sino que por el contrario abre su ámbito de actuación hacia los humanos, en tanto que humanos.

Mucha gente sabe ya que Wikipedia es una enciclopedia hecha por millones de voluntarios, lo que hace inevitable la pregunta de cómo puede funcionar una empresa editorial en donde los roles de autor, editor y lector son tan difusos. Ninguna respuesta es mejor que los hechos crudos: Wikipedia existe desde 2001 y sólo la versión inglesa tiene ya más de 2,3 millones de entradas. No hace mucho supimos que hay una fuerte correlación entre la calidad de un artículo y el número de ediciones que recibe. Para comprobarlo se diseñó un algoritmo capaz de analizar automáticamente los 50 millones de ediciones realizadas por los 4,79 millones editores de los 1,48 millones de artículos que incluyó la versión inglesa hasta noviembre de 2006. El resultado obliga a reflexionar a quienes dudan si pueden producir verdadero conocimiento millones de gentes extrañas entre sí y de quienes ignoramos sus cualificaciones. El caso de Wikipedia, como el del software libre, prueban que la cooperación funciona para preservar bienes compartidos y también para crear otros que, a su vez, conforman nuevos ámbitos de sociabilidad. El pronetariado, como fue nombrado por Joël de Rosnay y Carlos Revelli, funciona.

Los neurofisiólogos además están comprobando que los pensamientos altruistas activan zonas primitivas del cerebro y cercanas a las relacionadas con el sexo y la comida. Lo que podría resumirse diciendo que hacer el bien da gustito. Por su parte, muchos etólogos coinciden en que todas las especies resuelven los conflictos de una manera muy parecida, lo que avala la hipótesis de que la capacidad moral es una cualidad intrínseca del cerebro.

Hace unas semanas E. O. Wilson (Harvard) se ha embarcado en una polémica con R. Dawkins (Cambridge), ambos reconocidos científicos y políticos defensores de la sociobiología, porque el norteamericano quiere desdecirse y admitir que la selección por grupos, y no de parentesco, es el motor de la evolución. El asunto es tan significativo que merece varios párrafos. Para entenderlo tendremos que acercarnos hasta Darwin y explicar cómo supo resolver el problema de que existiera lo social o lo común en un mundo dominado por el principio de supervivencia de los mejor adaptados. Para T. Huxley, nombrado perro guardián del evolucionismo decimonónico, nada había de escandaloso en que el mundo se construyera a dentelladas.

No importa cuan obscenas fueran sus ideas, porque la cuestión de fondo queda sin resolver, dado que la existencia de insectos sociales era inexplicable para las versiones más simplistas del cuadro darwiniano. Era imposible ignorar la existencia de unos 500 estudios sobre estas especies admirables, y no falta quien habla, como Dugatkin, de idilio entre los científicos y las abejas. Sea como fuere, lo cierto es que las colmenas cuestionaban el principio de selección, pues si contenían miembros cuya función como obreras les impedía reproducirse, era lícito preguntarse si la selección actuaba sobre los individuos o sobre las agrupaciones. Para resolverlo Darwin inventó el concepto de instinto social, una especie de fuerza innata que movía a los animales a vivir en comunidades, una práctica basada en la división fisiológica del trabajo que les permitía sacar ventaja en la lucha por los recursos. Y así lo mismo que los criadores logran perfeccionar las razas, también la naturaleza seleccionaba los grupos que cooperaban entre sí, en otros términos, que el egoísmo era una especie de patrimonio tribal y el garante de su continuidad histórica. Nadie, sin embargo, estaba demasiado satisfecho con esta solución de compromiso.

Algunos, como P. Kropotkin, no