Seguimos con el famoso "Panfleto antipedagógico" de Ricardo Moreno Castillo
(moreno.castillo@terra.es), en el que plantea que la motivación de los alumnos es una falacia. Aún estando de acuerdo en muchas de sus consideraciones, no acabo de entender por que considera nocivo motivar a los alumnos hacia el estudio si con ello se logra que logren el objetivo de una formación exigente y rigurosa. Creo que confunde la motivación con el circo, el juego o el bajo nivel. En cualquier caso, lean y opinen...
LA MENTIRA DE LA MOTIVACIÓN
El maestro que enseña jugando acaba jugando a enseñar. El alumno que aprende
jugando acaba jugando a aprender.
(UNAMUNO)
La de la motivación es una de las falacias que más daño ha hecho a la educación en nuestro país.
La tienen ya asumida los padres, que critican a veces a los profesores por no motivar a sus niños,
y también los alumnos, a quienes se les oye decir en ocasiones, con el mayor desparpajo, que no
se sienten motivados. Oye, le dije un día a una de estas lumbreras, cuando vuelves a casa del
instituto, siempre te encuentras la comida preparada. Y esto ¿sucede todos los días, o solo cuando...
tu madre se encuentra motivada para preparártela? Por supuesto me contestó que la situación no
era la misma. Lo más grave es que conozco a más de un profesor que daría la razón al estudiante.
Cuando oigo hablar de motivación me acuerdo del viejo chiste de aquél que llama a una puerta:
-¿Es el club de los vagos?
-Sí, señor
-Pues que me entren
Cuando un muchacho tiene demasiado creído lo de la motivación, llega al aula con una actitud
tan pasiva como la del vago del chiste: “A mí que me motiven”. Es difícil que este muchacho
llegue a ser un hombre con iniciativa y un ciudadano responsable. Pero los chicos no pueden ir
motivados al instituto, y la razón es muy sencilla: un centro de enseñanza no es un circo. Un
estudiante que comienza el curso deplorando que las vacaciones no sean más largas y que va a
clase los lunes de peor humor que los viernes no estará motivado, desde luego, pero
indudablemente disfruta de una envidiable salud mental. Lo alarmante sería lo contrario, que
aguardara impaciente el fin de las vacaciones para poder divertirse estudiando las declinaciones
latinas o resolviendo problemas de trigonometría. Por supuesto que se le hará más llevadero el
esfuerzo si procura trabajar con alegría e interesarse por lo que hace, pero lo mismo le sucede a
un albañil, quien se lo pasará mejor si sube al andamio cantando de contento que si lo hace
blasfemando de rabia, y no por eso pensamos que sea obligación del capataz motivar a los
obreros. A quien argumente que la cosa no es idéntica porque los profesores tratamos con
menores de edad, se le ha de contestar que no existe razón para engañar a nadie, por muy menor
de edad que sea. Hacerles creer que el trabajo es un juego es tan grave como hablarles de la
cigüeña cuando preguntan de dónde vienen los niños. Si toda persona de sentido común sostiene
que hay que informar sinceramente a un niño cuando se interesa por el sexo, o por el problema
del alcohol, o por el de las drogas, no se entiende por qué se les ha de mentir cuando se les habla
del trabajo, del estudio y del esfuerzo. Si es importante que sean conscientes lo más
tempranamente posible de que son buenos los hábitos de hacer ejercicio cotidianamente, de
tomar alimentos saludables, de prescindir del tabaco y de disfrutar moderadamente del alcohol,
también es importante que sepan que el estudiar regularmente, estén o no motivados, es un hábito
imprescindible. Un profesor que hurta a los alumnos esta información y que les habla de
aprendizaje lúdico es tan irresponsable como si les dijera que el vino y el tabaco son buenos para el desarrollo de un adolescente. Unos harán caso a las buenas recomendaciones y otros no, del
mismo modo que unos fumarán y otros no, pero es indispensable que quien se deteriora la salud
fumando no pueda después quejarse de que no estaba informado. Todo el mundo tiene derecho a
jugar con la salud propia, si quiere, y también con su propio futuro, pero los jóvenes han de saber
a lo que están jugando y lo que se están jugando.
Es cierto que las materias se les pueden presentar a los alumnos de forma más o menos amena,
pero esto es hacerles la disciplina más llevadera, no eximirles de la disciplina. Por otra parte, no
hay más remedio que resignarse a que hay conocimientos indispensables, cuya utilidad es difícil
de entender y cuyo atractivo es casi nulo. Es imposible que un niño comprenda la necesidad de
comer verduras cuando existen los caramelos y las chocolatinas. Si le dejamos comer lo que
quiera y a la hora que quiera, y esperamos a que entienda lo importante de una alimentación sana
y regular para que coma saludable y regularmente, ya se habrá estropeado el estómago
irreversiblemente. La comparación es pertinente: la inteligencia para aprender es muy temprana,
pero la madurez necesaria para comprender lo importante que es aprender es muy tardía. Si
esperamos a que tenga esta madurez para enseñarle, los mecanismos de aprendizaje se habrán
deteriorado tanto como el estómago de un niño a quien se ha dejado comer lo que le apetecía
cuando le apetecía. Por eso siempre es difícil enseñar. Si los alumnos son adultos quieren
aprender (digamos, en la jerga a la moda, que están motivados), porque son maduros, pero les
cuesta mucho hacerlo porque su capacidad de aprender ya no es lo que era. Si son niños, pueden
aprender, pero no quieren porque su inmadurez les impide entender la necesidad de hacerlo.
El inevitable distanciamiento que, como muy bien señala Russell, se da entre vida y cultura en
los primeros años de la vida escolar, se ha de tener muy presente si de verdad pretendemos
enseñar algo a nuestros alumnos. Leer a Virgilio puede ser algo muy hermoso, pero para ello hay
que estudiarse primero las declinaciones latinas, uno de las cosas más aburridas del mundo.
Entender la física y las matemáticas de un cierto nivel es cosa apasionante, pero a esto no se
puede llegar si antes no se han hecho muchos ejercicios rutinarios con fracciones y con el sistema
métrico decimal. Estos trabajos tediosos se han de hacer porque lo manda el profesor, no hay más
solución, y el oficio del profesor no consiste en ser simpático a los alumnos. Las motivaciones
más corrientes, las de toda la vida, la de querer hacer pronto las tareas escolares y así tener
tiempo para estar con los amigos, la de aprobar para disfrutar mejor del verano o la ilusión por llevar buenas notas son absolutamente legítimas. La afición por aprender ya vendrá en su
momento. Quien estudia porque le gusta llevar sobresalientes terminará llevando sobresalientes
porque le gusta estudiar, pero esta inversión es un proceso muy lento y es inútil tratar de
apresurarlo. Y en cualquier caso, la motivación es para el estudiante lo que la inspiración para el
artista: vale más que le pille trabajando.
Los profesores que hablan de motivación, o de que el aprendizaje es un juego, están
equivocados de arriba abajo, pero es de pensar que en su inmensa mayoría actúan de buena fe.
Con todo, hay alguna excepción que urge señalar. La del profesor que predica una enseñanza
liberadora y lúdica, sin miedo a las malas notas porque las notas no son tan importantes, pero a
su propio hijo lo lleva a un colegio privado y lo somete a la misma disciplina de la que él exime a
sus alumnos. Ignoro la razón de esta manera de actuar, pero por cada chico ingenuo que se crea
su discurso liberador habrá un competidor menos para su hijo. Conocí a un colega convencido de
que su labor era la de hacer felices a los alumnos y no atosigarles con exámenes y calificaciones.
Pero cuando su hijo flaqueaba en una asignatura le ponía un profesor particular. Y es de suponer
que dicho profesor particular lo atendía a horas fijas, acordadas de antemano, y no cuando
coincidía que el muchacho se levantaba motivado. No era nada tonto este colega mío.