# re: Otra "sequía", la de las vocaciones científicas
16/01/2006 1:51 por
Cuánta razón...
En mi opinión, no es que los jóvenes vean escaso el mercado de trabajo ciéntifico-investigador, es que ni lo ven. Ni escaso ni abundante. Los planes de estudio y la enseñanza son terriblemente pobres... y hacen que las asignaturas de la rama científico-tecnológica sean muy aburridas, además de tremendamente inefectivas.
El método de enseñanza consiste en aprender las cosas de memoria, sin razonar, y siguiendo normas de resolución de problemas tipo, sin saber muy bien por qué las estás aplicando. Luego te preguntan, por ejemplo, qué es una derivada, y no tienes ni idea. Sabes derivar pero no sabes ni lo que es, ni de donde salió, ni para qué sirve, ni nada... y eso pasa con química, física y matemáticas sobre todo.
En realidad, lo que he dicho es extensible a las demás asignaturas... en mi clase había varios 10 en lengua de gente que había aprendido el tema de literatura de cabeza, pero que es incapaz de escribir sin cometer faltas de ortografía, o de escribir una carta o un informe, o de hacer uso útil de la asignatura.
Por eso, o te gusta desde un principio y te interesas por ello, o...
En fin, que habría que cambiar muchas cosas, creo yo.
¡Un saludo!
# re: Otra "sequía", la de las vocaciones científicas
26/01/2006 13:36 por
Soy Licenciada en Ciencias Físicas y hace 15 años, en 1990 terminé los cursos de doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid y el trabajo experimental acerca de Condensadores Cerámicos Multicapa pero no pude preparar la lectura de la tesis doctoral porque la empresa que me había becado
y que me iba a contratar ERCROS quebró (los líos financieros de los Kubaitíes y Javier de la Rosa, Piqué) y dejaron de pagarme la beca y por supuesto de contratarme. Tuve que buscarme la vida en la empresa privada en el sector de telecomunicaciones.
Igual que a mí conocí a compañeros que aunque terminaron la tesis tuvieron que irse a Estados Unidos para dedicarse en serio a la investigación y todavía hoy siguen allí. Los menos se han quedado en el CSIC (centro superior de investigaciones científicas) y algún que otro organismo oficial como el CIEMAT (Centro de energía nuclear) y que se han pasado 10 o 12 años más hasta que les han hecho un contrato fijo y han obtenido una plaza definitiva. Es decir que si decides el camino profesional de la investigación hasta los 40 años no te situas, sigues dependiendo de tus padres pero no tienes una independencia económica.
Además en esta última década las empresas del sector de telecomunicaciones se van cerrando en España, pues en los últimos 15 años también se han ido cerrando y despidiento a trabajadores empresas de telecomunicaciones como Alcatel, AT&T, Ericson, etc. que contrataban bastantes físicos.
Y para colmo ahora parece ser que el gobierno quiere eliminar las deducciones en el impuesto de sociedades en la declaración de la renta por I+D+I que se hacen a las empresas.
Si se reducen ayudas a empresas por y se van empresas tecnológicas de España a Asia
# re: Otra "sequía", la de las vocaciones científicas
27/04/2006 12:19 por
VOCACIÓN CIENTÍFICA
¿Qué tiene la Ciencia para que existan personas que hayan dedicado a ella su vida entera? La capacidad que el hombre tiene para razonar y buscar la verdad es la clave que le abre el fichero codificado del cosmos, lo que resulta una tarea apasionante.
La admiración es el origen del progreso humano, desde el dominio del fuego hasta el lanzamiento de satélites. La curiosidad, inicio de la admiración, es una característica fundamental del hombre que podemos observar en un bebé cuando indaga el mundo que lo rodea: su primera pelota, una hoja de papel, una sonaja... No obstante, muchos de nosotros perdemos ese espíritu aventurero; el exceso de información con que nos “bombardean” los medios de comunicación –infoxicación– nos hace indolentes o nos vuelve escépticos. Además, ese pasar horas y horas delante del televisor o del ordenador, nos impide conseguir tiempo para pensar, a costa de perder la emoción por el descubrimiento, sin disfrutar del ¡eureka!, que se puede lograr tantas veces en la vida.
Esa admiración incipiente perdura cuando hemos aprendido a “contemplar” el mundo que nos rodea. Se da tanto en la mirada de una madre a su hijo recién nacido, como al disfrutar con una obra de arte, al escuchar un concierto de música, al leer un libro, al asistir a una representación teatral… Y esa “contemplación” debe aprenderse desde edad temprana fomentando ese tipo de actividades. ¿Cómo seremos capaces de descubrir una ley de la naturaleza si no hemos aprendido a contemplarla?
Albert Einstein recuerda que su fascinación por la naturaleza se remonta a cuando tenía cuatro o cinco años. Mientras estaba enfermo en la cama, su padre le regaló una brújula y empezó a maravillarse: la aguja se veía obligada a señalar siempre hacia el Norte, movida por una fuerza invisible. De este modo, comenzó a entrever un mundo que estaba más allá de su experiencia limitada a “tocar” lo inmediato.
Einstein no perdió nunca el frescor juvenil de preguntar sin cesar a la naturaleza por sus secretos. El amor a la verdad, a la resolución del gran enigma del universo, era para él un ideal fortísimo que estaba por encima de preocupaciones humanas como el bienestar físico, el éxito académico o la prosperidad económica, que le parecían banales y despreciables.
El espíritu contemplativo de Einstein era pasión por llegar a la verdad grande y universal del cosmos, de un cosmos que encierra una armonía que el pensamiento humano puede atisbar, como un relámpago ilumina de golpe todo un escenario.
El investigador no es un mero buscador que saca a la luz lo que estaba oculto en el aparente caos. La ciencia provee uno de los caminos más seductores para ir al encuentro de la verdad ignota. Y es en esa búsqueda de la verdad donde radica su grandeza. Admitir la verdad universal sucesivamente descubierta, como una tierra desconocida que va siendo explorada y colonizada, permite algo extraordinariamente interesante: la inspiración. Y esa inspiración es un impulso para ejercitar nuestra libertad tratando de reproducir y expresar la verdad con la que nos hemos encontrado, y hacerla realidad en nuestra vida. Actuamos para responder a la verdad encontrada; la verdad llama, tiene voz, es “alguien” que somos capaces de oír.
La verdad ocurre en la vida humana, es un encuentro. Ayuda a entender a los demás, ya que buscan lo mismo que nosotros: la lógica del mundo. La verdad afecta tan profundamente al hombre que le conmueve por completo. Un caso de conmoción es el enamoramiento. Einstein, en un discurso que pronunció con motivo de la celebración del sesenta cumpleaños de Max Planck, comentaba que la extraordinaria perseverancia en el trabajo del creador de la teoría cuántica no se debía, como algunos podían pensar, a una férrea autodisciplina, sino a que ardían en él ese tipo de fuertes sentimientos propios de las personas religiosas o enamoradas.
La verdad anima a llevar a cabo gestas. Una puede ser simplemente subir una montaña: ¿por qué? Porque está ahí, como dijo sir John Hunt, jefe de la primera expedición que conquistó el Everest en 1953. La montaña es una verdad puesta ante mí, y pisar la cumbre es poseerla. Quien no entienda el dinamismo humano que late en esa gesta, no entiende al hombre mismo.
En contraposición, no nos extraña descubrir que un mundo relativista sea un mundo triste. No puede concebir la verdad como un encuentro y un encargo recibido. Por eso, el relativista sólo busca el resultado, la eficacia. ¿Dónde queda el sentido de aventura, la emoción, la alegría? El resultado, una vez conseguido, da paso al vacío, sin dejar nada tras de sí.
Algunos padres o profesores, ante los estudios que deben continuar sus hijos o alumnos en la enseñanza media o superior, pueden caer en la trampa de recomendarles el camino más fácil o el más rápido para alcanzar un puesto de trabajo estable y bien remunerado. Con ello, pierden el encanto de hacerles descubrir lo que les puede atraer verdaderamente. Alguno podrá argumentar que “no saben lo que quieren” o que “no están en disposición de elegir por sí mismos”. No hay que negar que la decisión requiere tiempo y reflexión, y que existe mucho miedo a no acertar, al fracaso… Pero, ¿no será que no hemos sabido enseñarles lo apasionante que resulta vivir?
En EE.UU. está sorprendiendo el porcentaje tan alto de estudiantes de origen asiático que triunfan en sus estudios universitarios, tanto en carreras de Ciencias como en las de Humanidades. Las hermanas Soo y Jane Kim han publicado un libro ( SOO KIM & JANE KIM, Top of the class: How Asian Parents Raise High Achievers and How You Can too. USA 2005) en el que explican las razones del éxito. Destacan que todo radica en la implicación de los padres en los estudios de sus hijos y en la alta estima que los hijos tienen de la familia, lo que les lleva a poner el esfuerzo necesario para no defraudarla.
Por otro lado, el mundo nos ofrece un cúmulo enorme de interrogantes: cómo erradicar el hambre, cómo solucionar el cambio climático o la crisis energética… Ante estas cuestiones cabe la postura de pensar que son problemas globales, de toda la humanidad, y que por tanto, acometerlos supera al ciudadano corriente. Pero existe otra actitud, la de considerar que es el hombre el que es capaz de afrontar esos retos y resolverlos. Por eso, estamos en un momento espléndido para buscar soluciones, y uno de los caminos posibles para conseguirlo es dedicarse a la investigación.
Actualmente existe en Europa una preocupación grande por la falta de vocaciones dedicadas a esa tarea. Nunca han sido grandes masas las que se han dedicado a la investigación, pero ahora existe una carencia notable. Este afán por motivar a los estudiantes hacia la ciencia se enmarca en la lucha que la Unión Europea libra en el mercado mundial con EE.UU. y otras potencias emergentes, como las asiáticas.
Si deseamos ser competitivos, necesitamos invertir en investigación. Para ello son necesarios medios económicos, que no siempre son fáciles de conseguir, pero ese no es el problema más importante. Si faltan las personas que se dediquen a ella, entonces resulta imposible. Ernest Rutherford decía: “como carecemos de dinero, tendremos que pensar”, y fue capaz de dar un gran empujón a la teoría atómica, proponiendo un nuevo modelo que le valió el premio Nobel de Química en 1908.
Nuestra experiencia como profesionales de la educación nos hace pensar que es posible elevar las miras de la gente joven para que sienta curiosidad por los fenómenos de la naturaleza, adquiera capacidad de admiración y sea capaz de contemplar el universo. Ese afán por buscar la verdad les hará mejores y también al mundo que les rodea.
José Francisco Romero García, preparador del equipo español de la Olimpiada Internacional de Física 2005 y Eduardo Riaza Molina, profesor de Física y Química en Bachillerato