El artículo publicado en Madrid+d: Tanta
limpieza nos debilita se hace
eco y da una explicación, que ya estaba en la mente de los profesionales, sobre
el aumento de determinadas enfermedades alérgicas y autoinmunes en la sociedad
actual.
Nuestra sociedad,
está obsesionada con la limpieza y esta obsesión llega a extremos de publicitar
lejías bactericidas para uso doméstico; en los anuncios se hace la prueba del
algodón, se limpia el suelo cada vez que aparece una manchita, se lava la ropa
del niño a la más mínima ocasión, se esterilizan los biberones, chupetes y todo
lo que pueda estar en contacto con los niños muchas veces al día. Con estas
medidas no solo evitamos que gérmenes inocuos, incluso beneficiosos, para la
salud entren en contacto con nuestros hijos sino que estamos exponiéndolos a
una miríada de productos químicos cuyos efectos a largo plazo sobre su salud
son descocidos, aunque cada vez sabemos más sobre ellos: son tóxicos, tienen
efecto acumulativo, algunos por no decir todos, actúan como disrruptores
neuroendocrinos y muchos de ellos son cancerígenos.
¿Somos
conscientes de lo que estamos haciendo?

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La obsesión por
minimizar el riesgo a lo conocido nos está haciendo caer en manos de productos
de efectos desconocidos que pueden ser mucho más peligrosos.
Únicamente en el
contexto de lo evitado se inscribe el artículo reseñado en Madrid+d,
escrito por Mónica
L. Ferarado y publicado, originalmente,
en el diario El País
Digital el 03/07/2009.
Un poco
de suciedad puede ser bueno porque mientras satisface su curiosidad, su sistema
inmune se entrena para reconocer a los verdaderos agentes infecciosos, y su
cuerpo se va poblando de bacterias amigas que, como un ecosistema integrado,
protegerán y ayudarán a trabajar a su cuerpo. Algunos estudios atribuyen el exceso de protección de los niños
frente a su entorno como causa del
aumento de las alergias, las dermatitis y algunas enfermedades del sistema
inmune ¿Viven los niños en ambientes demasiado asépticos?
"El problema no es la higiene en
sí misma, sino que no es selectiva y se han aniquilado algunos viejos
amigos", afirma Francisco Guarner, del Hospital de la Vall d'Hebrón en Barcelona, investigador de MetaHit,
una parte del Proyecto
Microbioma Humano en el
que investigadores de todo el mundo están construyendo un mapa de las bacterias
que habitan en el cuerpo humano, en zonas como la boca, la piel y el intestino.
Esta macroinvestigación permitirá ver el impacto
sobre la salud humana de esta aniquilación microbiana no selectiva. Los
científicos esperan averiguar cómo interactúan con los genes de nuestras células
y cómo su presencia o ausencia nos puede alterar.
Sus resultados pueden corroborar ideas
que la teoría de la higiene señala desde los años 70.
Con esta hipótesis, algunos científicos
ya apuntaban que, si bien la higiene
había permitido acabar con las grandes infecciones de la historia, también
había aniquilado gérmenes necesarios. "A partir de los años cincuenta
empiezan a aparecer nuevas enfermedades relacionadas con el sistema inmune y la teoría de la higiene las relaciona con
dos aspectos: el sistema inmunitario estaba más equilibrado para combatir
enfermedades cuando había más bacterias, y también hemos eliminado bacterias
amigas que establecían sistemas de tolerancia. Por eso respondemos a los
alérgenos del aire como si fueran patógenos y de forma exagerada",
explica Guarner.
Aún hoy, los expertos coinciden en que
se trata de una teoría difícil de comprobar. Pero ya son muchos los estudios
epidemiológicos que muestran diferencias entre la salud de personas que en su
infancia han estado expuestas a determinadas bacterias y las que no. El más
conocido, realizado tras la caída del el muro de Berlín, permitió ver que la
incidencia de alergias, asma y otras patologías autoinmunes era menor entre los
habitantes del Este, y mayor entre los de la zona occidental, más rica y
limpia, con acceso a antibióticos y vacunas.
A la
falta de entrenamiento o inmadurez del sistema inmune se atribuye, en buena
parte, que las alergias a alimentos hayan pasado entre 1992 y 2005 de afectar
de un 6% a un 15% de los niños; que la dermatitis atópica haya aumentado de un
5% a un 11% y que las alergias respiratorias hayan pasado de un 75% a un 80%. "Al haber menos infecciones el
sistema inmune actúa también menos, aunque seguramente intervienen factores
hereditarios y del ambiente". Ana María Plaza, jefa de la sección de
alergias del hospital catalán Sant Joan de Déu asegura: "No es bueno mantener a
los niños dentro de un cubo estéril. Es beneficioso que salgan al campo, a la
montaña. Han de jugar, estar en contacto con la naturaleza y con las plantas. Debemos volver a buscar un equilibrio entre
la vida actual y en el medio natural".
Muchos investigadores prefieren situar la influencia de la higiene en un
contexto más amplio. "No significa que tengamos que dejar de lavarnos. Es
una consecuencia de la calidad de vida que hemos ido ganando", afirma
Antonio Valero, alergólogo del Hospital Clínic de
Barcelona. "La teoría
de la higiene no lo explica todo. En
este aumento de las alergias también interviene la contaminación, el hecho de
haber cambiado nuestros hábitos alimentarios con comida tratada y que usamos
más medicamentos, antibióticos y detergentes", puntualiza Valero.
Sin embargo, pocos dudan de que la
desaparición de una bacteria en nuestro ecosistema corporal puede ser tan
catastrófica como la extinción de una especie en el Amazonas. Por ejemplo,
nuestra flora intestinal es el
ecosistema más poblado de la tierra, con más de cien billones de bacterias,
pertenecientes a entre 500 y mil especies. El cuerpo humano alberga diez veces
más células bacterianas que humanas, una proporción impactante que sugiere
una interacción más importante de lo que podría parecer entre nosotros y las
bacterias que transportamos.
Los gérmenes empiezan a colonizar
nuestro cuerpo nada más llegar al mundo. Algunos estudios demuestran que el
parto vaginal facilita la formación de la flora intestinal del recién nacido. "El niño nace con anticuerpos de la
madre, pero las bacterias no lo colonizan hasta que nace. Al principio, las más
abundantes son las bifidobacterias, que obtiene por la leche materna",
explica Miquel Viñas, catedrático de microbiología del campus de Bellvitge de
la Universidad de Barcelona. "Es un proceso lento y gradual
que ocurre en un periodo corto de tiempo. Para un niño saludable es positivo
entrar en contacto con bacterias, pero tampoco se debe fomentar la infección
como protección", afirma.
Gracias a la higiene, también se ha
conseguido que la incidencia de enfermedades infecciosas en Occidente haya
disminuido a tan sólo un 10%. "Sin embargo, el impacto de las enfermedades autoinmunes se ha
multiplicado por cinco", explica Guarner. Tras este aumento se podría encontrar la desaparición de algunas
bacterias de la flora intestinal que cumplen importantes funciones en la
programación y regulación del sistema inmune.
La
microbiota (el conjunto de microbios en el cuerpo) de los niños que tienen
alergias, asma o alguna otra dolencia autoinmune es diferente a la de otros
niños sanos. ¿Causa o
consecuencia? Un estudio publicado en el Journal
of Allergy and Clinical Immunology, realizado por la Universidad de Lund, en Suecia, demuestra que los niños con una menor diversidad en la
flora bacteriana en la primera semana después de nacer tienen más posibilidades
de desarrollar dermatitis atópica en el primer año y medio de vida.
Diferentes
estudios han demostrado que los niños que viven con animales, sea un perro,
gato o incluso animales de granja, tienen menos riesgo de padecer alergias. El dato lo corrobora otra investigación
de la Universidad de Illinois, que analizó las reacciones alérgicas
de su personal de laboratorio que trabajaba con ratones. Quienes no tenían
alergia a los roedores se habían criado en entornos rurales. También se ha
comprobado que la convivencia con más
niños aumenta las defensas. Los que van a la guardería sufren menos alergias.
Los hijos de familias numerosas son menos susceptibles a las alergias, sobre
todo los más pequeños, porque con sus hermanos están expuestos desde que nacen
a más infecciones.
En el intestino, el aumento de
enfermedades inflamatorias en los países desarrollados también se atribuye a la
ausencia de algunas bacterias, La
incidencia de la enfermedad de Crohn, por ejemplo, que se debe a una
excesiva respuesta inmunológica que ataca la flora intestinal, se ha multiplicado por cuatro en los
últimos 20 años. "En esta patología podrían faltar bacterias protectoras", afirma el experto
Guarner. "Estudios con animales criados en ambientes sin gérmenes han
permitido demostrar una menor densidad de linfocitos y de inmunoglobulina en la
mucosa intestinal. Se ha observado también que algunos de ellos juegan un papel
importante en la inducción de las llamadas células T reguladoras. En este tipo de
enfermos se ha observado que existe un desequilibrio en la presencia de
bacterias protectoras", añade.
Una de las investigaciones de referencia sobre esta patología intestinal se
publicó en 1994 en The Lancet. Se llevó a cabo en Gran Bretaña, con
población nacida entre los años 40 y 50. Las personas que durante la infancia
vivieron en un hogar que carecía de agua caliente y, por lo tanto, la higiene
era menos exhaustiva, la incidencia de la enfermedad de Crohn era menor.
La disminución de la biodiversidad
bacteriana también podría influir en otras enfermedades relacionadas con el
sistema inmune, como la diabetes, la obesidad e incluso la esclerosis múltiple,
otra de las enfermedades que más ha aumentado en las últimas décadas.
Xavier Montalbán, director de la Universidad de Yale y de Chicago, publicado recientemente en Nature revela que algunas bacterias intestinales podrían ofrecer protección frente al
desarrollo de la diabetes tipo 1. El origen de esta anomalía está en que el
sistema inmune ataca a las células pancreáticas.
Otra de las habilidades de las
bacterias del tracto intestinal consiste en su capacidad para extraer energía
de los alimentos ingeridos. Se ha visto que la diversidad bacteriana es diferente en individuos obesos y delgados.
En definitiva, el balance energético de nuestro cuerpo dependería, al menos en
parte, de si las bacterias del tracto intestinal son más o menos eficientes a
la hora de consumir las calorías de los alimentos que previamente hemos
ingerido.
Los miembros de una misma familia comparten una dieta similar y un entorno similar.
Por eso acostumbran a compartir el microbioma intestinal, aunque haya algunas
variaciones individuales. Ésta es la razón por la cual estudiar y comparar la flora intestinal de hermanos gemelos idénticos,
uno delgado y otro obeso, ha resultado reveladora para las investigaciones
de Jeffrey Gordon, del centro de Ciencias del Genoma de la Escuela
de Medicina de Washington.
De esta forma los investigadores han
podido determinar que, en su comunidad microbiana
intestinal, hay diferencias sobre todo en la presencia de dos bacterias
involucradas en el metabolismo de los hidratos de carbono, los lípidos y los
aminoácidos. También ha quedado comprobado que la presencia o ausencia de
estas mismas bacterias influye igualmente en algo tan importante como la
síntesis de vitaminas.
Consuelo Ibáñez Martí
Médico salubrista