La figura del filósofo o el hombre comprometido con el
conocimiento siempre se ha visto menoscabada en el ser humano por un llamado “pudor”.
La modernidad ha tratado de ridiculizar al filósofo y al
portador del saber como un andrajoso “Zarathustra del saber”.
Pero creo que, como papel, el Zarathustra no está mal, ahora
que lo pienso. Un personaje más, sin duda, porque más quisiéramos muchos ser
como Zarathustra.
Yo soy un hombre de ciudad egoísta, interesado solo en mi porvenir,
como todos ustedes.
Pero las expectativas que se extienden para ciertos burlescos
teóricos no son muy esperanzadoras: auto-declarado por ellos mismos ser algún tipo
de especie rapaz, y “apaleados” y “puestos
en fuga” por lo que ellos llaman "perturbados", no llegando ni a un
"Zarathustra", como mucho a un antológico "Carlos Jesús”; aquel santón
gafe, que decía venir de Ganimedes, y que tanto nos hacia reír en televisión.
Zarathustra –creo en cambio- que enseña bastantes cosas: al
menos lo que no debería ser el "ser humano".
Mira cuanto desparpajo, cuanta capacidad solvente de nuestra
sociedad. En verdad han creído resolver el mundo entero, y a partir de ahora se
tragara cuanto le echen, como cuando se le da comida a un perro. Habrá llegado
a la conclusión de algo, y sus hijos heredaran sus conclusiones, y hasta los
hijos de sus hijos.
Pero la pregunta que yace detrás de todo eso, y no se me
aflojen los ateos, pues si no la hacemos, "hasta las piedras gritarían",
es simple: ¿Por qué?
¿Por qué?, pero sobre todo ¿para qué?
En verdad eso podría decirlo el que ciertamente tuviera
autoridad para hacerlo. Es decir, el que realmente cree ser completamente feliz
y además cree que la suya es la única forma de serlo.
¿Pero no son todos esos “desgraciados” felices? ¿No es feliz
el esclavo, con todas sus verdades y sus dioses, el ateo plebeyo, el acomodado burgués,
el avaricioso prestamista, el vanidoso abogado, el sacrificio del eremita
comedor de hierbajos?
¿Qué ética es la mejor de todas; como debería vivir “el
hombre”? Mejor dicho, ¿cómo debería vivir mejor “cada hombre”?
Miren al típico hombre de ciudad, andando y pensativo. Mira cómo
responde “Si” cuando querría decir “No”. O a su propia pareja -“el ser de su
vida” que ellos dicen- le engaña en los mismos términos. Miren a ese “hombre”,
como al final ha de tragarse todas sus mentiras, al punto que para la vida no
quiere conocer en el fondo otro método más valido que el engaño, y al punto
quiere ir contra lo que llama “sociedad” para que le dé explicaciones de sus
mentiras, ya que todas fueron hechas en su nombre.
Me temo, que para ser sincero con uno mismo, que es en cierta
forma la máxima más apropiada de Zarathustra, no hace falta estar loco.
O mucho: el ser humano ha de levantarse por encima de todas
las cosas; como que son todas las cosas- así nos lo presenta el infame- las que
hay que levantar. El ser humano despierta y se levanta y predica nuevos cambios
nunca vistos hasta entonces, ¡y mira como pisotea ahora esos gusanitos que le
molestaba. Mira como ahora hasta los despedaza en pequeños trocitos, y hace con
ellos lo que le viene en gana, y lo que a su gusto extremadamente le place!
“¿Por qué y para qué?”
Si, y aquí mismo aparece el verdadero loco, el psicótico, “la
venganza”. Aquí mismo se le pone precio a la vida. Nace la venganza de “uno-mismo”
contra aquello que sea “uno-mismo”, pues sin vida no hay “uno-mismo”.
Esto es el miedo a la muerte, mucho más poderoso y menos aparente
de lo que normalmente trata de aceptarse.
En toda ideología, se mata a la misma muerte. En toda
ideología hay un signo liberador de nuestra incapacidad, y en grado sumo, la
incapacidad total que representa para nosotros el estar muerto. En toda
doctrina hay un afán superador de la muerte. Nunca entonces el ser humano
estuvo tan preparado para morir, bajo la premisa de una doctrina y el peligro
de perder la vida.
¿Y cómo no iba yo a llamar “cobarde”,
al que ni siquiera a conocer se atreve? ¡Como si conocer implicara un “tú”, un “yo”,
una dadiva, un robo o una querella!
¿Qué derecho es aquel que se quiere erigir simplemente porque
sale de la boca de uno? ¿Qué juez podrá dar credibilidad a alguien que se
utiliza a sí mismo como argumento pero no se atiene a ninguna causa y hasta
niega que algo así exista?
En verdad la causa le sobrepasó –que ni se mencione esa palabra.-
Y ha sido la causa la prueba palpable de sus delitos, y su gran mentira.
Ese nihilismo que envuelve toda prueba manifiesta -en post
de una imaginaria prueba que no podría de dejar de ser la misma- es precoz.
Nada de conocer; nada de investigar. Pero si mucho el precio que se le está
poniendo al conocimiento mismo.
¿Cuánto precio se debería poner al conocimiento?