Los ambiciosos objetivos del Reglamento REACH no pueden alcanzarse en un corto espacio de tiempo, pero ya se van notando los primeros avances significativos: finalizado el prerregistro y por primera vez en la historia de la humanidad, en la Unión Europea las autoridades competentes disponen de un listado con la práctica totalidad de las sustancias que se comercializan, su identidad química y las empresas que las fabrican o importan.
El texto con el que comienza el Reglamento REACH no puede ser más claro: “La finalidad del presente Reglamento es garantizar un alto nivel de protección de la salud humana y del medio ambiente”, incluye, a renglón seguido, otros objetivos por supuesto muy relevantes, pero que no tendrían sentido si no se consigue garantizar el uso seguro de las sustancias químicas, tanto en el ámbito industrial, como en el que concierne directamente a los consumidores, los ciudadanos expuestos indirectamente a través del medio ambiente, y sin olvidarnos de los ecosistemas naturales y agrobiosistemas que sustentan la vida de todas las especies que poblamos esta esfera que gira y rueda que llamamos Tierra.
Poco a poco, sin ruido, sin grandes titulares, la finalidad última del reglamento va avanzando, pasito a pasito, abriéndose camino en un complejo articulado que crea obligaciones para todos.
Las empresas que componen el tejido industrial europeo ya han realizado su primera contribución, es solo un primer paso dentro de un largo camino, pero si nos paramos un poco a pensarlo podremos apreciar lo que significa en realidad: sesenta y cinco mil empresas han analizado sus procesos, identificado que sustancias fabrican o importan, incluyendo aquellas que deben registrarse de entre las contenidas en artículos manufacturados, y presentado cerca de tres millones de expedientes a la Agencia Europea.
Mientras la industria continúa con su proceso, comprobar que la sustancia es la misma, compartir datos, etc., las autoridades competentes pueden comenzar ya a utilizar la información que ahora disponen, adecuando a las nuevas circunstancias sus sistemas de control e inspección; falta un largo camino por recorrer, o por ser más preciso, mucha escalera por subir, pero ya hemos alcanzado el segundo rellano: hace solo unos meses, la ECHA entraba formalmente en servicio, y cumpliendo los objetivos, pone ahora a disposición de las autoridades el primer resultado: QUE y QUIEN, es decir QUE sustancias se fabrican y comercializan en Europa, y QUIEN da el primer paso fabricándolas o importándolas. Conforme las autoridades estatales y autonómicas vayan incorporando esta información en sus protocolos, los ciudadanos y el medio ambiente estaremos mejor protegidos.
Pero REACH es un reto de todos, y la comunidad científica no nos podemos quedar atrás. El Primer Simposio Virtual sobre los Aspectos Ambientales del Reglamento REACH identificó las necesidades prioritarias y se las trasmitió a las Autoridades Competentes y a la sociedad a través de su presentación en el Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA); ciertamente, el avance en nuestra capacidad para predecir los riesgos para la salud y para el medio ambiente de una sustancia química ha sido espectacular en los últimos años, pero también a nosotros nos queda una larga escalera por subir. REACH plantea dos niveles complementarios de gestión que requieren de una sólida base científica. Dentro de la cadena de suministro, la industria es responsable de evaluar los riesgos sustancia por sustancia, uso por uso, fabricante por fabricante, y la comunidad científica debe desarrollar nuevas metodologías que reduzcan los costes y aumenten la cantidad y calidad de información, fomentando además los métodos alternativos. Pero el desafío está en el siguiente nivel, cuya responsabilidad se reparte entre el sector industrial y las autoridades competentes, que deben integrar la información generada y utilizarla en otros marcos normativos de protección de los trabajadores, de los consumidores y del medio ambiente. Y es aquí donde se nos plantea a la comunidad científica el gran reto, desarrollar métodos que permitan utilizar la información, sustancia a sustancia, que está generando REACH, para realizar, por ejemplo, las evaluaciones integradas de un puesto de trabajo con exposiciones múltiples y variables o de una cuenca hidrográfica con varios centenares de vertidos. Estos retos no son nuevos, somos muchos los grupos de investigación que llevamos años trabajando en este tema, pero ahora tenemos un nuevo desafío: en menos de dos años, la “excusa” de que falta información sobre la mayoría de las sustancias dejará de tener sentido, ya que antes de que termine 2010, tendremos registradas todas las sustancias que por su toxicidad o tonelaje se han seleccionado para la primera fase. La pregunta es, por tanto, si tendremos a tiempo herramientas sólidas e implementables en la realidad para que la “Información REACH” nos permita evaluar el mundo real y complejo de exposiciones múltiples y cambiantes en el tiempo en el que vivimos.
El objetivo claramente lo merece, así que “hagámoslo posible”.
José Vicente Tarazona