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jueves, 27 de noviembre de 2008

Barcelona acogerá la sede española del consorcio internacional del genoma del cáncer, recogían los medios hace unos pocos días. La iniciativa debe ser leída a varios niveles: España participará del consorcio, lo cual es una buena noticia, y la elección de la capital catalana reconoce la incipiente tradición genómica que ahí se acumula, que también. A partir de aquí, que la botella esté medio vacía o medio llena es otro cantar.



Xavier Pujol Gebellí


Obtener la secuencia del genoma del cáncer es una de las más viejas aspiraciones de los investigadores que en su día decidieron apostar por lanzar una de las mayores aventuras científicas: obtener el código genético humano. Renato Dulbecco, premio nobel de Medicina y a la sazón uno de los impulsores del Proyecto Genoma Humano, lo anticipaba en 1986, cuando todo estaba aún por hacer, en la revista Science: "O bien tratamos de descubrir los genes implicados en la enfermedad, uno a uno, palmo a palmo, o bien secuenciamos el genoma entero".

Por aquel entonces el Proyecto Genoma Humano era apenas un esbozo; e identificar un gen, caracterizarlo y atribuirle una función era poco menos que media vida para cualquier científico. Ni la ciencia ni la tecnología daban para más. La constitución de un consorcio internacional, liderado por Estados Unidos y Gran Bretaña, lo cambió todo. Y Craig Venter con su Celera Genetics y su liderazgo desde el sector privado, lo aceleró. La disyuntiva de Dulbecco se transformó en respuesta cuando Francis Collins, en representación de lo que ya era el "sector público", y Venter desde la parte privada, anunciaron conjuntamente la obtención del primer borrador del genoma en 2000. Como se recordará, el entonces presidente estadounidense Bill Clinton y el británico Tony Blair oficiaron, entre otros, de maestros de ceremonias.

En 2000, y en los inmediatos años que siguieron, buena parte de Europa había ya decidido subirse al carro de la genómica; en España, y salvo honrosas excepciones, ni olerla. Algunos laboratorios y algunos investigadores habían logrado, a contracorriente, prestigio internacional en genética y entreveían posibilidades enormes de desarrollo y de adquisición de conocimiento. El gobierno, en esos años en manos del Partido Popular, se limitaba a leer periódicos y a responder obviedades acerca de la no participación española en cualquier tipo de consorcio internacional o de la no inversión en un área entendida como central. Con la perspectiva del tiempo, es lógico pues que participar de la secuenciación del genoma del cáncer deba ser entendido como una buena noticia.

Como es público, la presión de científicos de prestigio, arropados por la prensa y una cierta contestación social, logró cambiar el rumbo de las cosas. Aunque no demasiado en un primer momento. No fue mucho pero algo se hizo: se anunció una acción especial dotada con 12 millones de euros; se sentaron las bases de lo que finalmente acabaría siendo la Fundación Genoma España y, por fin, se avisó al navegante de que se iba a poner en marcha una nueva fundación dedicada al fomento y promoción de la ciencia que haría las veces de una gran agencia científica desde la que se iban a canalizar y a financiar investigadores y grandes proyectos. La iniciativa, anunciada a bombo y platillo por José María Aznar, llevaba por nombre Fundación Española de Ciencia y Tecnología (FECYT). Los que saben de qué va la cosa recordarán también que los anuncios se concretaron a medias y que los dineros escasearon. Pasado el tiempo, todo ha quedado en un plano muy distante de lo que fue previsto. En años de bonanza económica, sonó a botella rota, a nueva oportunidad perdida.

Lo que ahora se ha anunciado tiene su verdadero origen en esos años que siguieron a la etapa de discursos grandilocuentes. Xavier Estivill, por aquel entonces a punto de desembarcar en el Centro de Regulación Genómica, y Roderic Guigó, uno de los pioneros españoles en bioinformática desde ese mismo enclave, formularon a la Generalitat catalana la oportunidad de poner en marcha un centro de secuenciación genómica capaz de prestar servicio a la comunidad científica del sur de Europa y, en paralelo, actuar como nodo de investigación. Fue en 2003, una época en la que la ciencia catalana estaba dirigida por Andreu Mas-Colell y en la que la cofinanciación estado-comunidad autónoma empezaba a ser moneda corriente. La iniciativa, sin embargo, no fraguó en ese preciso instante.

La llegada de la nueva ministra de Innovación y Ciencia, Cristina Garmendia, la pasada primavera, reactivó el proyecto que entró entonces en competencia con el deseo de Carlos Martínez Alonso, Secretario de Estado de Investigación, de poner en marcha la instalación en la Universidad de Alcalá de Henares. La resolución final ya es conocida, Barcelona será la sede española.

En cualquier caso, lo que importa es el fondo de lo que significa el acuerdo. Quedan muchos flecos por decidir, como a cuánto va ascender el proyecto (se habla de 50 millones de euros para los primeros cinco años), la ubicación física (hay más de un complejo científico que aspira a albergarlo) y quien será su máximo responsable (los nombres de candidatos a dirigir el equipamiento ya han empezado a circular). Pero el fondo parece resuelto: España se apunta por fin al carro de la gran genómica con una instalación que promete dar mucho de sí. Por el momento, para atacar uno de los motivos principales que en su día animaron el arranque del Proyecto Genoma Humano, la secuenciación del genoma del cáncer. Y, además, con una especificidad: resolver la secuencia de la leucemia linfocítica crónica, la más frecuente. De este modo, se contribuirá a completar los proyectos que en el ámbito de la investigación oncológica van a desarrollarse conjuntamente desde Australia, Canadá, China, Francia, India, Japón y Gran Bretaña.

Si los anuncios se convierten por fin en realidad, lo cual significa que va a dotarse al centro de los recursos que precisa para ser competitivo a nivel internacional, el debate acerca de si la botella está medio llena o está medio vacía igual pierde peso a favor de la que realmente cuenta: hay botella. Por fin.

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jueves, 20 de noviembre de 2008

Nariz horadada (nez percé) fue el nombre que los tramperos franceses que poblaban la América del Norte en el siglo XVIII dieron a una tribu de nativos de nombre impronunciable que habitó las grandes praderas septentrionales de lo que hoy es Idaho, en Estados Unidos. Su verdadero nombre era Chopunnish. La conquista del oeste diezmó sus tierras y su cultura, dejando 2.700 supervivientes que aún ahora son considerados por muchos un mero residuo de la historia. Pero la historia es caprichosa y se sirve de iconos viejos para moldear realidades nuevas.



JORDI MONTANER

También por el siglo XVIII llegaron a España las primeras hojas de una planta nativa americana, la coca (Erythroxylum coca), entonces mera curiosidad botánica que sólo se sabía apreciada por los indígenas. Las hojas pasaron de botánicos a boticarios y, cien años más tarde, se extrajo por primera vez cocaína pura de la coca. A principios del siglo pasado, la cocaína era un ingrediente común de muchas boticas y laboratorios, empleada en la elaboración de tónicos y elixires destinados a curar una serie de enfermedades… Todo cambió a partir de los años sesenta, cuando recibió el calificativo de estupefaciente, narcótico o droga y dio pie a un imperio al margen de la ley y a una realidad sociosanitaria  lacerante.

A la cabeza

Según los últimos datos sondeados por la ONU, la tasa de consumo de cocaína en España ha superado por primera vez en la historia a la de Estados Unidos y cuadruplica la media europea. La cifra oficial de consumidores de cocaína en el mundo alcanza ya los 13,3 millones, teniendo en cuenta que sólo en España se calculan poco más de 1,1 millones de consumidores (2,6% de la población). Estados Unidos ocupa un “digno” segundo lugar, con un índice de consumidores del 2,5%. Por detrás, aparecen Irlanda (2,4%), Reino Unido (2,1%) y Argentina (1,9%).
En su memoria anual del 2005, la Fiscalía Antidroga advertía que los cuadros estadísticos “ponen de manifiesto que los países occidentales y aquellos por los que pasan las grandes rutas del tráfico mantienen los porcentajes de consumo más elevados”.

Según los expertos, este aumento en el consumo de cocaína se debe en buena parte a una falta de percepción del peligro que esta sustancia entraña.

Si se falla en la prevención de la adicción o la percepción del peligro, no ocurre lo mismo con la persecución policial. España también figura a la cabeza de la incautación de cocaína en Europa, y sus incautaciones obran entre las principales del mundo, aún por detrás de Colombia y de Estados Unidos. En el 2004 se intervinieron 33 toneladas de cocaína en nuestro país, lo que supone la mitad de las incautaciones realizadas en territorio europeo según datos oficiales.

Dispersa

No toda la coca sirve para extraer cocaína. En realidad, sólo cuatro de las 200 variedades de coca que pueblan la zona amazoico-andina sirven para la extracción de alcaloides que, además de cocaína (y también coca), reciben allí todo un glosario de nombres: azúcar, cataforesis, perico, manteca, pasta, merca, camerusa, pala, pichi, papa, papuza, merluza, sniff, sniper, tecla,…

Los efectos del alcaloide son inmediatos y placenteros: disparan la maltrecha autoestima y la confianza en uno mismo, otorgan al consumidor una locuacidad fuera de lo común (motivo por el que esta droga ha seducido siempre a quienes deben hablar, cantar o actuar en público) y generan una enorme excitación (que no debe interpretarse sólo en clave de sensualidad, sino también de irritabilidad). El efecto dura relativamente poco, de media hora a una hora, y en cuanto empieza a declinar el drogado experimenta una enorme ansiedad por consumir otra dosis. A largo plazo, su uso descontrolado produce, además de adicción, desórdenes mentales y episodios cardiacos, por no hablar de tentativas de suicidio, o accidentes graves.

Placer a costa de los tejidos

Es conocido que la cocaína tiene un efecto vasoconstrictor; es decir, disminuye el flujo sanguíneo en aquellas zonas que mantienen contacto con la sustancia e impide que llegue a ellas tanta sangre como de común llegaría. “A veces, esta propiedad es beneficiosa y, de hecho, hay especialistas que se sirven de la cocaína para evitar que el flujo sanguíneo riegue determinadas zonas en circunstancias en las que resultaría perjudicial”, explica José María Palacín, cirujano plástico del Centro Médico Teknon de Barcelona. “No obstante, cuando el consumo de cocaína es excesivo y habitual para una misma zona del cuerpo, la falta de riego se hace casi permanente y se resienten o mueren todos los tejidos en contacto con la sustancia; en la mayoría de los casos, el deterioro o destrucción del tabique nasal, puerto de entrada de la droga al organismo, se hace inevitable.”

Rinoplastia reconstructiva

Cuando un toxicómano esnifa cocaína, el tabique nasal, formado por cartílago y mucosa, se debilita y los tejidos que lo componen acaban necrosándose y produciendo una perforación perturbadora. “En una exploración, los cirujanos plásticos hallamos casi siempre un orificio de lado a lado del tabique nasal que delata al afectado”, detalla Palacín.
Los pacientes que acuden al cirujano plástico por esta complicación son tanto hombres como mujeres; “el nexo común se encuentra en que tienen la nariz deformada, torcida y sin tabique”. Existen, según Palacín, distintos grados de deformación. “Acuden, desde aquellos pacientes que requieren pequeñas intervenciones para retocar defectos menores, hasta otros que necesitan recurrir a la microcirugía para corregir defectos importantes.”

La reconstrucción del tabique nasal se realiza reemplazando el cartílago y las mucosas dañadas por los mismos tejidos extraídos de otras zonas del cuerpo, “y los cirujanos debemos desterrar de los medios de comunicación esa leyenda urbana que habla de la implantación de tabiques de platino en cocainómanos intervenidos; además de ser falso, no es médicamente factible”.

El experto concede una importancia capital a que esta operación se circunscribe exclusivamente a cocainómanos ya rehabilitados; “por lo que los cirujanos plásticos debemos asegurarnos, a través de la realización de un estudio psicológico previo, de que el paciente ya no es consumidor de cocaína”.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

Mi sueldo de comunicadora científica se queda un poco corto a la hora de costearme tickets para ir a la ópera. Pero sí que da suficientemente de si para permitirme asistir, el sábado pasado en una sala de cine en las afueras de Washington DC, a la retransmisión en alta definición de una ópera que en aquel momento se estaba interpretando en el Metropolitan (Nueva York).



Maria José Viñas

No se trataba de una ópera cualquiera: “Doctor Atomic” se centra en la fase final del Proyecto Manhattan, la carrera contrarreloj que libraron un puñado de físicos de los países Aliados para diseñar la bomba atómica antes de que lo consiguieran sus competidores nazis. La ópera consta de dos actos: el primero sucede unas semanas antes del ensayo de la bomba atómica en Alamogordo, New Mexico, en una operación cuyo nombre en clave fue “Trinity” (16 de julio, 1945). El segundo acto transcurre durante las angustiosas horas de la noche previa al ensayo, cuando los científicos y militares se preguntaban si la tormenta eléctrica desatada en los cielos de New Mexico permitiría llevar a cabo la prueba y si, en caso de que se pudiera, la energía desatada por la explosión sería suficiente para provocar que la atmósfera se incendiara.

 El director del proyecto de la bomba atómica, J. Robert Oppenheimer, es el protagonista absoluto de la obra; científico brillante y hombre cultivado del que se rumorea que leía el Bhagavad-Gita en su idioma original, el sánscrito. La ópera retrata las tribulaciones morales de Oppenheimer: en una escena inicial declara, chulesco, que perder su alma le afectaría tanto como perder su tarjeta de vista, pero a medida que la obra avanza, su confianza se va desmoronando y hacia el final el espectador atisba el alma torturada que años después se identificaría con el pasaje del Bhagavad-Gita donde el dios hindú Vishnu declara: “Ahora, me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.

Confieso que la ópera en sí no me entusiasmó; la música era demasiado minimalista y algunos personajes, en especial el de Kitty Oppenheimer, me parecieron un pelín irritantes. Además, siendo yo periodista y por lo tanto ostentando un gran aprecio a la concisión, no podía evitar preguntarme por qué los protagonistas daban tantísimos rodeos para llegar a lo que tenían que decir (aunque a los otros miembros de la Asociación de Escritores Científicos de Washington DC que atendieron la proyección de “Doctor Atomic” les encantó, así que sospecho que tal vez la ópera no sea lo mío). Pero aun así, en mi faceta de “groupie” de la ciencia, no pude evitar emocionarme  cuando, nada más alzarse el telón, el coro empezó a cantar "Matter can be neither created nor destroyed but only altered in form. Energy can be neither created nor destroyed but only altered in form" ("La materia no puede ser creada ni destruída, sólo se transforma. La energía no puede ser creada ni destruída, sólo se transforma"). También me parecieron admirables la descripción de la fisión nuclear (muy asequible para cualquier tipo de público), y el hecho de que el autor del libreto utilizara material procedentes de documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos y de comunicaciones entre los científicos, políticos y militares involucrados en el proyecto.
Así que en definitiva, estoy muy a favor de utilizar la ópera para difundir la ciencia, así como lo estoy de usar cualquier medio al alcance. "Doctor Atomic" todavía no ha visitado muchas ciudades (se estrenó en octubre de 2005 en San Francisco, y desde entonces se ha mostrado en Amsterdam y Nueva York, y se planea llevarla a Chicago), aunque tal vez con un poco de suerte llegue algún día a España.

Pero hay algo que me preocupa: el autor de la ópera, John Adams,explicó al New York Times que la inspiración para escribir esta obra le vino del impacto personal que el Proyecto Manhattan tuvo en su vida, ya que su infancia y adolescencia transcurrieron bajo la amenaza de la guerra atómica entre Estados Unidos y Rusia. Y lo que yo me pregunto es: en la actualidad, ¿está la ciencia dejando suficientemente huella en las vidas de los futuros artistas como para poder inspirarles cuando lleguen a sus años creativos?

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viernes, 07 de noviembre de 2008


Hace tiempo que se habla economía del conocimiento. Ya en el año 2000, en Lisboa, los cabezas de estado de los diferentes gobiernos europeos aseguraban que si Europa no se convertía en una región que basara su economía en el conocimiento perdería la posición privilegiada que, aún, ocupa en el mundo. La fecha límite era el 2010. Vamos con retraso.






Núria Llavina Rubio


También se dice que, para empezar a andar, uno de los puntos clave está en universidades españolas de calidad que sean capaces de competir con las prestigiosas universidades británicas o norteamericanas. Cuidar el talento, cultivarlo mediante inversiones estatales y autonómicas es la necesidad. También vamos con retraso. La Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) ha publicado el primer informe que mide la calidad de la enseñanza universitaria de forma exhaustiva. Se centra en los postgrados y se llama La evaluación de la calidad en las universidades 2007. No vamos muy bien que digamos.

Sólo el 36% de los nuevos títulos oficiales de máster y doctorado en curso autorizados por las comunidades autónomas en 2007 han sido evaluados positivamente. Además, el 55% de los postgrados españoles fueron autorizados sin que se hubieran sometido a una evaluación previa de la ANECA ni de los organismos regionales encargados de medir la calidad de estos programas. Finalmente, un 9% fue autorizado a pesar de obtener una valoración negativa, según el nuevo informe. El informe también confirma el número creciente de programas autorizados sin procesos de evaluación, sobre todo en Madrid.

Y paro ya, porque me pongo de mal humor. Mientras hace años que el talento científico español se lamenta de la precariedad en la que se encuentran los jóvenes investigadores, se insiste en crear nuevos estudios y multitud de cursos sin procesos de evaluación sin percibir que lo importante no debería ser la cantidad, sino la calidad: en el ámbito de la ciencia, los doctorandos españoles sufren lo peor del mundo laboral y del mundo estudiantil. Asumen las responsabilidades de los trabajadores (sin seguridad social) y el estatus del estudiante. Resultado final: los investigadores optan por marcharse a países donde la investigación se percibe como uno de los puntos básicos para el desarrollo social, científico, tecnológico y, sobre todo, económico. Un ejemplo está en Estados Unidos para variar, donde sobre todo en California está desarrollando brutalmente la investigación avanzada y la creación de industrias basadas en el conocimiento. Y todo porque miman a su talento.

Joan Guinovart, director del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IRB Barcelona) decía hace un tiempo en una conferencia que para una sociedad del conocimiento hacen falta tres condiciones: gente muy bien preparada y cerebros que innoven, una buena calidad de vida y un aeropuerto internacional con conexiones en todo el mundo. Y englobarlo todo con acciones de estado que favorezcan esta situación.
Y aquí ni se mima ni se cuida. Los estudiantes deben estudiar a toda costa porque si siguen estudiando siguen pagando y eso es lo importante. Por eso complican tanto las cosas. En este sentido, el estudio de ANECA pone de manifiesto este embrollo de la actual enseñanza que conduce a un título de postgrado. Se asegura que estos estudios tienen una “naturaleza difusa”: a veces incluye la suma de máster y doctorado o la suma de cursos de especialización que permiten alcanzar un máster, un doctorado o ambos, o un camino hacia el doctorado o una forma de seguir formándose para conseguir la inserción laboral.
Proyección internacional

El sistema  universitario enmarañando por un lado y el gobierno vistiendo de gala una situación para nada confortante. La promoción del sistema universitario español, para atraer a los mejores estudiantes e investigadores extranjeros y aumentar la movilidad internacional de los universitarios españoles, es teóricamente objetivo prioritario el gobierno, que recientemente ha aprobado la constitución de la Fundación “Universidad.es” (supongo que el "punto es" significa que habrá una página web, que por ahora no existe). La Fundación contará en teoría con una estructura estable dedicada exclusivamente a contribuir al proceso de dinamización internacional del sistema español de educación superior. Este espacio serviría, por tanto, para reforzar el papel de España en el contexto internacional, así como para posicionar al sistema universitario español entre los más atractivos y competitivos del mundo, por su calidad docente e investigadora.

La creación de la Fundación se enmarca en la Estrategia Universidad 2015, proyectada para modernizar las universidades españolas mediante la promoción de la excelencia docente y científica, la internacionalización del sistema universitario y su implicación en el cambio económico basado en el conocimiento y en la mejora de la innovación.

De palabras anda el juego. Veremos si las bellas palabras se convierten en acciones reales. Por ahora, lo único que palpan los investigadores jóvenes es la precariedad y la dificultad para seguir investigando una vez se ha acabado la beca que tanto les ha costado adquirir. Desde mi posición de observadora, es también desagradable ver que, a pesar de su imprescindible implicación en proyectos de investigación, a pesar de que su nombre aparezca en revistas prestigiosas y a pesar de trabajar-estudiar, el trabajo de los jóvenes investigadores no es reconocido en la mayoría de los casos. El campo de la investigación científica es de los únicos que tiene becarios pasados los 30 años. Pocas probabilidades hay, además, de trabajar en el sector privado.

El tercer informe INNOVACEF, llevado a cabo por el Centro de Estudios Financieros (CEF) en colaboración con la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI), no es alentador a pesar de los esfuerzos del gobierno. En este informe se trata de conocer el índice de confianza de los jóvenes investigadores españoles con el sistema universitario español, que este año se ha situado en aproximadamente un 42%. Escasa confianza. El mismo índice de confianza para aquellos que investigan en el extranjero es de casi el 67%. La diferencia es notable. Las diferencias continúan si se observan las perspectivas favorables de ser contratado tras el postdoctorado: en el extranjero estas probabilidades se triplican literalmente. El informe reconoce, sin embargo, las carencias que también se producen en el extranjero en relación con las patentes o las aportaciones privadas. En un momento en que el desafío en la economía y en la sociedad del conocimiento se basa en la atracción y retención de talento, lo que pasará probablemente en España es que continúe la tradicional fuga de talento español al extranjero y, además, los propios extranjeros no vengan.

El sistema universitario no cesa en embrollar la situación de postgrados, másteres y doctorados. El gobierno no cesa en "esforzarse" y de vestir de gala con palabras una situación precaria. Mientras tanto, los más afectados siguen desarrollando su vocación a la espera de, algún día, poder llevar a cabo una verdadera carrera investigadora que les motive y que, además, les pueda dar de comer.

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jueves, 23 de octubre de 2008


El investigador canadiense Jacques Genest (Universidad McGill, Montreal) acudió en agosto a un encuentro europeo de cardiología que tenía lugar en Munich para glosar la implicación de los genes que regulan el metabolismo lipídico en el riesgo cardiovascular. Periodistas médicos de todo el mundo aguardaban en una rueda de prensa sus esperadas revelaciones, pero Genest optó por aparcar lo puramente científico en pro de lo educativo.

JORDI MONTANER

“Sólo valen estas cinco normas para combatir el riesgo cardiovascular: comer bien (mucha calidad, poca cantidad), ejercitarse (de forma regular, que no intensiva), no fumar, cumplir con el tratamiento prescrito por los médicos y…” Los informadores intercambiaban, decepcionados, miradas de desaprobación; el reputado experto salía al paso con consignas triviales, aburridas, pero exigió mucha atención para su quinta norma: “practicar la serenidad”.

Recordó que en el país anfitrión del encuentro, Alemania, no sólo se gestaron en los años sesenta las primeras investigaciones que dieron paso a la síntesis de las estatinas (fármacos empleados contra la hipercolesterolemia), sino que se acuñó una de las mejores reflexiones sobre la serenidad jamás formuladas, la que llevó a cabo el filósofo Martin Heidegger (1889-1976), jugando con las palabras y a propósito de un homenaje al músico Conradin Kreutzer.

“Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales del pensar, todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento… La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes… Hoy día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante y con la misma rapidez… La creciente falta de pensamiento reside, pues, en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida ante el pensar. Esta huida ante el pensar es la razón misma de la falta de pensamiento.”

Matiza el autor de Ser y tiempo (1927) que no es que no usemos la inteligencia. “Cuando estamos faltos de pensamiento no renunciamos, sin embargo, a nuestra capacidad de pensar. La usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar… Planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados, y este cálculo caracteriza todo un pensar planificador e investigador; semejante pensar sigue siendo cálculo, aun cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta y calcula especula con posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a la siguiente sin detenerse nunca ni pararse a meditar. El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es.”

En consecuencia, Heidegger define dos tipos de pensamiento, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificable y necesario: el pensamiento calculador y el pensamiento meditativo. A este último atribuye el pensador teutón la potestad de la serenidad (gelassenheit, en alemán). Advierte asimismo que dicha facultad exige un largo entrenamiento, requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico.
“Hoy todo el mundo puede leer lo que se dice sobre el mundo en cualquier revista llevada con competencia, o puede oírlo por la radio (estas palabras fueron pronunciadas años antes de la televisión y de Internet); pero una cosa es haber oído o leído algo, esto es, tener meramente noticia de ello y otra cosa es reconocer lo oído o lo leído, es decir, pararse a pensarlo.”

Pararse a pensar supone valorar el “sí” y el “no” de la noticia por igual. “La serenidad requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única o en una sola dirección… Con esta actitud dejamos de ver las cosas tan sólo desde una perspectiva técnica.” El sentido de lo puramente técnico se oculta, y Heidegger denomina a la actitud por la que nos mantenemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico “apertura al misterio”.

La serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, explica, se pertenecen la una a la otra; nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto, nos prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y subsistir, residiendo aún en el mundo técnico pero al abrigo de su exclusividad… “Cuando se despierte en nosotros esa serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, entonces podremos optar a un nuevo arraigo y a un nuevo fundamento”, sentencia el controvertido filósofo-poeta, quien también dejó escrito:  

“Camino y balanza,
Vereda y leyenda
Coinciden en su derrota.
Marcha, pues, y sobrelleva
Ausencia y pregunta
Siguiéndote por el sendero
Cuando la pálida luz del alba crezca callada sobre los montes...”
 
El diccionario de la lengua española aporta dos entradas para serenidad: tranquilidad, calma, apacibilidad; título de honor de algunos príncipes (su serenidad). A modo de sinónimos,
aplomo, aturdimiento, desconcierto, estoicismo, filosofía, impavidez, pacifismo, sensatez y temple. Rudyard Kipling una vez escribió: “La victoria y el fracaso son dos imposibles, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y con un saludable punto de desdén”.

Culmino esta reflexión en plena noche de fin del verano, en la terraza de un café bávaro y con la luna llena temblando reflejada en una taza de porcelana surtida de té negro. Cuentan que en la luna subsiste un Mar de la Serenidad sin agua. Lin Yutang decía que “una conciencia tranquila nos hace serenos”; por cierto, “serenidad” en chino se escribe así:
安静;沉着;平静;晴朗.

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