Cuando mi jefe me propuso impartir unos talleres de comunicación científica para investigadores en un congreso organizado por nuestra asociación en Toronto (Canadá), mi primera reacción fue decir que no. Pánico escénico. Dudas existenciales: ¿Yo, acabada de salir de un postgrado de comunicación científica, intentando enseñar a otros cómo difundir su ciencia? Apañados iban los pobres.
María José Viñas
Pero tras meditarlo un poco, decidí liarme la manta a la cabeza y hacerlo. Al fin y al cabo, cuando me contrataron en la
American Geophysical Union me indicaron que existía la (por aquel entonces) remota posibilidad de que entre mis tareas estuviera ayudar a los miembros de la asociación a comunicarse mejor con el público y la prensa. Hasta entonces no se me había presentado la oportunidad, pero sí que había observado en múltiples ocasiones la necesidad de mejorar esta comunicación.
Así que mi jefe y yo nos pusimos manos a la obra: decidimos organizar dos talleres, uno sobre comunicación científica en general y otro centrado en los retos que se presentan al intentar discutir el cambio climático. Aunque mi jefe no estaba muy convencido de nuestro poder de convocatoria. “Si no conseguimos un mínimo de doce participantes en los dos talleres, los cancelamos”, me dijo.
Sin muchas expectativas, envié un mail masivo a los estudiantes que iban a presentar un póster o dar una charla en el congreso: en media hora ya había cubierto el cupo. Decidí dejar la inscripción abierta hasta la mañana siguiente para así poder tener algunos estudiantes en la lista de espera (en el caso de que alguien fallara). Al abrir mi email al día siguiente, casi me da un soponcio: tenía unas sesenta solicitudes para ambos talleres.
Decidí otorgar plazas según la respuesta que hubieran dado a una de las preguntas de la solicitud de inscripción: “¿Por qué quieres participar en este taller?” “Encuentro difícil explicar mi trabajo a mi familia y amigos, y cuando la gente me pregunta qué hago, mi respuesta a menudo es ‘Bueno, verás...’”, escribía una estudiante de la Universidad de Columbia, una de las mejores de Estados Unidos. La misma estudiante añadía “por otra parte, me frustra cuando veo cómo los medios de comunicación simplifican la ciencia y la explican de manera poco precisa, o incluso incorrecta. ¿Cómo puede uno presentar su trabajo de manera más sencilla, pero sin distorsionarlo?”. Por su parte, una estudiante del Politecnico di Torino (Italia) manifestaba “Creo que los científicos también juegan un papel en la sociedad, y si no son capaces de comunicar su trabajo al público y explicar a los políticos por qué deben creer en ellos, entonces su ciencia es sólo un ejercicio intelectual”.
Mi cometido fue organizar el primer taller (Comunicación científica). Al final acudieron once personas, en su mayor parte extranjeros estudiando un máster o doctorado en Canadá o Estados Unidos. Tras una breve presentación que incluyó los puntos más básicos de la comunicación científica (del estilo “evita la jerga científica, utiliza analogías cotidianas para describir tu ciencia, expresa por qué tu investigación te interesa a ti y cómo afecta a la sociedad, etc., etc.”) y una explicación de cómo funciona la prensa en su día a día y cuáles son las claves para una entrevista exitosa con un periodista, les puse a trabajar. Los dividí en grupos y les dije que grabaría en vídeo a unos cuantos voluntarios mientras explicaban, en tres minutos, sus áreas de especialización en términos comprensibles y, a ser posible, de manera entretenida.
La primera valiente fue una estudiante de doctorado en química en la Universidad de California en Irvine, que trabajaba en el campo de los aerosoles. Durante el primer minuto y medio explicó en términos muy claros para el lego en la materia el papel que juegan los aerosoles atmosféricos en la modulación del clima. Pero cuando le pedí que contara algo de su objeto de estudio concreto (isopreno, un compuesto que los árboles liberan a la atmósfera y que produce aerosoles secundarios de efectos dañinos), su explicación se hizo más densa y empezó a utilizar muchos más tecnicismos, poniendo en evidencia que a los científicos a veces les es difícil definir qué partes de su especialización le son familiares al público y qué partes le suenan a chino.
La segunda voluntaria lo hizo incluso mejor. Su especialidad era la descontaminación de suelos, y para explicar cómo funciona la técnica que su grupo utiliza para extraer un compuesto oleoso que estropea el agua subterránea (consistente en generar una carga eléctrica que eleva la temperatura del suelo y del contaminante), utilizó una buena analogía: “Lo que intentamos hacer es aspirar estos contaminantes con una máquina, pero como este contaminante es viscoso, como la miel, si intentas extraerlo tal cual lo único que aspiras es el agua subterránea. Pero con esta tecnología que utilizamos, al aumentar la temperatura hacemos que el contaminante se comporte más como agua que como miel, y así es mucho más fácil aspirarlo del subsuelo”.
Tras acabar su explicación, otra participante del taller (especializada en paleomagnetismo) comentó entusiasmada: “Es verdad que lo de las analogías funciona! Le he entendido mucho mejor así que si hubiera explicado su investigación en términos técnicos”. A lo que la especialista en descontaminación contestó, radiante: “No sólo eso: también es más divertido explicar la ciencia así”.