LoginRSS 2.0 Feed

lunes, 25 de mayo de 2009



Su fuerza vence la inercia y la gravedad. Su fórmula es bien simple: todo es igual a nada; cero equivale a infinito.





Autor: Aaron Escobar

JORDI MONTANER

Darwinistas y escolásticos andan a la greña con el creacionismo y la teoría de la evolución, el origen de la naturaleza; cuando, lo que subyace como incógnita, no es otra cosa que la naturaleza del origen.

Seamos originales y empecemos, a guisa de ejemplo, por el final. Que un día (o noche) se apague el sol, que el planeta que habitamos varíe su órbita y se pierda en lo inconmensurable o que la furia de un cometa mediano lo atropelle y que un agujero negro descomunal engulla toda la vía láctea como en un sumidero cósmico, son meras especulaciones… Lo que ocurra, cuando ocurra, dará al traste con más de 4.500 millones de años de evolución, con el origen y el final de miles de especies vegetales y animales, con seres humanos de todos los colores, tribus, géneros y edades. Será el fin de la Antártida y la Gran Barrera de Coral, pero también del Gran Cañón del Colorado, de Manhattan, de Florencia, de la Capilla Sixtina, de La Meca, de todos los museos y bibliotecas, de Internet, incluso de los libros por imprimir, las películas por editar o las canciones aún no grabadas… Todo, absolutamente todo, desaparecerá. Lo más apabullante es que lo hará sin dejar rastro ni memoria, como si nunca antes hubiera existido. Beethoven, Shakespeare, Cervantes, Buñuel, Miguel Ángel o Goya dejarán de ser inmortales; el somormujo lavanco, el oso pardo, la mariposa, el aroma de las flores, los truenos y la lluvia serán un sueño que nadie acertará a recordar. Luego una nada como sin antes.

Faltando poco para que Darwin se rascara la cabeza y probara de explicar al mundo su versión del origen de las especies, cuentan que Napoleón preguntó a Pierre-Simon Laplace, matemático de la época, qué lugar ocupa Dios en el orden del Universo. “Monsieur”, respondió el erudito, “no hace falta que esté en ningún sitio”.   

Tanto desamparo avasalla, se hace insoportable incluso para la ciencia. Puestos a salir de algún lugar, de algún vientre confortable, que no sea la nada; o, puestos a especular, que no sea por lo menos una sola nada y, si acaso, sean dos.

Todo apunta a que el huevo fue antes que la gallina y que, si tuvimos padre y madre alguna vez, andan lejos divirtiéndose, jugando a los dados. La vida es un orfanato cósmico. ¿Hay alguien? ¿Hubo alguien?

Werner Heisenberg, vencido por el frío desamparo en una noche de silenciosas estrellas, postuló un principio de incertidumbre. La incertidumbre en la posición de una partícula, según el físico alemán, multiplicada por la incertidumbre en su velocidad, es siempre mayor que una cantidad constante dividida por la masa de la partícula.

Albert Einstein no soportaba tan notoria aleatoriedad en la naturaleza y contestó a Heisenberg con una de sus más sinceras e infantiles aseveraciones: “¡Dios no juega a los dados!”. Presentía que la incertidumbre era sólo provisional, y la llamó relatividad.

La visión de Einstein era, en el fondo, lo que ahora denomina la física una “teoría de variable oculta”. Las teorías de variable oculta forman la base de una imagen mental del universo sostenida por muchos científicos y, prácticamente, por todos los filósofos. Incluso Dios, de existir, ¿estaría limitado por un principio de incertidumbre como el propuesto por Heisenberg y no podría conocer la posición y la velocidad de una partícula al mismo tiempo? De jugar Dios a los dados, explica Stephen Hawking, lo haría más como ludópata que como padre, agitando locamente el cubilete en un rincón secreto, donde nadie pudiera verlo.

Como no podría ser de otro modo, la teoría de los agujeros negros de Hawking no vino a arrojar luz, sino oscuridad, al principio de incertidumbre de Heisenberg.
“La posibilidad de predecir una combinación de posición y velocidad al mismo tiempo se antojaría una realidad, aunque la pérdida de partículas e información dentro de los agujeros negros presupone que las partículas originadas serían, necesariamente, fortuitas.”

Disfrutemos, pues, que somos fruto del azar; que la vida es frenesí, ilusión, y también sombra, ficción; que toda dicha es pardilla, que toda vida es pesadilla y que las pesadillas sueños son.

10:09 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (11)