Nadie habla de morir, puesto que es inevitable. Hablamos, en cambio, de matar y hablamos mucho; lo hacemos con miedo, con fervor, también con inexactitud.
JORDI MONTANERNo sólo vivimos muriendo, también matamos. Pese a que nuestro organismo no fue biológicamente diseñado para comer carne, el azar y la necesidad han aportado evolutivamente toda suerte de viandas a nuestra dieta. Nos horrorizan los crímenes, la simple visión de la sangre nos trastorna, pero en multitud de mataderos municipales hay matarifes a sueldo público que cercenan gargantas y despiezan carnes vivas para vivir. En zonas oscuras del planeta, mercenarios deambulan equipados con armas mortales o diseñan planes macabros para poner fin a muchas vidas; en despachos ministeriales, estrategas deciden bombardeos selectivos con un cálculo escrupuloso de las bajas previstas. Comemos, saldamos cuentas, hacemos negocio, instauramos políticas, procuramos justicia, nos vengamos o nos defendemos legítimamente en pro de asesinatos tan injustificables como justificados, y eso que matar es casi tan difícil como morir.
Si a lo largo del siglo XX la colectividad humana conquistó la democracia en su forma de vivir, va siendo hora de que haga lo mismo con la de morir. Por ahora, sólo quien gobierna otorga licencias para morir o matar. En Italia, una mujer que llevaba en coma desde 1992 falleció el pasado 9 de febrero “clandestinamente”, mientras el Parlamento debatía contrarreloj una ley para, más que mantenerla viva, evitar una muerte libre.
No podemos escoger cuándo nacer; sí, en cambio, cuándo morir, y eso plantea a los moralistas una controversia universal.
La Iglesia católica se pronuncia contra toda suerte de muerte programada (suicidio, aborto o eutanasia) por más que en sus textos sagrados no conste ninguna prohibición al respecto. Sansón, Saúl o Abimelec –en el Viejo Testamento- y Judas Iscariote –en el Nuevo Testamento- se suicidaron sin objeción moral ninguna. En el Nuevo Testamento, incluso, el suicido de Judas se justifica como una fórmula legítima de “arrepentimiento”. Puede que se tratara de un tic cultural de la región. Los defensores de la fortaleza de Masada, sitiada por los romanos, decidieron “heroicamente” poner fin a sus vidas antes que someterlas al invasor.
Los romanos, por su parte, crearon escuela en el arte del suicidio inspirados por sus predecesores griegos. La muerte de Sócrates, libando la cicuta de su copa con una pasma envidiable, o los postulados de Platón en los que el suicidio se equipara a la más digna de las muertes dieron pie a que, tanto estoicos como epicúreos se adhiriesen a la moda de morir de forma programada; para rabia, eso sí, de quienes perseguían su asesinato, que llegaban al extremo de enterrar el brazo del suicida alejado del resto del cuerpo por excéntrico despecho.
Y si en tiempos clásicos tuvieron buena acogida los suicidios, no fue a menos con las ejecuciones. En los circos romanos, cada temporada de combates se saldaba con la muerte en directo de millares de gladiadores. Tras la revuelta de Espartaco, el emperador mandó crucificar a seis mil esclavos y exhibir sus cuerpos clavados, a modo de postes, por todo el trayecto que va de Roma a Capua. El sacrificio de cristianos a manos de las fieras era otro espectáculo popular por entonces.
Lo curioso es que entre los bárbaros la muerte no tuvo mejor suerte. Al Valhalla de los vikingos sólo accedían quienes morían de forma violenta. Los esquimales o los nativos de las Islas Marquesas pensaban de forma parecida. Por preceptos de religiones bien distintas, en India o Mozambique, las mujeres de los hombres ilustres debían perecer sacrificadas cuando aquellos morían.
La Europa cristiana de la Inquisición cultivó en extremo la ejecución dolorosa (tortura) hasta una dimensión casi artística. La fiesta de los toros, aunque animales, pasó a denominarse nacional, y la caza cobró pronto la nobleza de un deporte. En la Francia post-revolucionaria las ejecuciones de guillotina eran lo más, al tiempo que los depósitos de cadáveres estaban abiertos al público a modo de distracción durante los fines de semana.
Como la del sexo, la moral de la muerte ha andado siempre por detrás de los impulsos; los lúbricos puede que hayan ganado ya la guerra por siempre, los agónicos, suicidas o asesinos, esperan su momento como sabios cazadores. En el intermedio, debates sobre el valor de la vida que, al desnudarse, se convierten en debates sobre el control de las vidas. Se fomenta aún miedo a morir; puesto que si no temiéramos a la muerte escaparíamos a todo control político y/o religioso.
Es el miedo a un lobo que no existe, que no amor al pastor, lo que mantiene juntos los rebaños, tranquilos e incautos, ignorantes. Su silencio es un sueño de carne y lana, un sacrificio redentor. Cuentan que un día una oveja, a la que pondremos por nombre Eluana o Ramón, abandonó el redil balando sola en la nieve, hacia una muerte segura. El pastor la rescató para guisarla meses más tarde. No era el miedo de que muriese lo que le empujó a hacerlo, sino el de que pudiese escapar. ¿No será que el miedo a vernos libres vence al de acabar muertos?