
Yo no estuve ahí. Todo lo que sé es lo que me han contado y lo que he leído: la policía desalojó a medio centenar de estudiantes; los estudiantes protestaban por el Plan Bolonia; hubo un herido de 10 años. Nadie ha dimitido; ningún responsable se ha sonrojado. Medio vivo como informador en la Universidad. Siento vergüenza.
XAVIER PUJOL GEBELLÍNo puedo evitarlo. Por edad, me ha tocado correr delante de los otrora grises. Protestábamos, nos manifestábamos, por las libertades. Por todas y cada una de ellas, incluida la de estudiar y formarnos en valores y contenidos. Después fueron marrones y azules. Nos ganamos, aunque algunos sostengan que nos lo dieron, el derecho a voto y lo ejercitamos; y había cabos sueltos por atar, y queríamos atarlos. La libertad, en el sentido más amplio, no se consigue en un día. Aprehendidas las colectivas, saltamos al ruedo de las individuales. Corrimos (y nos pegaron), por el derecho de objeción, por el derecho a abortar, por el derecho a divorciarnos, por el derecho a vivir en pecado, por el derecho de no tener que dar explicaciones, por el derecho de hacer de nuestras vidas nuestros propios proyectos.
Y sí, nos relajamos; y pasamos a ocuparnos de otras cosas. Muchas de ellas menos vistosas, menos aparentes, pero tan vitales como nuestra propia vida. Los que no aún no lo teníamos, empezamos a construir nuestro currículum, el profesional y el personal. Vimos nacer a nuestros hijos y les hablamos de preservativos, de sexo, de sida, de drogas, de libertad. Nos mostramos desnudos, ese acto de provocación que hoy es normalidad; hablamos con negros, mestizos, asiáticos y africanos para demostrar al mundo que no éramos racistas (y aún no lo hemos logrado); nos mezclamos con gays y lesbianas y juntos descubrimos que todos éramos una misma cosa; trabajamos duro para darnos una oportunidad y procurársela y compartirla con los nuestros: nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros colegas, nuestros todos.
Entramos en masa a la Universidad; como estudiantes y como profesores. Conseguimos sacar la naftalina de los armarios y de las aulas y lo celebramos en las calles. Veníamos de la represión, de esa que interfería incluso en nuestra intimidad, en nuestras relaciones; de esa que tildaba de vagos y maleantes a quien se daba un beso por la calle y te obligaba a creer en un Dios tan todopoderoso como quien le ejercía de portavoz militarizado en las aulas, en las fiestas y en la cama. De esa que no te dejaba ser quien realmente eras, ni en la cabeza ni en las entrañas.
Entramos a tropel y nos creímos victoriosos. Disfrutamos de la movida, de la izquierda rosa, de los culturillas, de los porros y del alcohol. Nos colocamos en los sitios, ocupamos el poder y, claro, nos apoltronamos. Orwell tenía razón: las revoluciones, sangrientas o no, transformantes o no, acaban por no ser. ¿Recuerdan su profética granja?
Y los que leímos a Marx, al mayo francés, a la contracultura, aquí estamos. Ocupándonos de nuestras cosas mientras la televisión nos escupe a un puñado de estudiantes que trata de hacer valer su voz. Ocurrió en París en sus guetos marginales, y ardieron coches; ocurrió en Atenas, y mataron a un chico de 16 años; ha ocurrido en Barcelona, y han apaleado a un niño de diez años y a cuanto periodista se cruzó por su lado. Alguien, quien qué más da, dio la orden; a alguien, da lo mismo quien, se le fue la mano.
En París explotó una oleada de violencia juvenil a la que cuesta darle crédito; lo mismo en Atenas. ¿Será lo mismo ahora en Barcelona?
En la capital catalana la protesta que condujo al tumulto y a la respuesta manifiestamente desmesurada de la policía autonómica, la pretendida policía de proximidad llamada mossos d'esquadra, tenía mucho más que ver con el futuro que con el presente. Un puñado de jóvenes, muchos más de los que cuentan los medios, y con ellos un buen puñado de profesores, recelan del camino iniciado con el Plan Bolonia. Y los jóvenes protestan como lo hicimos nosotros: gritando en la calle, reuniéndose en asamblea, encerrándose en los claustros. Y llegado el caso, cantando y coreando contra las Fuerzas de Orden Público. ¿Recuerdan qué cantábamos, qué coreábamos? No ha pasado tanto tiempo. Aún no. Tal vez debiéramos mirar en qué se ha convertido nuestro retrato. Todos llevamos un Dorian Grey escondido.
No sé mucho de Bolonia. Tendrá cosas buenas y tendrá cosas malas, algunas excelentes y otras nefastas. Pinta, al menos a eso aspiro, como un intento para que las universidades europeas eliminen, de una vez por todas, sus fronteras, las mentales y las físicas. Una oportunidad para todos si las cosas se hacen bien; una oportunidad perdida, como otras muchas en esta Europa tan mal acostumbrada, si las cosas se hacen mal.
Intuyo, porque no lo sé, que algo debe estar haciéndose mal, porque la contestación, más allá de esa cultura del no que nos atrapa y nos enreda, y que tanto detesto, mucho me temo que no es el único argumento. Se acumulan demasiados errores, demasiadas desapariciones, demasiadas justificaciones para un proyecto que debiera ponernos en marcha.
Muchos de esos errores se acumulan en las espaldas de una Universidad, la española, que, salvo honrosas excepciones, todavía se mantiene en la mediocridad. No puede competir en igualdad de condiciones porque todos, rojos, azules, verdes y violetas, nos hemos negado la oportunidad de saber más y saber mejor. Claro que hemos mejorado, ¡pero queda tanto todavía por hacer! En la Universidad, en los Institutos, en la Escuela…
Yo no sé si los antibolonia llevan razón. Tampoco estoy muy seguro de que el método de protesta sea el adecuado, y no voy a ser yo quien se lo cuente. Lo que sí sé es que con cada cambio de color político en el Gobierno, cambian los planes de estudio, en Primaria, en Secundaria y en la Universidad; que España sacó mala nota en Pisa, que los profesores se manifiestan en las calles al grito de más medios y más estabilidad; que la burocracia aprieta –y en ocasiones ahoga- la investigación, la producción y el placer de saber. Mientras, las humanidades se ahogan en planes poco competitivos y las ciencias pierden vocaciones. Aquí y en Europa. Y los jóvenes protestan. Contra todo y contra todos, sí; pero también contra esta forma de entender las cosas.
Sí, los desalojaron (del rectorado de la Universidad de Barcelona). De forma limpia, según fuentes policiales, pero estúpida. Nadie atinó (los represores profesionales, los de antes, sí lo habrían hecho) que lo mejor habría sido en un fin de semana o durante las tan próximas vacaciones de Semana Santa. Y luego se liaron a tortazos. Pero a ciegas. Los de antes ya sabían dónde estaban los provocadores; y quienes eran.
Nunca los confundieron adrede con periodistas; especialmente si los informadores iban armados con micrófonos y cámaras (por cierto, fácilmente distinguibles, incluso de noche); y mucho menos con niños de diez años. Eso hicieron. Alguien dio la orden. Alguien ha encargado una investigación interna; alguien depurará responsabilidades.
Universidad, Bolonia, policía. No es normal. Hoy no debería ser normal. Hay cauces e inteligencia, o al menos eso supongo. Pero también adivino un salto cultural, una brecha, mucho más profundo de lo que imaginaba. Ellos no son como nosotros; no lo son y no lo entendemos. Pero corrimos en las calles para que ellos, que son distintos, tuvieran su oportunidad. Y no: nuestra respuesta, la callada; y la policía; y permitimos que pegaran a niños y a periodistas, a nuestros garantes en tiempos y situaciones difíciles. ¿Lo sabía Orwell? ¿Sentiría la misma vergüenza que yo al escribirlo?