Pongamos que todo empezó en los años cincuenta, cuando el mundo se creía rico y pobre, bueno y malo, en paz y plagado de bombas. Aquella esquizofrenia tuvo un impacto singular sobre las artes y la cultura. Empezó a hacerse un cine que nunca antes se había hecho, una pintura, una escultura, una arquitectura, un diseño, una fotografía, una danza, un teatro, una música y una literatura nuevas, rompedoras, revolucionarias… El nuevo periodismo es un hijo bastardo de aquellos cambios socioculturales, cuya marca de nacimiento más célebre fue la redacción de un libro escrito a modo de reportaje: In cold blood (a sangre fría), de Truman Capote. La crítica encumbró de inmediato aquella novela de no ficción, escrita por un personaje que tampoco se llamaba Capote (su nombre verdadero era impronunciable: Truman Streckfus Persons) y donde se combinaban elementos literarios con otros propios de la investigación periodística, de forma que una reconstrucción falsa de los hechos rezumaba verdad por los cuatro costados.
JORDI MONTANEREn las letras anglo-sajonas no faltaron quienes se montaron de inmediato a la ola del nuevo periodismo: Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson,… Por pagos más latinos, un genuino periodista, Gabriel García-Márquez, había convertido en 1955 el reportaje Relato de un náufrago en piedra de toque para el recién encunado estilo de narrar, de contar.
Pero el nuevo periodismo no podía ser lo que pretendía sin colgarse una etiqueta de rebelde, de contracultural, de subterráneo. Se empezó a hablar entonces de un periodismo gonzo, underground, y todas sus plumas jugaron a ser escritores malditos. Tics aparte, era obvio que el periodismo tradicional se hallaba por primera vez en su historia ante una encrucijada de estilos. Las escuelas donde se enseñaba a los periodistas a ser notarios de la realidad se vieron pobladas de una fauna distinta: manguitos y viseras fueron sustituidos por gafas oscuras, gabardinas por cazadoras, sombreros por toupés y brillantina, y la música de ascensor por jazz o rock and roll. La “generación beat” que retrató Jack Kerouac, precursora de los hippies (feminización del movimiento beat, merced a una presencia social mucho más fuerte de la mujer, que falta hacía) se desvivía por experimentar nuevas emociones para cuyo relato emplearía desde entonces algo denominado “prosa espontánea”.
El periodismo tradicional se hizo viejuno por momentos. En España tuvo, hasta entrados los setenta, una de sus últimas reservas morales; pero la democracia española acabó también por deshacer viejos clichés y empezó precisamente con el periodismo.
Los aires de cambio llegaron más tarde a otros ámbitos como la política, la ciencia o la religión, aunque no de forma tan significativa.
La nueva corriente periodística se caracterizaba por aplicar recursos y técnicas de la literatura de ficción al reportaje, pasando luego a remozar el modo de escribir informaciones, crónicas y entrevistas. Los periodistas empezaron a escribir auténticos relatos, utilizando diálogos de gran realismo, descripciones muy detalladas, caracterizaciones y un lenguaje tan moderno como fuera posible. La radio tuvo su mejor gema con el experimento que Orson Welles llevó a cabo en Nueva York, adaptanto “La guerra de los mundos” a una rabiosa actualidad; y la televisión lo tuvo mucho más fácil: bastaba con dejar que las cámaras hablaran por sí solas, desnudando la realidad hasta lo más íntimo.
La ciencia puso alas a este nuevo estilo de comunicación con una tecnología popularizada en extremo, aunque hablar de ciencia no ha sido nunca tan complicado como ahora…
Por una parte, el umbral cognitivo de la ciencia actual, en comparación con lo que se sabía hace cincuenta años, se antoja estratosférico. Basta hojear un libro de texto de tercero de ESO para comprender que lo de que “las ciencias avanzan que es una barbaridad” es mucho más que una coletilla zarzuelera.
Enarbolando la bandera de la libertad de expresión, todo propósito comunicativo se tiene por legítimo, para regocijo de la industria mediática y para desesperación de políticos y científicos, enfrentados a una verdad nada sencilla de explicar y, por motivos distintos, siempre celosa de su pudor. En el aire, por antena, ante la pantalla de un televisor o en la primera página de un periódico, una cifra inexacta, una palabra condenada, un nombre propio o una realidad poco guisada, asustan. En el otro extremo, que la información tenga éxito preocupa mucho más que que sea buena o incluso veraz y, de esta guisa, los informadores cocinan lo extraño, lo ridículo, lo chistoso, lo vergonzoso e incluso lo cruel mejor que nada… Es la nueva cocina del periodismo, la de una realidad reducida al absurdo. En estas circunstancias, amasar la cantidad de información de que se dispone evita salir a la calle y visitar el remoto lugar de los hechos. Las exigencias de precisión, verificación, objetividad o investigación se sustituyen por la mordacidad y la prisa.
En estas circunstancias, hablar al mundo sobre la trascendencia de las reacciones cruzadas, la inmunoglobulina G4 y las respuestas anticuerpo, o la inflación, suena a falso. Los departamentos científicos y políticos cuidan de elaborar sus propias notas de prensa para evitar que el nuevo periodismo, el de ahora mismo, lo haga por ellos. Incluso en la comunicación más coloquial, ya casi nadie habla en serio; sólo hay espacio para la broma, lo falaz. La verdad, por silenciosa, parece haber muerto.
Creo en el periodismo, también en el periodismo nuevo; pero, como ponía de manifiesto hace unos meses Iñaki Gabilondo en la inauguración de la Universidad de Verano “Ramon Llull” de Barcelona y a propósito de este oficio, algo está cambiando de manera irreversible. No sin cierta tristeza, Gabilondo admitía que los periodistas hemos perdido de vista la realidad; no la propia realidad, sino la realidad del “otro”, de ese otro que es quien da pleno sentido a la profesión. En tono llano y directo, Gabilondo acusó que no se trata tanto de un problema de ética como de decencia. “Hemos pasado de servir a la libertad a servirnos de ella.”