La última película de Amenábar tratará la vida de Hipatia, la primera científica y filósofa de occidente, que contribuyó al desarrollo de las matemáticas y la astronomía. Se la ha tildado más de una vez como la primera mujer científica. Afortunadas somos las mujeres por poder dar nombre y apellidos a quien fue nuestra primera "representante" en el mundo de la ciencia. ¿Conoceríamos el nombre del inventor del fuego si hubiera sido una mujer? No porque no había manera de grabarlo. Si no, pondría la mano en el fuego (nunca mejor dicho) de que sí.
Núria Llavina
Lo curioso del caso es que ésta es la tendencia actual en la mayoría de disciplinas y campos de investigación. Y la tendencia de hace montones de años atrás. Ya en el siglo XIX, el gran homenajeado de este año, Darwin, aseguraba en su publicación El origen del hombre y de la selección en relación al sexo: «se admite que en la mujer los poderes de la intuición, la percepción y quizás la imitación son más relevantes que en el hombre, pero alguna de estas facultades son características de las razas inferiores y, por lo tanto, de un estado de civilización pasado y menos desarrollado». Toma ya (y se quedó tan ancho). Y añade que el hombre macho (no sólo el ibérico) posee más capacidad adaptativa y más versatilidad que la mujer y que, por tanto, solamente dicho sexo masculino es el elemento de progreso en todas las especies.
Alguien me dirá… “¡Pero si en aquella época esto era lo era normal, MUJER!”, por la mirada masculina como centro del mundo (androcentrismo), que es lo que se llevaba y tal. Pero lo cierto es que pensadores contemporáneos a Darwin pensaban de forma mucho más progresista sobre la mujer. Por ejemplo, Johann Jakob Bachofen, considerado el gran teórico del matriarcado; Thomas Hunt Morgan, gran genetista que ejerció de profesor en una escuela para mujeres durante años; el filósofo Friedrich Engels que, junto con Karl Marx, equiparaba la dominación de clase con la dominación de la mujer; o el británico John Stuart Mill, que publicó la obra La esclavitud de la mujer y reivindicaba el fin de las diferencias entre sexos.
Ingenio y falsas identidadesHipatia, natural de Egipto y nacida en el año 355 dC, murió hacia los 60 años linchada por un grupo de cristianos en medio de las luchas políticas entre el patriarcado alejandrino y el poder imperial. Se la recuerda casi como un mito, como una “mártir de la ciencia” y a la vez como una autoridad científica y una autoridad femenina. Y es que ya en esa época la mujer debía reafirmar su condición de mujer si de alguna manera quería reafirmar su condición de científica. Y sea cuál sea el motivo real de su muerte, lo cierto es que causó tal revuelo en la sociedad de su época y en las posteriores que su personaje se ha mitificado y de ella se han hecho películas, novelas y publicaciones teóricas. Incluso varias revistas deben su nombre a Hipatia. Sin menospreciar a la nariz de Cleopatra, lo cierto es que esta mujer la lió bastante. Y sin necesidad de seducir a nadie casi provoca un lío padre entre religiosos y no religiosos
De hecho, Hipatia, nunca se casó; tampoco otras matemáticas de la historia, como la italiana Maria Gaetana Agnesi, a quien el papa Benedicto XIV propuso como profesora en la Universidad de Bolonia en el siglo XVIII (oferta que rechazó para dedicarse a curar mujeres enfermas), o Emmy Noether, en el siglo XIX. Como Hipatia, éstas consiguieron entrar en círculos masculinos que reconocieron su labor, lo que provocó que pocos hombres se sintieran preparados para contraer nupcias en condiciones tan controvertidas. Más astuta fue la rusa matemática Sonya Kovalevsky, que en 1868 se casó con el paleontólogo Vladimir Kovalevsky. Ambos planearon una unión de conveniencia que permitió a la científica viajar por toda Europa e investigar como una respetable mujer casada. Menos en Francia, que en aquél momento era el país más descaradamente machista y declaraba literalmente y sin rodeos que las matemáticas iban mucho más allá de la capacidad mental femenina.
Pero de las situaciones incómodas saca la mujer su ingenio femenino. La francesa Sophie Germain consiguió escaparse del androcentrismo francés y hasta se erigió como una gran teórica matemática, ya que aportó grandes avances en lo que ha sido el mayor enigma de la historia de las matemáticas, el Teorema de Fermat. Eso sí, con una falsa identidad y fingiendo ser un hombre, que le permitió estudiar en la recién abierta École Polytechnique de París (fundada para crear matemáticOs francesEs de excelencia). Asumió el papel de un antiguo alumno de la Academia Francesa de las Ciencias, Antoine-August Le Blanc, que había abandonado París sin que la École lo supiera.
No, no se vistió de gala ni se puso bigote ni usó monóculos (hubiera sido de lo más peliculero). La verdadera Germain recibía por correo los apuntes y problemas que teóricamente debía recibir el verdadero Le Blanc. Tanta fue su brillantez ante las respuestas a los problemas que uno de los profesores más ilustres y matemáticos más importantes de la época, Lagrange, quiso conocerle/la. El miedo de Germain se tornó en agradecimiento cuando el matemático quedó encantado con su nueva alumna y amiga. También el famoso descubridor de la campana de Gauss, eso es, Carl Gauss (ahora entiendo lo de la campana), aseguró, tras la muerte de la matemática, que Germain fue con toda probabilidad la intelectual femenina más profunda que Francia jamás había engendrado.
Superando dificultadesLas historias de mujeres científicas siempre sobrellevan dificultades que ellas mismas trataron siempre de superar a través del ingenio y de la reafirmación de la condición de mujer. No por muchas vicisitudes dejaron de intentarlo, y hasta de las "brujas" más "brujas" se han logrado teorías como la de la famosa "bruja de Agnesi" (la misma Agnesi comentada antes), que traducido de forma correcta debería ser algo parecido a "curva de Agnesi". Un mal traductor inglés confundió la verdadera palabra versiera (cuerda o cabo que hace girar la vela) por avversiera (diablesa en italiano). Nadie se molestó en arreglar el pequeño error en su momento. Las brujas, brujas son.
Creo que le voy a hacer caso a un estudio reciente de la Universidad de Stanford publicado en la revista
Psychological Science. En él se asegura que si un hombre y una mujer sacan una misma nota, en realidad es la mujer quien tiene más potencial, porque el histórico estereotipo femenino la ha llevado a infravalorarse a ella misma. Pongamos a un hombre y una mujer que consiguen un mismo teorema, en la misma aula, con los mismos profesores y compañeros (los investigadores lo llamarían amenazas estereotípicas). Para llegar a la conclusión, ella debe superar primero el estigma de ser mujer; después se pone a trabajar. El hombre sólo debe dedicarse a trabajar, y con mucho más tiempo disponible llega a la misma conclusión. Me quedo con ella.