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Nada es el origen de todo

Enviado el jueves, 19 de febrero de 2009 14:29

“Charles Darwin: 200 años después de tu nacimiento, la Iglesia de Inglaterra te debe una disculpa por malinterpretarte y por, además de tener una reacción equivocada, haber animado a otros a no comprenderte tampoco…”
A mediados de septiembre el rotativo The Daily Telegraph incluía una nota breve entre sus páginas en la que la Iglesia anglicana pedía perdón a Darwin por haberse opuesto de manera “excesivamente emocional” a su teoría de la evolución, publicada en 1859 bajo el título El origen de las especies por medio de la selección natural.
La declaración de disculpas fue redactada por el reverendo Malcolm Brown, director de misión y asuntos públicos de la Iglesia de Inglaterra, y aparece también “colgada” en una web de la propia iglesia anglicana que, afirma, promoverá desde ahora las ideas de Charles Darwin.


JORDI MONTANER

Los anglicanos admiten que se dejaron llevar por “un fervor antievolucionista” y que actuaron de una manera demasiado emocional y a la defensiva cuando Darwin (1809-1882) expuso unas ideas que chocaban frontalmente con la interpretación bíblica de una creación del mundo en siete días, tal como se describe en el Génesis, y que el gran científico remataría en una obra posterior, El origen del hombre (1871), en la que se describe cómo el hombre desciende de un antepasado común con los simios.

La declaración de la Iglesia de Inglaterra reabre viejas heridas al recordar que los anglicanos, con su oposición a Darwin, repitieron el error cometido por los católicos en el siglo XVII al obligar a Galileo a retractarse de las teorías copernicanas, según las cuales la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, como sostenían las teorías de Ptolomeo, consideradas hasta entonces como doctrina.

La historia de las relaciones de la religión con el avance científico está salpicada de críticas y descréditos mutuos que, comunicados de este tipo, parecen llamados a reparar. No obstante, el desafío conceptual que Darwin puso en su día sobre la mesa amenaza los fundamentos mismos del liberalismo de base religiosa, por lo que no es de extrañar que en Estados Unidos más de uno se haya llevado las manos a la cabeza y, desde legítimos puntos de vista contrarios a la teoría de la evolución, como los del creacionismo o el diseño inteligente, se contraataque con fuerza. Fundaciones de vocación científica invaden los hogares de la televisión digital con documentales que sutilmente cuestionan las débiles conclusiones que Darwin formuló en su momento (aunque la ciencia adoptó de manera universal, con el apoyo de investigaciones ulteriores). Su principal actividad consiste en negar en mayor o menor medida la validez e importancia de las explicaciones evolutivas sobre el origen de las estructuras biológicas, para concluir que su creación necesariamente obedece a una intervención directa, la de un ser inteligente. Este diseño inteligente es presentado por sus seguidores como una alternativa al darwinismo; pero sus detractores esgrimen que, al no formular hipótesis contrastables, el principio del diseño inteligente rehúye los requisitos del método científico y ubica la controversia exclusivamente en un ámbito sociocultural.

Como que la teoría de la evolución dispone de una compleja evidencia científica que el creacionismo tampoco contrargumenta (puesto que su discusión no pretende rebatir, sino sólo poner en duda), las ideas creacionistas no han sido implementadas en el sistema educativo de ningún país del mundo, a excepción de algunos estados de Estados Unidos que hasta finales del 2005 proscribieron a Darwin de los libros de texto, hasta que una sentencia judicial prohibió hacerlo. Más fortuna ha tenido el creacionismo en países de tradición islámica integrista, en cuyos relatos creativos solo hay espacio para lo divino.  

La Iglesia católica juega en este tema la carta de la ambigüedad. No interpreta el Génesis de forma estrictamente literal, pero tampoco ve contradicción con la doctrina filosófica y religiosa creacionista en su alternativa a explicar el origen del universo a partir de la nada. Benedicto XVI pontifica que las ciencias naturales en general y la evolución en particular no podrán nunca explicarlo todo…

Explicarlo todo es una labor exhaustiva que tal vez no corresponda a nadie ni a nada. La ciencia, precisamente, se alimenta de lo no explicado (ni, tal vez, explicable). De 1831 a 1836, el biólogo inglés Charles Robert Darwin embarcó en la goleta Beagle para un viaje transoceánico de cuyas remotas observaciones transcribió la idea de una selección natural en el origen de las especies. A bordo sin paga, con sólo 22 años y en compañía del también naturalista John Stevens Henslow, Darwin exploró con más asombro que disquisición la diversidad de la fauna y flora en función de los distintos biotopos inspeccionados. Elucubró que la separación geográfica y las distintas condiciones de vida, junto al paso del tiempo, determinaban un cambio progresivo e independiente en las formas vivas. Su punto de vista enamoró a la Sociedad Geológica de Londres de por entonces, y le granjeó el respeto y la amistad de la élite intelectual de todo el mundo.

Los creacionistas argumentan que en las primeras hipótesis de Darwin no pesa tanto el empirismo científico como las ideas apocalípticas del economista británico Thomas Malthus, para quien el constante aumento de la población mundial que empezaba a darse entonces provocaría un agotamiento de los recursos naturales y una lucha por la supervivencia encabezada por los individuos más fuertes o mejor adaptados.

Pero el mejor aval científico de Darwin vino de la mano de su compatriota Alfred Russell Wallace, un biólogo que en Malasia (hay que ver como instruyen los viajes largos) había llegado a sus mismas conclusiones con respecto al origen de las especies. Ambos decidieron publicar conjuntamente un artículo en el órgano de la Linnean Society de Londres titulado Sobre la tendencia de las especies a crear variedades; y sobre la perpetuación de las variedades y de las especies por medio de la selección natural.

El creacionismo destapó sus esencias anti-darwinianas muy temprano, ya en 1875, cuando el teólogo Charles Hodge acusó a Darwin de negar la existencia de Dios al definir a los humanos como el resultado de un proceso natural en lugar de una creación divina. Hoy actúa como un lobby ideológico no falto de apoyos políticos (George Bush o Sarah Palin) y al que no parece asustar que, según una encuesta reciente de Gallup, el 44% de los estadounidenses crea que el mundo tiene menos de 10.000 años de edad.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Qué es la verdad? Lo bueno de las ideas religiosas es que se alimentan de fe y no de una evidencia, el verdadero talón de Aquiles del evolucionismo o de la ciencia en general. No hay respuesta a demasiadas preguntas. Objetivamente, decir que en el origen de todo está un ser inteligente (dios), hoy equivale a nada. Pero vivimos en un mundo de subjetividades; así que, cada cual a su asunto y sin tremendismos... Que lo que sea, será con independencia de lo que digamos o pensemos.


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