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jueves, 22 de enero de 2009



En este apabullante inicio del 2009 también sube el precio de los periódicos, aunque siguen antojándose baratos. El título obedece, sin embargo, a una película de igual nombre estrenada en 1994, escrita en tres actos, dirigida e interpretada por Nanni Moretti.





JORDI MONTANER

Su singularidad fue la de relegar el protagonismo narrativo a un diario, un cuaderno de apuntes en el que el narrador italiano daba cuenta de sus paseos en Vespa por las calles de Roma, de una envidiable visita a las Islas Eólicas del Mar Tirreno y de la nada envidiable experiencia de una enfermedad de Hodgkin (linfoma maligno) en carne propia.
De la primitiva oscuridad de las cavernas a la diminuta pantalla de una agenda palm, dar cuenta íntima de cuanto ocurre a nuestro alrededor o por nuestras cabezas es un ejercicio genuinamente humano. Los humanos, como especie, nos distinguimos precisamente por llevar un registro interpretable de lo ocurrido, de nuestra historia y, con independencia de la cultura generada por dicho hábito registrador (que no es poca), el registro en sí nos beneficia a modo de tratamiento, acicate o exorcismo.

La palabra cura; no sólo la palabra escuchada o leída, también la escrita y la gritada en voz alta. Nanni Moretti, en su película, tributa un homenaje al ejercicio íntimo de escribir cuanto nos pasa en un diario y descubre cómo a través de dicho ejercicio nos convertimos aún más en quienes somos.
Estrenar año es una ocasión perfecta para inscribir lo que nos pasa en una agenda, un diario, un dietario. La dieta, a fin de cuentas, es un plan que trasciende lo meramente alimenticio; es un programa de hábitos y actitudes, una colección de experiencias.

Incluso si el dietario se emplea de forma rutinaria para el cumplimiento de una dieta alimenticia, su eficacia también ha sido avalada por la evidencia científica. El pasado verano, la revista American Journal of Preventive Medicine daba cuenta de una investigación llevada a cabo en Portland (Oregon) por parte de Victor Stevens y su equipo de colaboradores. El experimento consistía en recetar una misma dieta alimenticia por espacio de seis meses a dos grupos de voluntarios con sobrepeso: uno que llevaba un registro más o menos pormenorizado de qué, cuando, cuanto, dónde y cómo comía, y otro que pasaba de escribir lo ingerido. El objetivo no era otro que el de adelgazar, y la sorpresa fue comprobar que los dietistas dietarizados adelgazaron el doble que los no dietarizados (que también adelgazaron por el simple hecho de seguir la dieta).

Proponerse algo y escribirlo, reflejar en un diario (agenda o dietario) cuanto ocurre, no cambia la extensión de los designios; pero sí afecta la intensidad con que los vivimos. Desde un viaje al tratamiento de una enfermedad grave, toda suerte de gozos y sombras merecen un ejercicio de introspección a través de la escritura, el apunte, la anotación.

En su investigación sobre el efecto de los dietarios sobre las dietas, Stevens concluía que resulta mucho más práctico ejercer un buen control sobre las cosas prohibidas que gustan a las personas con sobrepeso (chocolates, golosinas, salsas o bollos) que el mero hecho de prohibirlas. “Los voluntarios que declaran haber ingerido un puñado de cacahuetes en algún momento de la semana, no adelgazan tanto como los que anotan el número exacto de los cacahuetes ingeridos, con independencia del número anotado… Es una cuestión de conciencia.”

Del mismo modo que ser conscientes de lo que comemos nos ayuda a comer mejor (y menos), la conciencia de lo que pensamos, sentimos o experimentamos por medio de la anotación en un cuaderno sirve al propósito de una mejor existencia. Moretti asegura que el diario le salvó la vida; además de anotar en él escenas preciosas que luego le servirían para vestir el guión de una película con la que se dio a conocer como cineasta, registró en él sus infructuosos encuentros con toda suerte de terapeutas a fin de conocer la razón de sus achaques, hasta que un médico dio con la clave diagnóstica y puso a tiempo en marcha el tratamiento de la enfermedad. El caro diario de Moretti ilustra la diferencia entre vivir y sobrevivir, pensar en la vida y en la muerte. Escribir en él no resultó tanto una tarea, como una celebración.

En su libro Zen en el arte de escribir (Minotauro, 1995) Ray Bradbury suscribe la necesidad de plasmar en un papel aquello que permanece sumergido en el inconsciente durante demasiado tiempo. Fiel a lo que denomina “impulsos inconscientes y recuerdos”, todo tiene cabida a la hora de escribir no para lectores o críticos sino para uno mismo. Pormenores cotidianos, detalles autobiográficos, guiños de las musas, deseos y motivaciones, todo tiene cabida en este proceso creativo. Porque, amén de útiles, los diarios son también formas artísticas. “Arte para que la verdad no nos mate”, justifica Bradbury invocando a Nietzsche. Toma la pluma, aviva el estilo, mueve los dedos, escribe; prueba el poema, se pone prosaico… El autor de obras tan célebres de ciencia ficción, como Crónicas marcianas o Farenheit 451, se declara furibundo partidario de escribir y asegura que “más hizo Milton que Dios, aun borracho, para justificar los modos del hombre con el hombre”. Más filosófico, atisba que la escritura convierte a la muerte en “una dolorosa muela del juicio; extrae la verdad con las tenazas del arte y emploma el abismo donde estaba oculta, entre sombras, junto al tiempo y las causas”.

7:54 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1)