LoginRSS 2.0 Feed

jueves, 18 de diciembre de 2008






A ti o a mí. Las probabilidades de que un hombre sea diagnosticado de alguna forma de cáncer en los países más industrializados a lo largo de su vida rozan ya el 50%. Es como una ruleta rusa de dos participantes, empleando un arma de dos recámaras con sólo una bala.








JORDI MONTANER

Los expertos subrayan que, pese a que los avances y las perspectivas de supervivencia añaden hoy bastante luz a tan sombría enfermedad, el cáncer mata cada vez a más gente. Subrayan, asimismo, que no debe hablarse más de cáncer, sino de cánceres; de naturaleza sólida o líquida, existen docenas de cánceres diagnosticables, con incidencias, tratamientos y pronósticos muy distintos.

Hay quien cree aún que el cáncer es una enfermedad de la civilización, aunque tal vez debiera puntualizar de cuál. Se han identificado cánceres en restos humanos fechados hace 30 mil años. La palabra “cáncer” la acuñó Hipócrates hace 2.400 años y deriva de  karkinos (“cangrejo”, en griego), puesto que aquel médico identificó en algunos pacientes tumores internos con forma semejante a las pinzas de un cangrejo y que evolucionaban con un pronóstico fatal.

Antes incluso que Hipócrates, un papiro egipcio relató la primera operación quirúrgica para la extracción de un tumor sólido de que se tiene noticia... Ha llovido mucho desde entonces, y cada identificación de un tumor maligno sigue partiendo como un rayo; no por saber qué es, de qué se trata, uno queda más tranquilo. La ciencia ha acumulado muchos datos, pero sigue sin resolver cuestiones tan inquietantes como quién está más expuesto y quién menos, cuán larga o corta es la supervivencia de cada enfermo o qué garantías ofrecen los arquetípicos esquemas de prevención.

En favor de la medicina, cabe subrayar que su cometido no es tanto el de ahorrar muertes como de evitar sufrimiento, y los principales avances buscan combatir el dolor asociado a esta enfermedad de obstinadas pinzas.
Por lo demás, sabemos ahora que los tumores sólidos proliferan sobre todo en cinco escenarios: piel, próstata, mama, cerebro, páncreas y pulmón. Las buenas noticias son que el 80% de los melanomas diagnosticados en estadios precoces tiene curación. La cirugía sigue siendo la opción terapéutica principal para estos cánceres, pero la radio y la quimioterapia prestan también su apoyo. Lo último son los ensayos de una vacuna destinada a frenar el avance de los melanocitos.

Del cáncer de próstata, la lentitud de su progresión sigue encasillándolo como uno de los cánceres más curables, y en Estados Unidos se ha descubierto que su incidencia es significativamente mayor entre los hombres de raza negra. Con el cáncer de mama, las mujeres han conseguido una sensibilización social que ha dado también sus frutos dentro de los laboratorios. La herceptina es el primer tratamiento farmacológico capaz de combatir cánceres de mama en los que esté presente la proteína HER2neu, y un nuevo test genético puede identificar a las mujeres con riesgo de recidiva (reaparición del cáncer). En el cáncer cerebral, una mejor comprensión de los mecanismos moleculares por los que los tumores aparecen y proliferan podría dar pie bien pronto a vacunas del tipo de la del melanoma, sacando partido al sistema inmunológico para que “asfixie” a las células tumorales dejándolas sin riego sanguíneo. Por ahora, la clave terapéutica está en manos del bisturí, la radio- y la quimioterapia.

Los cánceres de páncreas y pulmón son los más difíciles de combatir. La cirugía puede hacer poco, y generalmente demasiado tarde. Siguiendo el camino de otros cánceres, se espera de los avances genéticos y moleculares que proporcionen nuevas vías de actuación; pero habrán de pasar muchos años y, mientras tanto, sigue vigente la prohibición de fumar.

Entre los tumores líquidos, las leucemias han experimentado un avance importante con la comercialización de fármacos que permiten hoy supervivencias a más de cinco años vista para más del 80% de los casos. Los linfomas corren suerte desigual. Los hodgkinianos, tenidos antes por fatales, empiezan a ser tratables y a presentar cifras esperanzadoras de supervivencia; los no hodgkinianos, en cambio, no es que tengan una peor evolución, sino que desde los años 70 han proliferado de manera progresiva sin que los científicos sepan aún explicar cómo.        

La radioterapia y la quimioterapia han salvado muchas vidas, pero sus orígenes esconden lagunas éticas importantes. No escapa a nadie que la radioactividad evolucionó a partir de proyectos militares no precisamente destinados a curar. En cuanto a la quimioterapia, el primer compuesto citotóxico tampoco se empleó por primera vez con fines precisamente médicos. El primer citotóxico de la historia, el gas mostaza, se utilizó por primera vez como arma militar durante la primera guerra mundial, y no fue hasta 1945, después de que varios militares fueran expuestos accidentalmente a esta sustancia, que los médicos descubrieron que los niveles de glóbulos blancos de los afectados eran sorprendentemente bajos… Esta observación llevó a los científicos a pensar en la capacidad de este agente para matar células, por lo que se comenzó su uso como oncotratamiento para enfermos con linfomas. Se recurrió, eso sí, a una administración intravenosa en lugar de la inhalación de gas.

Uno de los proyectos científicos que se antojan hoy más ambiciosos es el del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que ha destinado 100 millones de dólares a un nuevo centro en el que biólogos, bioquímicos y bioingenieros expertos en nanotecnología harán frente común contra los cánceres. Detrás de la iniciativa, una de las voces más aplaudidas de la lucha contra el cáncer: Lance Armstrong; titubeante ante su anunciada incorporación al Tour del año que viene, pero firme en su apoyo a los avances contra esta grave y pinzante enfermedad.

15:11 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (2)