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Serenata

Enviado el jueves, 23 de octubre de 2008 12:09


El investigador canadiense Jacques Genest (Universidad McGill, Montreal) acudió en agosto a un encuentro europeo de cardiología que tenía lugar en Munich para glosar la implicación de los genes que regulan el metabolismo lipídico en el riesgo cardiovascular. Periodistas médicos de todo el mundo aguardaban en una rueda de prensa sus esperadas revelaciones, pero Genest optó por aparcar lo puramente científico en pro de lo educativo.

JORDI MONTANER
“Sólo valen estas cinco normas para combatir el riesgo cardiovascular: comer bien (mucha calidad, poca cantidad), ejercitarse (de forma regular, que no intensiva), no fumar, cumplir con el tratamiento prescrito por los médicos y…” Los informadores intercambiaban, decepcionados, miradas de desaprobación; el reputado experto salía al paso con consignas triviales, aburridas, pero exigió mucha atención para su quinta norma: “practicar la serenidad”.

Recordó que en el país anfitrión del encuentro, Alemania, no sólo se gestaron en los años sesenta las primeras investigaciones que dieron paso a la síntesis de las estatinas (fármacos empleados contra la hipercolesterolemia), sino que se acuñó una de las mejores reflexiones sobre la serenidad jamás formuladas, la que llevó a cabo el filósofo Martin Heidegger (1889-1976), jugando con las palabras y a propósito de un homenaje al músico Conradin Kreutzer.

“Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales del pensar, todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento… La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes… Hoy día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante y con la misma rapidez… La creciente falta de pensamiento reside, pues, en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida ante el pensar. Esta huida ante el pensar es la razón misma de la falta de pensamiento.”

Matiza el autor de Ser y tiempo (1927) que no es que no usemos la inteligencia. “Cuando estamos faltos de pensamiento no renunciamos, sin embargo, a nuestra capacidad de pensar. La usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar… Planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados, y este cálculo caracteriza todo un pensar planificador e investigador; semejante pensar sigue siendo cálculo, aun cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta y calcula especula con posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a la siguiente sin detenerse nunca ni pararse a meditar. El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es.”

En consecuencia, Heidegger define dos tipos de pensamiento, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificable y necesario: el pensamiento calculador y el pensamiento meditativo. A este último atribuye el pensador teutón la potestad de la serenidad (gelassenheit, en alemán). Advierte asimismo que dicha facultad exige un largo entrenamiento, requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico.
“Hoy todo el mundo puede leer lo que se dice sobre el mundo en cualquier revista llevada con competencia, o puede oírlo por la radio (estas palabras fueron pronunciadas años antes de la televisión y de Internet); pero una cosa es haber oído o leído algo, esto es, tener meramente noticia de ello y otra cosa es reconocer lo oído o lo leído, es decir, pararse a pensarlo.”

Pararse a pensar supone valorar el “sí” y el “no” de la noticia por igual. “La serenidad requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única o en una sola dirección… Con esta actitud dejamos de ver las cosas tan sólo desde una perspectiva técnica.” El sentido de lo puramente técnico se oculta, y Heidegger denomina a la actitud por la que nos mantenemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico “apertura al misterio”.

La serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, explica, se pertenecen la una a la otra; nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto, nos prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y subsistir, residiendo aún en el mundo técnico pero al abrigo de su exclusividad… “Cuando se despierte en nosotros esa serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, entonces podremos optar a un nuevo arraigo y a un nuevo fundamento”, sentencia el controvertido filósofo-poeta, quien también dejó escrito:  

“Camino y balanza,
Vereda y leyenda
Coinciden en su derrota.
Marcha, pues, y sobrelleva
Ausencia y pregunta
Siguiéndote por el sendero
Cuando la pálida luz del alba crezca callada sobre los montes...”
 
El diccionario de la lengua española aporta dos entradas para serenidad: tranquilidad, calma, apacibilidad; título de honor de algunos príncipes (su serenidad). A modo de sinónimos,
aplomo, aturdimiento, desconcierto, estoicismo, filosofía, impavidez, pacifismo, sensatez y temple. Rudyard Kipling una vez escribió: “La victoria y el fracaso son dos imposibles, y hay que recibirlos con idéntica serenidad y con un saludable punto de desdén”.

Culmino esta reflexión en plena noche de fin del verano, en la terraza de un café bávaro y con la luna llena temblando reflejada en una taza de porcelana surtida de té negro. Cuentan que en la luna subsiste un Mar de la Serenidad sin agua. Lin Yutang decía que “una conciencia tranquila nos hace serenos”; por cierto, “serenidad” en chino se escribe así:
安静;沉着;平静;晴朗.

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