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jueves, 18 de septiembre de 2008

Ocurrió en septiembre. Era un día de demasiado calor. A las cuatro de la tarde, en una céntrica zona peatonal, el murmullo de los culebrones televisados se colaba por las ventanas abiertas entre agotadas conversaciones de sobremesa y el trasiego de platos, vasos y cubiertos. En la calle, frente a la puerta de un comercio cerrado, un grupo de niñas hacía corro bailando al son de la canción del verano…

JORDI MONTANER


De pronto, un ruido seco, casi sordo, hizo temblar el suelo y distrajo su atención. Como macabra aparición, un hombre enorme yacía en el suelo con brazos y piernas en posición inverosímil. Junto a su cabeza, un débil reguero de sangre iba abriendo una mancha roja en todas direcciones. Un silencio helado y entrecortadas exclamaciones de “dios mío” o “madre mía santísima” dieron paso a un ruido de persianas y la escena de multitud de cabezas asomando por ventanas, terrazas y balcones. Luego una sirena, luego otra, multitud curiosa con manos en la boca o la cabeza, retirada del cadáver, brigada de limpieza y, casi una hora más tarde, los comercios abrían las puertas y los transeúntes deambulaban por doquier como si nada hubiera pasado.

Cuesta pensar que algo así ocurre todos los días. El primer adulto en llegar a la escena del crimen apartó a las niñas, que rodeaban el cadáver con siniestra frialdad. Un agente veterano de la policía local llamó por radio a una patrulla mientras comprobaba el pulso inexistente del hombre tumbado. Como adivinando el origen de aquel fallecimiento, elevó la mirada hacia una ventana abierta con llamativas cortinas agitándose por fuera, unos seis pisos por arriba. Volvió a comunicar por radio e insistió a las niñas para que se apartaran y volvieran a sus casas. Luego se quitó la gorra y se frotó la frente con el brazo, quedando inmóvil como en posición de plegaria.  

Una muerte muy viva…

¿Es cierto que hablar del suicidio provoca más muertes? El pasado 17 de abril EL PAÍS publicaba un provocador reportaje titulado “Otra verdad incómoda” en el que daba cuenta de cómo el Consejo de Europa ha pedido ayuda a los medios de comunicación en la lucha contra el suicidio, particularmente de los más jóvenes, instando a que los políticos asuman también dicha lucha como prioridad.

El suicidio es una de las cinco primeras causas de muerte en el mundo. La OMS advierte que en el plazo de un año son más de un millón los suicidas que acaban cumpliendo su cometido. En España, la cifra de suicidios (3.300) supera de largo a la de homicidios (500).

Volviendo al caso que nos ocupa, el urbano –gajes del oficio– no se molestó a revisar los bolsillos del difunto en busca de alguna pista de identidad que sabía más que improbable. Miró de frente la cara del muerto, con los ojos todavía abiertos y una expresión + ausencia. El suicida, de mediana edad y complexión corpulenta, vestía una camiseta blanca, pantalones vaqueros y desprendía un fuerte tufo a alcohol. Por la cabeza del experimentado agente, más que barruntar si aquel hombre se había quitado o no la vida, persistía la reflexión de en qué consiste verdaderamente un suicidio.

Se trata de uno de los pocos tabúes que salvan los muebles en la desvencijada alcoba de la conciencia social. Policías, jueces, psicólogos y burócratas andan algo a ciegas con el asunto. Las sombras no escapan ni al Instituto Nacional de Estadística (INE), que ha optado por suprimir su casuística anual de suicidios y transvasar los datos de la inspección forense a las tablas de defunción por causa de muerte.

Accidentes, imprudencias u homicidios pueden pasar por suicidios y viceversa. Nadie lo niega, y pocos se atreven a marcar territorio. La OMS, puede que con menos pelos en la lengua, subraya que en el último lustro los suicidios han aumentado un 60%.

Ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo a la hora de dilucidar qué factores psicológicos, socioeconómicos, biológicos o ambientales se conjuran en una muerte así; pero insisten en la necesidad de pasar de puntillas por el suicidio y evitar toda elocuencia romántica al respecto.

… y romántica

Luis Rojas Marcos, desde la Universidad de Nueva York, admite la fragilidad de la ciencia a la hora de lidiar con el suicidio. No obstante, apoya la necesidad de hablar con franqueza de él para que la sociedad sepa cómo afrontarlo: “No podemos cerrar los ojos porque carezcamos de soluciones o dispongamos de recursos insuficientes.”

El suicidio existe, porfían los biólogos, desde el mismo origen celular; pero fueron los poetas románticos quienes más abrieron los ojos de la opinión pública acerca del suicidio, incluso a fuerza de cerrar los suyos propios con él y siempre con el conflicto a cuestas. Shakespeare, a través de Hamlet, llegaba a esta humilde conclusión: “Sabemos lo que somos, pero ignoramos lo que podemos llegar a ser”. La famosa historia del joven Werther, escrita por Goethe en pleno siglo XIX, fue censurada en algunos países de Europa. El suicidio, en realidad, no sólo sigue proscrito en los códigos penales de muchos países del mundo, sino que hablar o escribir acerca del tema puede llevar a multas o penas de cárcel.   

Alfred Alvarez, poeta y crítico literario del rotativo inglés The Observer, llevó a cabo en su libro “The Savage God” (el dios salvaje) un detalladísimo inventario sobre la presencia del suicidio en la literatura y en la sociedad. “El suicidio”, escribe, “ha dejado una mancha en la cultura que nada es capaz de quitar… Se trata de un mundo cerrado con su propia lógica irresistible”.

En “El mito de Sísifo”, el Nobel Albert Camus habla sin tapujos de un  “instante preciso, el sutil paso cuando la mente ha optado por la muerte”. Una muerte, explica, más afín a la naturaleza ºpropia del individuo que a las consecuencias ajenas que la tal muerte implica. “En cierto sentido, y como en el melodrama, el crimen de uno mismo  asciende a la categoría de confesión; confesando que la vida es demasiado terrible para entenderla de forma soportable.”  

Apoptosis

Se trata de la mayor de las frustraciones, la que no deja lugar a nada más, y su naturaleza puede estar más cerca de los artículos científicos que de las novelas ejemplares. En 1972, Kerr y colaboradores describieron en la revista British Journal of Cancer un proceso extraordinariamente complejo por el que algunas células son capaces de programar su muerte y burlar así la función para la que fueron concebidas. “Cada célula tiene, por decirlo así, un momento para vivir y un momento para morir”.

Los autores distinguieron una “apoptosis” de la necrosis que hasta entonces identificaba en exclusiva a la muerte celular. La apoptosis, a diferencia de la necrosis, consume ATP, cuya energía es utilizada para la activación de unas enzimas llamadas caspasas que, activadas en cascada, producen los efectos de una muerte programada.

Contrariamente a como ocurre si la célula muere por efecto de un tóxico o una infección, en la apoptosis la célula no se hincha sino que encoge. La membrana parece no sufrir cambios y no se muestran alteraciones destacables del citoplasma; en el núcleo, en cambio, la cromatina forma conglomerados y acaba por fragmentarse.

El suicidio celular, al contrario del humano, obedece a instrucciones muy concretas: señales internas que parten de las proteínas Bcl2 y Bax (alojadas en las membranas mitocondriales, el retículo endoplasmático y la envoltura nuclear) y señales externas de receptores como el Fas y el TNF (factor de necrosis tumoral), cuyo estímulo desencadena una producción de caspasa 8 y el inicio de la  muerte celular programada.

Más aún, Kerr y compañía hallaron que en una célula perfectamente sana y sin explicación aparente, la membrana mitocondrial puede empezar a expresar la proteína Bcl-2, unida a otra proteína llamada Apaf-1 y que, en caso de activarse, requiere la presencia de ATP, citocromo C y caspasa 9; este trío da lugar a un complejo bautizado con el nombre de apoptosoma, y a la ignición de una cascada de caspasas que conduce a la degradación de proteínas estructurales y ADN, de forma que la célula muere…

Cierto, hay un momento para vivir y otro para morir, de las células a los seres humanos. El debate del suicidio (o la eutanasia) debiera rendir, por tanto, mayor pleitesía a la historia natural de uno que a la moral de muchos.

4:52 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (0)