Primero llueve y luego deja de llover. Siempre ha sido así, pero nunca como ahora. Datos científicos avalan que el clima global se está viendo alterado por un aumento significativo de las concentraciones atmosféricas de gases como el dióxido de carbono, metano, óxidos nitrosos y clorofluorocarbonos. No está claro aún el grado de responsabilidad de semejante contaminación sobre el clima, pero haríamos el primo ignorando que los vilipendiados gases están atrapando una porción creciente de radiación infrarroja terrestre y pueden acabar elevando la temperatura planetaria entre 1,5 y 4,5 °C (un fenómeno popularmente conocido como “efecto invernadero”).
JORDI MONTANEROcurre en la Tierra –y es algo que conocían ya las tribus más prehistóricas– que todo anda conectado. Basta un cambio diminuto en la temperatura de la atmósfera terrestre para que los patrones de precipitación global y las corrientes marinas se vean alteradas. Se intuye que una alteración así introduciría importantes variaciones en los ecosistemas globales, pero es difícil calcular con exactitud qué es lo que acabaría variando a escala regional y en qué magnitud.
Trabajos científicos sugieren, sin embargo, que determinadas especies vegetales no sobrevivirían a tan minúsculo aumento de las temperaturas. Biólogos canadienses proyectan pérdidas de aproximadamente 170 millones de hectáreas de bosques en el sur de aquel país, mientras que otros 70 millones de hectáreas empezarían a crecer en zonas remotas donde hasta hoy imperaba la tundra ártica; en cualquier caso, el balance final sería de 100 millones de hectáreas perdidas. No cabe duda de que tan irreparable pérdida iría acompañada de la de múltiples especies vegetales y animales; aunque los seres humanos quedaríamos a salvo, ¿o no?
ExpuestosLos epidemiólogos fruncen el ceño cuando constatan cambios sustanciales en lo que concierne al clima. Alegan que la expansión del área de enfermedades infecciosas tropicales, más inundaciones que de costumbre en terrenos costeros y ciudades, tormentas más intensas o aumento de sequías tienen un influjo determinante sobre la salud humana.
Los más relajados aclaran que la previsión de cambios en los próximos 100-150 años se basan solamente en modelos de simulación y que la contaminación humana no es la única culpable de que la Tierra se entibie.
Aun así, reconocen que la reducción de la capa de ozono se relaciona íntimamente con un aumento del número de casos de cáncer de piel. Un calentamiento global promedio de entre 1,5 y 4,5 °C llevaría también, como consecuencia, un aumento de horas de sol al día y un enfriamiento progresivo de la estratosfera. El ozono estratosférico filtrará menos radiación ultravioleta dañina. Dicho ozono, se forma a través de reacciones fotoquímicas que involucran la radiación solar, una molécula de O2 y un átomo solitario de O-; también puede ser generado por complejas reacciones fotoquímicas asociadas a emisiones industriales y constituir un potente contaminante atmosférico en la troposfera superficial; su destrucción viene mediada por radicales hidroxilo, NO y cloro.
Los dermatólogos advierten ya en sus congresos que si el calentamiento del planeta aumenta y crecen las olas de calor, también lo hará el número de casos de cáncer de piel y de otras enfermedades graves, que incidirán especialmente en los grupos de personas mayores. Junto a las alteraciones dermatológicas, ocurriría que la calidad del aire empeoraría y favorecería la aparición de alergias, lesiones en los ojos y disfunciones respiratorias. Devastadoras enfermedades infecciosas que hoy quedan relegadas a las regiones tropicales se desplazarían a asentamientos inauditos y pasarían a provocar epidemias, transmitidas por mosquitos y garrapatas a través de la sangre. Paludismo, dengue, encefalitis o enfermedad de Lyme camparían a sus anchas por pagos bien cercanos al nuestro.
De Kyoto a China, pasando por EspañaEn Kyoto (Japón), 164 países de todo el mundo firmaron un protocolo de actuación gubernamental frente al cambio climático. España se comprometió a limitar a un 15% el aumento de sus emisiones gaseosas de efecto invernadero con respecto a los valores de 1990; no obstante, los inventarios que periódicamente realiza la Unión Europeo sobre el comportamiento de sus estados miembros en materia de contaminación, prevén que España será en el 2010 el segundo país más contaminador de Europa, con unas emisiones que sobrepasan en un 42% las de 1990. Por delante tendrá a Portugal, con un 44% más de emisiones.
Los científicos aseguran que el cambio climático forma parte de la evolución del planeta y se reivindica aproximadamente cada cien mil años. Sin embargo, no niegan que la actividad humana a lo largo de los dos últimos siglos ha modificado drásticamente el estado del planeta y si en buena parte de los países de Europa va a mejor, no puede decirse lo mismo de países con economías emergentes y una población cercana a los mil millones de habitantes, como China.
La dependencia mundial de los combustibles fósiles está siendo escrupulosamente calculada por parte de los gobiernos; pero en China no tienen prisa, el 30% de sus recursos energéticos proviene del carbón, hiriendo a la atmósfera donde más le duele. Hay quien alerta ya de un agotamiento no lejano (menos de 40 años) de las reservas de petróleo, algo más lejano para el gas natural (65 años) y muy lejano aún para el carbón (230 años). “Quien lía último leilá mejol”, dicen los chinos, pero antes habrán tintado de oscuro el cielo azul de todo el mundo… Ahorrar energía y limitar al máximo la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera no son ya una moda al uso ni una forma de conseguir ventajas fiscales, sino un requisito de supervivencia.