Las enfermedades infecciosas emergentes tienen en la actualidad una sigla adjudicada: EIE. Señal de que se están convirtiendo en un problema real y preocupante. Si hace unos años parecía que la medicina estaba ganando la batalla a este tipo de enfermedades, ahora resurgen nuevos adversarios que suponen graves amenazas para la población y cada vez mayor gasto para la sanidad pública. Por eso los países desarrollados están ahora muy centrados en esforzarse por la causa. ¿Pero se dirigen bien estos esfuerzos?
Núria Llavina RubioLa revista
Nature acaba de publicar el primer mapa mundial de las nuevas enfermedades infecciosas. Lo ha elaborado Peter Daszak, director ejecutivo del Consortium for Conservation Medicine de la organización Wildlife Trust, junto con un equipo procedente de cuatro instituciones estadounidenses y británicas. Una de las conclusiones que se extraen de este estudio gráfico deja en evidencia los esfuerzos que se están haciendo en pro de salvaguardar la humanidad de las futuras enfermedades emergentes. Se está apuntando mal, y la vigilancia se concreta en zonas en las cuales el riesgo de enfermedades infecciosas es relativamente normal o, en el peor de los casos, tirando a inexistente. Sin acabar de leer el informe, pondría la mano en el fuego (sin quemarme) afirmando que las principales víctimas potenciales y, por tanto, que reciben una mayor vigilancia, son los países más ricos.
Un mapa previsorEste estudio con mapa intenta descifrar cuándo, cómo y dónde surgirá la próxima amenaza en el ámbito de las nuevas infecciones. Se trata de encontrar el próximo SIDA o la próxima SARS, principales exponentes de lo que hoy en día aún son las principales causas de muerte en el planeta. Como ya viene siendo habitual en las últimas epidemias, se cree que la próxima será de nuevo una zoonosis, es decir, enfermedades que saltan de los animales a los humanos. Al estilo de la SARS o la Gripe Aviar, el origen de las cuales se localiza en Hong Kong, el estudio confirma que la nueva epidemia probablemente surja en los trópicos, zonas con una alta densidad de población y una elevada diversidad de vida salvaje.
Un análisis con modelos matemáticos sobre las pandemias entre 1940 y 2004 ha permitido llegar a estas conclusiones. Y a otras, como por ejemplo que la aparición de las mismas se relaciona directamente con la acción del hombre (producción intensiva, entre otros ejemplos), algo que ya se suponía pero que confirma definitivamente el estudio y que justifica de nuevo los esfuerzos por promover la prevención medioambiental. Asimismo, el estudio también confirma que los virus no son tan problemáticos como las bacterias, que en realidad son más resistentes a los fármacos. Y como los países desarrollados han vivido la aparición de los llamados “superpatógenos” en los últimos años, el dinero se está destinando principalmente a salvaguardar el interior de estos países. Quizás la enfermedad puede ser un coste, caro, del desarrollo. O al menos eso se cree. Y no digo que en cierta manera no sea cierto.
El trópico en peligroPero el caso es que se prevé que la próxima pandemia aparezca por causa de un microorganismo que salte del reino animal al hombre, y que esto se produzca en zonas del trópico, es decir, regiones que se encuentran, en su mayoría, en proceso de desarrollo. Paradójicamente, los esfuerzos de cara al control de enfermedades emergentes se están centrando en Europa, EEUU, Australia y ciertas partes de Canadá, mientras que África tropical, Latinoamérica y Asia son los países más susceptibles de sufrir estas nuevas enfermedades.
Los recursos de la salud mundial deberían, por tanto, redirigir los esfuerzos en las regiones en las que surgirá la próxima enfermedad. Y es que estas enfermedades se están convirtiendo en un problema de todo el mundo. ¿O la globalización sólo interesa cuando conlleva beneficio económico?