En las cámaras del corazón, por muchas fibrilaciones que ocurran, no hay cabida para los sentimientos. Los latidos que de su trajín se desprenden hablan, de compartimentos estancos; son el mero eco de una pulsión vacía y vulnerable. Poetas y escritores románticos, autores de canciones íntimas y frívolos periodistas tal vez me odiarán si proclamo a los cuatro vientos que, todo cuanto ocurre, ocurre sólo en la cabeza de uno; que el desamor no lastima al corazón más que el colesterol o el tabaco, y que sentimientos y sensaciones son sólo ideas primitivas que la mente acuña.
JORDI MONTANERPensamientos idealizados de amor, familia, dios o patria gobiernan la conducta de hombres y pueblos desde el alba de los tiempos. Se trata de pensamientos muy primitivos, atávicos, instintivos, que, vestidos de nobles sentimientos, imponen y emocionan aún a multitudes de cualquier época, cultura y geografía. Su principal enemigo es la razón puesto que, a fuerza de disquisiciones, su ímpetu mengua y se desvanece.
Nihil est in intellectum quod non prius fuit in sensu, reza un aforismo clásico, y razón no le falta. El sentido, la sensación o emoción tiene más fuerza que la idea, la noción. El cerebro destina mucha más energía a sentir que a pensar, por lo que la preponderancia de lo primero queda fuera de toda duda. La pasión nos consume como una llama, y sólo de sus brasas toman lumbre las ideas que tratan de explicar todo cuanto ocurre y, las más veces, no hacen sino liarlo a base de bien.
Nuestra conducta está básicamente dirigida por dos pulsiones: la de sobrevivir como individuos y la de perpetuar la especie. Como somos seres genuinamente egoístas, esa segunda pulsión nos hace creer que amamos y somos amados por el simple hecho de aparejarnos y procrear. La sibilina naturaleza nos dotó de un sistema endocrino que encierra toda la sofisticación dramática de las obras completas de Shakespeare.
Los ojos descubren un individuo del sexo opuesto cuyas características de salud e idoneidad reproductiva nos recrean el engañoso estímulo del embelesamiento, la belleza. Nos enamoramos de inmediato. La imagen, la voz, el tacto o el olor del ser amado ejercen sobre nosotros un impulso terrible, capaz de llevarnos del éxtasis a la desesperación, al insomnio o a la anorexia. Esta pulsión está gobernada por el sistema dopaminérgico, responsable de las adicciones. Pensamos que la persona idealizada como amada es capaz de hacernos mucho bien o mucho mal cuando, en realidad, todo es producto exclusivo de la mente. Sin dopamina, sin testosterona, vasopresina, oxitocina…, un arrebato pasional de Marlon Brando o una mirada lasciva de Greta Garbo nos dejarían indiferentes; los discursos enfervorizados de Adolf Hitler suscitarían bostezos, los partidos de fútbol cansarían y en las discotecas sólo se escucharía ruido. Sí, las hormonas nos pueden, e inventamos liturgias para todo con tal de vestir nuestra animal visceralidad.
De todos los filósofos, fue Platón el primero en glosar las excelencias y miserias del amor. Baruch de Spinoza filósofo judío de origen holandés, escribió en pleno siglo XVII: Amor est titillatio,
concomitante idea causœ externœ. Paladín de todos los románticos, George Gordon Byron calificó la sosegada amistad como “un amor sin alas” y, en Alemania, Johann Wolfrang von Goethe escribió: “Cuando el hombre en su dolor se calla, engendra un dios que expresa cuánto sufrimos.”
También en Alemania, un siglo más tarde, Arthur Schopenhauer explicó que “cuando el instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera vaga y genérica, sin determinación precisa, lo que aparece, fuera de todo fenómeno, es la voluntad absoluta, de vivir”. La Naturaleza, suscribe Schopenhauer, “necesita esa estratagema para lograr sus fines”.
Hormonas son amores, y no buenas razonesQue las feromonas afectan al sistema endocrino suena misterioso pero es verdad. Investigadores del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia visitaron en cierta ocasión los salones de strip-tease de la ciudad con un propósito científico: medir el efecto de las feromonas en virtud de la fase ovulatoria de las chicas que actuaban. Un magnetismo imperceptible hizo que las intérpretes que se desnudaban en plena fase ovulatoria cosecharan propinas el doble de cuantiosas que en sesiones alejadas del periodo ovulatorio.
Hay quien sostiene que el amor romántico es una construcción social reciente, producto de la revolución industrial. Lo cierto es que la sangre humana ha hervido siempre. Los hombres admiran a las mujeres de pechos exuberantes y anchas caderas consintiendo que están más buenas, ignorando que el dictado hormonal de preservación de la especie los llama a seleccionar inconscientemente a las mujeres de cuyas caderas abiertas saldrá una criatura con mayor facilidad para sobrevivir al parto, y de cuyas ubres brotará siempre más leche para alimentar su crecimiento.
Las mujeres sienten fascinación por los hombres seguros, de voz grave y de sobria musculación. Por sus venas fluye más testosterona, mayor ansia reproductiva y mejor garantía de protección durante la precariedad del embarazo.
Curiosamente, la relación de ambos con el amor y a través de la sexualidad transcurre en sentido opuesto: la mujer descubre a su verdadero amante en el esplendor de un beso profundo y un íntimo abrazo, cuando los poros de la piel y las salivas intercambian informaciones que somos incapaces de procesar conscientemente pero que saben mejor que nosotros cuanto toca hacer. Nos dejamos ir, la individualidad muere, desaparece, nos sumimos en una danza estrictamente violenta y animal con la que desde siempre los seres humanos se reivindican como especie. La hembra reconoce instintivamente la idoneidad del macho, la mujer queda prendada sólo entonces de su pasión (y de sus semillas). El macho también reconoce la idoneidad de su consorte, pero el hombre despierta del orgasmo con una sensación radicalmente distinta de la de la mujer, un asombro de repliegue, de fin, que no de comienzo.
De nuevo Schopenhauer, dejó escrito que “el egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas que los motivos egoístas son los únicos con
que puede contarse de seguro para excitar la actividad de un ser individual”. Añade que la especie tiene sobre el individuo un derecho anterior, más inmediato y más considerable que la individualidad
efímera. “El amor del hombre disminuye de una manera perceptible a partir del instante en que ha obtenido satisfacción; parece que
cualquier otra mujer tiene más atractivo que la que ha poseído; aspira al cambio.” Por el contrario, el de la mujer crece a partir de ese instante. “Esto es una consecuencia del objetivo de la naturaleza, que se encamina al sostén, y por tanto al crecimiento más considerable posible de la especie.”
Laurence Sterne, dramaturgo irlandés, aseguraba que la voluptuosidad persigue motivos nada frívolos. “Representaos la pareja más hermosa, la más encantadora: ambos se atraen y se repelen, se desean y se huyen con gracia singular, en un bello cortejo de amor; llegado, sin embargo, el instante de la voluptuosidad, todo jugueteo, toda alegría graciosa y dulce desaparecen de repente… La
voluptuosidad es bestial, y la bestialidad no se ríe. Las fuerzas de la Naturaleza obran seriamente en todo momento y en todas partes; la voluptuosidad de los sentidos es lo opuesto al entusiasmo que nos abrió en el enamoramiento un mundo ideal.
El matrimonio, un buen inventoPese a todo, va a ser que el matrimonio es un buen invento. Vivir “en pecado” es lo más natural, e incluso los animales son proclives a toda suerte de parafilias sexuales. Un díptero, la Musca vomitoria, en lugar de poner sus huevos, conforme a su instinto, en tejidos de carne en descomposición, los deposita en la flor de Arun dracumulus, extraviada por el olor cadavérico que desprende la planta.
El sistema dopaminérgico no sólo gobierna los mecanismos de adicción, sino también los de recompensa. Opioides activados en el cerebro recrean, por verbigracia del amor, la falsa impresión de que alguien nos hace sentir bien cuando se trata sólo de una encerrona propia del nucleus aaccumbens cerebral, gestionado por la acción de dopaminas, serotoninas y oxitocinas.
Semejante filigrana pro reproductiva es capaz de readaptar conductas y emociones en virtud de cada situación. Cuando nos casamos, el cuidado de la prole exige un nivel alto de atención que las pasiones distraerían, y la libido se esfuma o se transforma con facilidad. Por lo general, casados y casadas asumen que son menos felices como pareja, pero las encuestas de salud revelan todo lo contrario. Hay menor tasa de suicidios y menos morbi-mortalidad general.
Un hospital de Berna (Suiza), descubrió que las mujeres que se disponen a ser operadas padecen mayor estrés que los hombres, de forma que su hipotálamo segrega más cortisol (la hormona del estrés). Asimismo, se sorprendieron al descubrir que las mujeres que estaban casadas disminuían significativamente los niveles de cortisol por el simple hecho de que su marido les cogiera de la mano en los instantes anteriores a la intervención quirúrgica, y los investigadores publicaron un provocador artículo titulado “Mi marido, el mejor analgésico”.