Bruce Alberts es desde marzo el flamante nuevo editor jefe de Science, la revista de la American Association for the Advancement of Science y una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo. Alberts llega a Science con credenciales impresionantes: bioquímico doctorado por Harvard, fue presidente de la National Academy of Sciences durante doce años y es consejero de 30 instituciones, además de ser un promotor acérrimo de la educación científica como el método más efectivo de hacer avanzar a la sociedad.
María José ViñasBruce Alberts es desde marzo el flamante nuevo editor jefe de
Science, la revista de la
American Association for the Advancement of Science y una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo. Alberts llega a Science con credenciales impresionantes: bioquímico doctorado por Harvard, fue presidente de la National Academy of Sciences durante doce años y es consejero de 30 instituciones, además de ser un promotor acérrimo de la educación científica como el método más efectivo de hacer avanzar a la sociedad.
Es por ello comprensible que me emocionara cuando el director de mi
programa de postgrado en periodismo científico nos comunicó que el 1 de mayo, Alberts se reuniría con nuestra clase en privado antes de dar una conferencia en mi universidad. Mis diez compañeros y yo nos preparamos a fondo: leímos la biografía de Alberts y sus dos primeras editoriales para Science, e ideamos algunas preguntas que hacerle.
El gran día llegó, y Alberts se retrasaba. Pasados diez minutos, entró en la sala una profesora del departamento de biología, que había sido el encargado de invitar a Alberts a dar su conferencia. “Perdonad el retraso, pero el Dr. Alberts tiene la agenda apretadísima. Llegará dentro de 5 minutos, pero de aquí a 45 minutos me lo tendré que volver a llevar a su siguiente cita”.
Pasaron los cinco minutos y se volvió a abrir la puerta. Entró Alberts, un hombre de casi 70 años con pinta de estar completamente agotado con tanto trajín. El director de mi programa se le presentó, y Alberts, de acorde con su interés por la educación, le pidió que le explicara algo sobre el postgrado.
“Todos nuestros estudiantes vienen de carreras de ciencia, algunos tienen incluso doctorados,” explicó mi director, actuando como un padre orgulloso. “De nuestro programa han salido cinco de los periodistas que Science tiene en su sección de noticias, además de un editor”.
Alberts pidió disculpas por no conocer a estos seis reporteros, pero explicó que hacía sólo dos meses que había tomado posesión de su cargo y apenas había empezado a memorizar algunos de los nombres de los 200 empleados de la revista. A continuación, explicó que su principal objetivo como nuevo editor jefe de Science es que su revista sirva de baremo para mantener los estándares científicos bien altos.
“Cometemos algunos errores al rechazar artículos muy buenos, pero es comprensible, porque recibimos unos 12.000 artículos cada año y sólo podemos publicar el 5% de ellos. Decidir qué artículos se publican y cuáles no es muy difícil, no te deja dormir de noche porque sabes que estás jugando con la carrera de alguien”, explicó Alberts. “Pero en donde no podemos cometer ni un error es en publicar artículos que al final resulten ser un fraude, como en el caso de aquel científico coreano [Hwang Woo-Suk]”
El nuevo editor jefe de Science también manifestó que quería internacionalizar más la revista, cambiar el sistema de citaciones al final de los artículos científicos y promover que los científicos puedan colgar en sus webs personales presentaciones sobre sus proyectos a disposición de todo el mundo, sin que esto reduzca sus probabilidades de publicar en Science.
Como fan de la ciencia, los primeros objetivos que mencionó Alberts me parecieron correctos y razonables. Pero como periodista científica, fue su última afirmación la que más me interesó. Science tiene unas
normas de embargo que son de las más duras de todas las de las revistas científicas. En ellas, se especifica que aquellos científicos que quieran publicar sus resultados en Science deberán evitar a toda costa comentarlos con periodistas antes de que aparezcan en la revista, bajo pena de que se les retire el artículo. Y por supuesto, a los periodistas, siempre a la búsqueda de exclusivas, estas reglas coercitivas no nos hacen gracia ninguna.
“Perdone, Dr. Alberts, ¿está usted diciendo que quiere suavizar la política de embargo de Science?”, le pregunté.
“No, el embargo seguirá tal cual”, contestó Alberts, confuso.
“Pero si los científicos cuelgan presentaciones sobre sus proyectos online, lo normal será que algún periodista las vea y, si encuentra la información interesante, les llame para entrevistarles, ¿no cree? Y entonces los científicos no sabrán si Science les permite hablar con la prensa o no”, insistió una de mis compañeras de clase.
“Eso no es posible. ¿Cómo podría el periodista saber si los resultados de este científico son buenos o no, sin que hayan pasado la revisión por pares y sido publicados?”, preguntó a su vez un Alberts cada vez más perplejo.
“Bueno, si se trata de un periodista especializado en ese campo científico en concreto, sabrá si se trata de un resultado nuevo o no. Y entonces la técnica habitual es pedirle la opinión a otro investigador que trabaje en el mismo campo, para ver si cree que estos resultados valen la pena o no”, explicó pacientemente mi compañera.
“Ah… interesante, muy interesante. No sabía que existían periodistas tan sofisticados”, dijo Alberts, sin cara de estar demasiado convencido.
Miré al director de mi programa (quien, aunque no se lo hubiera comentado a Alberts en su presentación, también trabaja ocasionalmente de corresponsal para Science) y vi incredulidad y un atisbo de pánico en sus ojos. El nuevo editor jefe de Science es un brillante científico que no tiene ni idea de cómo trabajan los buenos periodistas científicos. Lo cual no importaría tanto si sólo estuviera al cargo de la sección de artículos científicos, pero resulta que también es el jefe del centenar de excelentes periodistas que trabajan en la sección de noticias de la revista.
No dudo que, cuando lleve algunos meses en su cargo, Alberts estará familiarizado con el mundo del periodismo científico. Tal vez incluso nos admire un poco más. Pero aquel día, en aquella habitación de la facultad de biología de mi universidad, me dolió ver que un hombre tan a favor de la educación científica desconozca totalmente como trabajamos los periodistas, que al fin y al cabo también nos encargamos de educar a la sociedad en los avances científicos.