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jueves, 17 de abril de 2008





En una excursión onírica al Parnaso, Calderón conoció al mismísimo Salvador Dalí, prendado por la finura del bozo que franqueaba su comisura labial. Los ojos, no obstante, le asustaron. Temió hallarse ante un inquisidor enmascarado de la contrarreforma escolástica y fingió ser un poeta druso: Noredlac Ordep.





JORDI MONTANER




En aquel sueño, Dalí explicó a Calderón que conocía precisamente a un neurólogo druso, Duerf Dnumgis, quien le contó en cierta ocasión que los elefantes duermen erguidos; “pero sólo sueñan cuando se tumban, bajo el efecto implacable de la fase REM y a riesgo de perder la vida en semejante desafío; aplastando su pesada cavidad torácica contra el suelo”.
Sabía Calderón que soñar es exponerse mucho, pero ignoraba que los animales pudieran soñar y dedujo que los sueños deben mayor rédito a la biología que a la mística o la brujería. Dedujo asimismo que la misteriosa presencia de un neurólogo druso en el Parnaso obedecía a proezas más altas que la medicina.

En su sueño, Calderón no cejó hasta dar con el mismísimo Duerf Dnumgis y descubrir que, en realidad, también se hizo pasar por druso por temor a que Dalí fuera un agente encubierto del Reichstadt nazi.

“Soñar, aun así, me sigue pareciendo un acto mágico”, le dijo. El neurólogo, bohemio de nacimiento y vienés de adopción, le explicó que era justamente lo contrario: “La magia está en los sueños, y éstos, en el cerebro”. Lo que percibimos, añadió, impacta en nosotros en un código subconsciente que pasa desapercibido al pensamiento y que, sin embargo, queda almacenado en la memoria del cerebro.
“¿Quiénes somos? Lo sabemos, pero somos incapaces de explicarlo conscientemente… Los sueños, con el asombro que nos produce, vislumbran zonas de nosotros mismos que ignoramos y a las que, sin embargo, nos debemos.”

Alabó Calderón el carácter chistoso de aquel barbudo galeno que, con cejo fruncido y un puro habano en la mano, escudriñaba las interioridades de lo existencial, armado con el frío escalpelo de una brillante retórica. Lo vital, repetía, tiene por caligrafía a los sueños, que a su vez determinan la personalidad del individuo. Duerf Dnumgis, por ejemplo, mantenía una obsesión concreta por la sexualidad, que concentraba en algo que denominaba “el complejo de castración”. Confesó a Calderón que dicha obsesión nació de su primera indagación como científico, queriendo desentrañar el misterio de la reproducción sexual en las anguilas e intentando vanamente demostrar la presencia de testículos en estos serpentinos peces.

En la segunda mitad del siglo XX, el neurólogo estadounidense Calvin S. Hall pasó 40 años de su vida coleccionando relatos de sueños de todo el mundo para descifrar la relación que guardan con la personalidad. Llegó a atesorar 50.000 sueños distintos y de inmediato identificó rasgos culturales muy concretos: la mitad de los norteamericanos, por ejemplo, experimenta pesadillas violentas con asiduidad, por sólo una tercera parte de los europeos.

Las ciencias de los sueños avanzan que es una barbaridad, y su estudio depara no pocas sorpresas y misterios. Para muestra, un botón: se sabe ya que todos los pájaros y mamíferos experimentan sueños durante la fase REM; todos a excepción del equidna, un marsupial australiano. La razón es que los lóbulos frontales de su cerebro ocupan demasiado espacio para permitir los sueños. Los neurólogos determinan que los sueños guardan una relación estrecha con la actividad del sistema límbico del hipocampo, que en el caso del equidna australiano se halla reducido hasta la mínima expresión.

El desarrollo de la personalidad en los niños, por otra parte, tiene un punto de inflexión a los tres años de vida, que algunos califican como un “segundo nacimiento”… A esa edad, los niños empiezan a cobrar conciencia de sí mismos en los sueños que sueñan.
En la antigua China predominaba la creencia de que los sueños le abandonaban a uno mientras duerme para regresar plácidamente al fin de la dormición. Pero si ésta se ve inoportunamente interrumpida (como ocurre en tantos dormitorios equipados con despertador), el sueño se pierde para siempre, sin conciencia de haber soñado.

Todavía en el Parnaso, Calderón aprendió que no pocas páginas célebres de la literatura universal partieron en realidad de un sueño o pesadilla: Frankenstein, de Mary Shelley, o Dr. Jekyll And Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Pero el caso más asombroso es el de Xanadu, del poeta Samuel Taylor Coleridge, quien admitió que se trata de un poema incompleto porque una llamada a la puerta de su casa interrumpió el sueño que le poseía mientras dormía con la cabeza abrazada sobre la mesa en su escritorio.

Cansado de tanta onírica deambulación, Calderón se disponía a abandonar el Parnaso de regreso a su Salamanca cuando volvió a toparse con Salvador Dalí, sacando punta a sus bigotes mientras concentraba toda su atención en una colección de extraños dibujos, encargo de Alfred Hitchcock para la película Spellbound. “Los sueños son poderosos”, sentenció el magnífico pintor. Con un disimulado bostezo, Calderón prometió a Dalí reflexionar sobre la naturaleza de los sueños “y, quien sabe, tal vez idear un auto”… No se refería a un coche, sino a una obra de teatro, por más que el diseño de algunos automóviles parezca más cerca de los sueños que muchos guiones teatrales.   

4:55 | gestionado por Xavier Pujol Gebellí | Enviar comentario (1)