Ser joven es algo circunstancial; parecerlo, ha pasado de ser un arte a convertirse en requisito social. Frentes, labios, comisuras o pechos desafían el paso del tiempo y la ley de la gravedad, toda vez que esteticistas, dermatólogos y cirujanos hacen su agosto.
Jordi MontanerLa consigna es la de que uno es lo que parece, como en un carnaval universal en el que la piel viste mejor que la mejor tela, y en el que los ropajes ya no disfrazan, sino resaltan lo que por naturaleza no es. La verdad es la mentira, y el color del cristal con que se mira se recrea en toda suerte de transparencias; parecer como si, ya es ser sin nada más, y bajo un desembolso nada discreto.
La moda gusta tanto a hombres como a mujeres, aunque desespera a fotógrafos y directores de cine… ¿Dónde encontrar hoy a una mujer de setenta años que parezca una mujer de setenta años? Madres hijas y hasta abuelas podrían pasar por hermanas; la uniformidad de colores, brillos y texturas se hace casi absoluta; lo bello apunta a algo exuberante, puede incluso que fuera de lugar, o de contexto, pero mimado a modo de inversión. La cosmética vive su etapa más dorada, su definitivo siglo.
Alma superficialQuedan lejos las interioridades y su asombro. Hoy la belleza está en el exterior, en la superficie, e incluso la ropa interior debe delatar públicamente su vocación de reclamo. Bien o mal, uno mismo puede optar por aplicarse cosméticos la mar de llevaderos que reorganizan la capa córnea o superficial de la piel y estimulan la formación del colágeno (retinoides). De este modo se logra retrasar el envejecimiento de la propia piel, limando los efectos de arrugas, irregularidades cutáneas o cicatrices.
¿Y quién dijo que sólo es posible resaltar la belleza que previamente existe? La que no existe se puede hoy día reinventar. Expertos de la piel disponen de técnicas y materiales con los que es posible rellenar, relajar, recolocar o realisar toda suerte de imperfecciones que los genes o el paso del tiempo tengan a bien obsequiarnos. La reina de semejante mambo es la toxina botulínica (botox), que relaja los músculos de cuya contracción derivan las antiestéticas arrugas, proporcionando una tersura propia de la porcelana.
Las aplicaciones de peeling químicas pincelan la piel con sustancias químicas que, según su composición, recomponen la estructura dérmica. Los productos de actuación más superficial, como los a-hidroxiácidos, actúan de modo similar a las cremas cosméticas; en cambio, otros productos más rotundos, como los fenoles, permiten resultados que se acercan a los conseguidos mediante técnicas quirúrgicas de estiramiento.
El arsenal rejuvenecedor dispone también de inyecciones intradérmicas de factores de crecimiento obtenidos a partir de sangre del propio paciente y que, al ser reinfundidos, mejoran la luminosidad y calidad de la piel.
La moda, sin embargo, toma partido por métodos más sofisticados y de resultados más reproducibles, como los láseres fraccionales, que en vez de actuar sobre toda la superficie de la piel lo hacen en miles y miles de pequeñas áreas donde destruyen la epidermis y predisponen el colágeno que hay debajo para edificar columnas de piel totalmente nueva. Se necesitan de tres a cuatro sesiones para obtener un resultado aceptable, aunque la recuperación en estas intervenciones es siempre muy rápida y el paciente puede reincorporarse a la vida normal en menos de 24 horas. ¿Inconvenientes? Pensárselo demasiado. Los resultados no son tan buenos cuando el paciente decide intervenirse más allá de los 60 años.
Puede que el listón del rejuvenecimiento (o embellecimiento) quede muy alto y sea necesaria una intervención de mayor calado. La dermatología está por la labor y dispone de tratamientos que renuevan la piel en espesores y áreas mucho más profusas, pero que resultan más caras, complejas y requieren tiempos de recuperación mayores (más de una semana). Los más típicos son los láseres continuos o escaneados ablativos, como el láser de erbio o el de CO2: eliminan la piel vieja en profundidad y la nueva aparece de forma más uniforme, con menos arrugas y menos manchas. Además, sus resultados son más duraderos que los de la intervención superficial, pudiendo hablar incluso de años sin sufrir la más mínima alteración.
Cuando en lugar de renovar se pretende reafirmar la piel, los cirujanos se sirven de hilos tensores, que, introducidos por debajo de la dermis, actúan a modo de un vector vertical de tensión para contrarrestar la inevitable fuerza con que la gravedad hace flácidas nuestras texturas. La intervención es más complicada y la mejoría conseguible, más lenta.
El peeling químico con fenol es el arma secreta de tan eficaz armamentario; infalible con arrugas y cicatrices de más de diez años de duración. El postoperatorio, no obstante, se alarga a varias semanas y la piel nueva pierde color.
Jorge Soto de Delás, miembro de la Academia Española de Dermatología y Venereología, reconoce que la tendencia actual se encamina a la combinación de diferentes procedimientos complementarios. “Por ejemplo, toxina botulínica, rellenos diversos y láseres raccionales; cócteles anti-ageing que persiguen un efecto exclusivamente cosmético.”
Sangre, sudor y botox El botox es una toxina generada por el metabolismo de una bacteria (Clostridium botulinum), que tiene un efecto paralizante muscular. Esta toxina, que en el pasado daba lugar a una enfermedad (hoy muy rara) conocida como botulismo, paralizaba en seco a quienes ingerían conservas en mal estado. Pero los manufacturadores del botox actual se afañan a subrayar que sus productos han sido purificados y que no revisten ninguna toxicidad para el paciente.
Empezaron las famosas y los famosos, pero hoy la toxina botulínica se ha democratizado y ha democratizado también las opciones de rejuvenecimiento facial. Es la forma más fácil de quitarse años sin pasar por el quirófano, obteniendo una piel lisa y una significativa atenuación de las arrugas, principalmente en la mitad superior del rostro. Se suele aplicar principalmente en la frente, entrecejo, contorno de ojos y surcos nasales o comisuras de los labios. Su rapidez de aplicación y su eficacia han convertido al botox en la aplicación cosmética no quirúrgica más empleada en el mundo.
Con intención algo más terapéutica, el botox también se aplica para reducir la sudoración excesiva en la hiperhidrosis, inyectando la toxina en axilas, palmas de las manos y planta de los pies, bloqueando las fibras parasimpáticas que contienen las glándulas sudoríparas y paralizando de forma reversible su función. El tratamiento tiene una vigencia aproximada de medio año.