¿Debe la ciencia combatir la religión o sería mejor que científicos intentaran aproximarse a los religiosos para poder así luchar juntos por causas comunes? Para los participantes del panel “Communicating Science In a Religious America” (“Comunicando ciencia en la América religiosa”), que se celebró la semana pasada durante el último congreso de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la respuesta correcta es la segunda.
María José Viñas
¿Debe la ciencia combatir la religión o sería mejor que científicos intentaran aproximarse a los religiosos para poder así luchar juntos por causas comunes? Para los participantes del panel “Communicating Science In a Religious America” (“Comunicando ciencia en la América religiosa”), que se celebró la semana pasada durante el último congreso de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la respuesta correcta es la segunda.
En los últimos años han ganado popularidad los “ateos combatientes”. El más famoso es Richard Dawkins, que en su libro “El espejismo de Dios” se manifiesta abiertamente hostil a cualquier clase de creencia religiosa, asegurando que el mundo sería un mejor lugar si fuera la ciencia, y no la religión, la que impulsara a la sociedad.
Pero hay otro sector de la comunidad científica americana que considera que esta estrategia liderada por Dawkins es totalmente ineficaz en intentar “convertir” a los religiosos en ateos. Es más, este sector ni siquiera cree que esta conversión sea necesaria, y piensa que es más importante intentar dialogar más y mejor con la América religiosa para así poder trabajar conjuntamente en desarrollar políticas eficaces respecto a temas que afectan a toda la humanidad, como el cambio climático, la investigación biomédica y la nanotecnología.
Y uno de los primeros objetivos de los científicos debería ser el intentar acabar con la idea de que ciencia y religión están en guerra. Según explicó
Matt Nisbet, organizador de “Comunicando ciencia en la América religiosa”, las (pocas) veces que los medios de comunicación cubren temas relacionados con la relación entre ciencia y religión, lo hacen por culpa de algún conflicto: sean las tensiones sobre la investigación con células madre, o sea la polémica del diseño inteligente. Nisbet cree que los científicos y las asociaciones que los representan deben trabajar en demostrar al público que la ciencia no representa una amenaza para la religión y ambas disciplinas pueden coexistir pacíficamente.
Además, hacen falta estrategias más creativas para poder tener éxito en temas peliagudos, como lo es el explicar con éxito la teoría de la evolución al enorme sector de la sociedad estadounidense que todavía la rechaza. Para ello, dijo otro de los panelistas, Steven Case, de la Universidad de Kansas, los científicos tienen que saber explicar cuál es el impacto de la evolución en la vida diaria y darle un mensaje de esperanza.
En este sentido, Nisbet alabó iniciativas como la de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, que en su nuevo libro “
Ciencia, evolución y creacionismo” explica que la evolución ha permitido hacer grandes avances en la lucha contra las enfermedades infecciosas y en la domesticación de plantas mediante la agricultura.
Varios de los panelistas explicaron qué estrategias de comunicación les habían sido efectivas para intentar transmitir conceptos científicos a comunidades religiosas. La antropóloga Barbara J. King, que durante dos décadas ha estudiado el comportamiento de los simios, narró cómo utiliza vídeos de monos para intentar mostrar a audiencias poco proclives a creer en la evolución la relación entre los primates y el ser humano. En uno de los vídeos de King, un simio causa un accidente y es reprendido por otro mono, que presiona una tecla de un ordenador provocando que la computadora diga “¡malo, malo!”. El simio reprendido se defiende marcando otra tecla, que hace al ordenador exclamar “¡bueno, bueno!”.
“Y es justo en ese momento que veo las caras de los espectadores iluminarse con la comprensión”, dijo King.
Otro de los participantes en el debate, el astrónomo y cura Guy Consolmagno, explicó que su doble papel de religioso y científico le facilitó en una ocasión la negociación del temario de ciencia para los estudiantes de secundaria de Carolina del Norte. Consolmagno creyó que la junta educativa que debía que aprobar el temario y que tenía fama de ser muy conservadora le pondría pegas a temas como que se enseñara la teoría de la evolución. Pero no fue así: la junta aceptó encantada el temario gracias a la presencia del cura astrónomo.
“Una vez que ven que no vas a atacar sus creencias religiosas, la gente se muestra mucho más receptiva a tratar temas científicos”, afirmó Consolmagno, confirmando con su ejemplo una de las sugerencias del panel para fomentar la comunicación entre científicos y religiosos: “Los científicos deben adoptar un lenguaje que enfatice los valores compartidos y que sea atractivo, a la vez que evite parecer condescendiente o que aliene a sectores de la sociedad al atacar sus creencias religiosas.”