Enviado el jueves, 17 de enero de 2008 6:57
Si vamos a un restaurante de los denominados "exóticos" de una
ciudad como Barcelona podríamos pedir, de menú, gusanos al queso, escorpiones a
la brasa o grillos al curry. Lo que aquí consideramos (aún) más bien una
extravagancia, en países como China o México forma parte de la dieta
tradicional.
MARTA
CHAVARRÍAS
Actualmente
se conocen unas 750.000 especies de insectos en todo el mundo, de las que poco
más de 1.400 están registradas como especies de insectos comestibles. Esto no
quiere decir, sin embargo, que no se consuman muchas más que no están
registradas en los libros. En los mercados tailandeses, por ejemplo, pueden
encontrarse gusanos de seda y saltamontes, y muchos supermercados japoneses
ofrecen en sus estanterías larvas de insecto acuáticas. El menú entomófago, es
decir, a base de bichos, no es nuevo. De hecho, el consumo de insectos como
alimento ya era una práctica habitual en
la Antigua Grecia y Roma. Una
tradición que ha llegado a buena parte de los países orientales con los saltamontes,
escarabajos, hormigas, grillos, chicharras o larvas de abeja.
Estos
nombres asociados a la alimentación todavía resultan un tanto incómodos. ¿Quién
se atreve a comer, de forma voluntaria, tarántulas o termitas? Quizás sean más
los que se nieguen que los que se atrevan. Pero, en cambio, no tenemos reparo
en comer y degustar patas de cangrejo, huevos de caracoles, ostras, caviar e
incluso foie gras. El factor cultural juega un papel fundamental, y si la
voluntad nos hace fuertes para probarlos, las hormigas podrían dejarnos un
sabor similar a las nueces, las larvas de libélula nos recordarían al pescado y
las de avispa a los piñones.
Y además nutritivos
Una
vez superadas estas consideraciones, parece que en el momento en que optemos
por una dieta insectívora estaremos además beneficiando a nuestro organismo.
Los estudios realizados al respecto indican que, en algunos casos, los insectos
pueden llegar a tener más proteínas que cualquier otro alimento. Se calcula que
tienen más de 70% de valor proteínico. Además, más de la mitad de los insectos
comestibles que están registrados tienen mayor cantidad de calorías que la soya
y la carne de pescado. Son importantes fuentes de vitaminas A y C.
Incluso
la Organización
de las Naciones Unidas para la
Agricultura y la Alimentación (FAO) destaca
las orugas como fuente importante de proteínas. Minerales como el potasio,
calcio, magnesio, zinc y hierro también están presentes, según la organización,
en muchas de las especies de orugas que se encuentran en África Central. Si a
ello le unimos el hecho de que muchos de ellos, como las cucarachas, son,
además de sanos, baratos y de fácil acceso (¿quién no se ha cruzado nunca con
una cucaracha?), puede incluso convertirse en una dieta la mar de casera.
En tierra de nadie
Pero,
si no son considerados alimentos, ¿cómo debemos tratarlos entonces? El consumo
plantea dudas sobre si pueden resultar tóxicos, provocar reacciones alérgicas,
cómo deben cocinarse y si todos son comestibles. Llaman la atención datos como
los que proporciona la
Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA, según
los cuales la costumbre de comer insectos es, a veces, un acto involuntario, y
que en un vaso de zumo de tomate puede haber hasta 20 huevos de la mosca
drosófila, que no supone un riesgo para la salud de las personas, y que se debe
a la dificultad de eliminar todos los insectos de los más diversos alimentos. Sin
que suponga un riesgo para la salud, también los insectos del grano pueden
terminar molidos con la harina, y las frutas incluso pueden contener pequeñas
larvas. Sin saberlo, quizás estamos tomando también un aporte extra de
proteínas.
Si,
tal y como establece la legislación, un alimento es toda sustancia o producto
destinado a ser ingerido por las personas o con probabilidad de serlo, no cabe
duda que los insectos entran de lleno en esta categoría. Por tanto, y atendiendo
a esta realidad, los insectos deberían también cumplir con las normas que
exigen que son inocuos, sanos, que se han producido, almacenado y envasado bajo
las condiciones sanitarias adecuadas. Unas exigencias que vendrán marcadas
sobre todo por el consumo. Cuanto más generalizado, más recursos habrán que
dedicarse.