¿Se imagina cenar esta noche trufa silvestre y caviar con
denominación de origen acompañado de un vino Chateau d’Yquem y finalizar con
una taza del café más caro del mundo Kopi Luwak, todo sin pagar ni un euro? Si
formara parte del colectivo freegan quizás podría hacerlo.
MARTA
CHAVARRÍAS
Los
desechos de unos se convierten, bajo la filosofía 'freegan' (free,
libre o gratis; vegan, vegetariano),
en comida, u otros objetos, para otros. Para este grupo de personas las verdaderas
compras empiezan fuera del horario comercial. Pero no les mueve ni el hambre ni la
pobreza. Sólo una fuerte convicción anti-consumista. En Nueva York, donde este
estilo de vida tiene una importante presencia, la ruta empieza justo tras el
cierre de las puertas, cuando tiendas y supermercados, y también oficinas o
escuelas, se deshacen de productos que aún están en buen estado. Dicen los
seguidores de este movimiento que de lo que se trata es de acabar con la fiebre
consumista que «ataca a la sociedad actual», aunque ello no quiera decir que en
ocasiones no caigan en sus tentaciones. Quizás todo tenga un límite.
Según
datos que acaba de presentar la
Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación FAO durante la
celebración del Día Mundial de la Alimentación el pasado mes de octubre, millones
de personas comen mucho más de lo que realmente necesitan y miles de toneladas
de alimentos se desperdician al día. Y sobrevivir de los excesos de los demás
es precisamente lo que intentan hacer los freegans. Consolidados ya en EEUU, su
entrada a nuevos mercados no parece estar muy lejos. No sólo para compartir
yogures caducados o latas de atún con algún que otro golpe, también para aliarse
en un ‘modus vivendi’ que desprecia el consumo por el consumo. Organizados
desde 1989, los freegans no sólo recogen comida sino que reciclan objetos como
bicicletas abandonadas, ropa, electrodomésticos o muebles.
Recolección urbana
La
recolección urbana, o la ruta gastronómica, puede empezar en las calles de
barrios como Greenwich Village, uno de los más elegantes de la ciudad
neoyorkina. En las basuras de muchos de sus restaurantes se pueden encontrar
alimentos en perfecto estado, como arroz, verdura, fruta, pasta e incluso
carne, aunque ésta no entre en los planes de una dieta 'freeganiana'. Aseguran
que los alimentos que recogen pueden llegar a suponer hasta un 80% del total de
los alimentos que consumen. Lo que les mueve a actuar de esta manera no es la
necesidad, ni la pobreza ni el hambre, sino un estilo de vida que lo que
persigue es reducir gastos, consumo y basura. No son pobres vagabundos que
comen de la basura por pura necesidad, sino personas más o menos acomodadas,
con conciencia social y una cierta posición acomodada que les facilita la
reflexión y la crítica.
Y
para ello aprovechan la insensatez de muchos otros que no tienen reparo en
desperdiciar productos que están en perfecto estado. Normalmente, se trata de
alimentos fruto de excedentes de producción, con defectos en el envasado o
productos con fechas cercanas a la caducidad. Según un estudio de la Universidad de
Arizona, el 40% de los alimentos que se producen en EEUU acaba en la basura.
Nada está de más
Para
dar salida a estos productos nació, en la década de los 60 en EEUU, el primer
banco de alimentos, que actualmente distribuye unas 7.000 toneladas de
alimentos a 200 instituciones humanitarias asociadas. En la UE la idea llegó de la mano de
París, sede del primer Banco de Alimentos europeo en 1984. La mayoría de los
alimentos que llegan en estos centros sigue una casuística diversa: algunos
productos llegan porque están fuera de temporada, o tienen defectos de
envasado, o errores en las etiquetas, o pequeños golpes. En algunos casos
también pueden llegar alimentos procedentes de rechazos comerciales, es decir,
cuando una empresa no ha entregado una partida en el tiempo pactado.
Productos
de temporada (como turrones), de campañas de marketing, de excedentes agrarios
e incluso productos como el pescado que se decomisa por no cumplir las normas
de medidas que especifica la normativa. Todos estos son ejemplos de
procedencias de muchos de los alimentos que llegan a un Banco de Alimentos. En
EEUU, los acuerdos con industrias alimentarias permiten llevar a cabo lo que
denominan ‘second harvest’ (segundo reparto), que realizan con sus excedentes.